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El sexo no es malo. El sexo es sano

Durante muchos años he pensado que el sexo era una cuestión, para empezar, asociada al amor. Y luego, en cierta medida, algo un poco… ¿sucio? ¿Animal? ¿Bajuno? Bueno, ponedle el adjetivo que os apetezca pero vamos, al final será algo similar a esos que os acabo de referir. ¿Por qué pensaba así? ¿Qué mochila llevaba para que me impidiera entender que el sexo es algo tan natural como comer, dormir o respirar?

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  1. Educación religiosa. No sé si es vuestro caso el haber estado en un colegio de curas o monjas pero, sea como sea, da igual porque en España ha habido un ambiente donde la Iglesia ha impuesto el que el sexo SOLO podía mantenerse en el matrimonio y SOLO con esa misma persona durante toda nuestra vida, castrando nuestros deseos de raíz y convirtiendo a mucha, mucha gente en una reprimida total. Error. El sexo no es pecado. Somos animales, nuestra naturaleza es sexual y no hay nada peor que ir en contra de la esencia de lo que uno es.
  2. Cultura romántica. El romanticismo ha hecho que el sexo solo se conciba en plenitud cuando viene de la mano del amor (que esto del amor sería otro debate) pero… NO ES ASÍ. El sexo, si es bueno, no tiene por qué ir de la mano del amor. De hecho, la mayoría de la gente lo practica así y no hay que sentirse mal. No hay que sentirse mal por conocer a alguien un día y, si surge y te apetece, mantener una relación sexual. No es triste, no es ningún fracaso ni es, como algunos piensan, una forma de mancillar el cuerpo. NO.
  3. Familia y entorno social. Hablar de sexo es un tabú. Nos da vergüenza, nos parece cutre y solo lo reducimos a bromas y poco más pero, volviendo a lo mismo, nos equivocamos. Las cosas se normalizan cuando uno las habla y las trata y las ve con normalidad. No conversar sobre algo que nos gusta no hace sino pudrirlo, transformar sus energías de tanto guardarlo. Yo NUNCA, en 43 años que tengo, he tenido la oportunidad de hablar con mis padres sobre sexo. Como si fuera algo que no existiera. Tuve que descubrirlo solo, sin información, sin otra cosa a la que agarrarme que lo que iba enterándome por ahí. Pero incluso hoy, con mis amigos, lo del sexo no suele estar presente en la misma medida en la que podemos charlar de moda, política, relaciones humanas, viajes o comida. Es considerado algo DE MAL GUSTO.

Un día, de repente, empecé a dejar de tenerle miedo al sexo. Y poco a poco, conforme fui teniendo relaciones sexuales (hasta los 30 años apenas tuve más que las de mis dos parejas y poco más), quité prejuicios de mi mente, decidiendo que, cuando me apetezca -en soledad o con compañía-, en vez de darle la espalda a mis impulsos sexuales (o evitarlos), me dejaré llevar hacia ellos, eso sí, marcando los límites de lo que me gusta y me apetezca, y lo que no. Pero eso lo dejamos para otro post, que no quiero sembrar más escándalos por hoy… Lo que sí os aseguro que, desde que empecé a actuar así, soy mucho más feliz, me siento mejor y me encuentro más joven. ¿A que son suficientes razones para pensárselo?

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Es pasión, no amor

Uno de los grandes problemas que tenemos a la hora de afrontar las relaciones es confundir “pasión” con “amor”. A mí, que me ha costado diferenciar ambos conceptos, me parece que puede seros útil mi visión al respecto porque la verdad que, una vez que tienes en la cabeza las dos cosas diferenciadas, es mucho más fácil y, sobre todo, mucho menos traumático.

SOMOS ANIMALES. Por favor, metéroslo en el coco de una vez por todas. Y no sentiros avergonzados por ello porque, como tales, tenemos necesidades básicas como el sexo. Porque el sexo NO es un vicio, NO es algo malo, NO es un pecado. Es una NECESIDAD de nuestro organismo. Para garantizar la supervivencia de la raza, por un lado, y, más allá, simplemente para dar placer y gusto, por otro. Y el placer NO es malo. NO, NO y NO. Y aunque la religión, la política o la cultura que sea se empeñen en castrarnos, en cuanto podáis trabajad este punto porque es importante para ser mucho más felices.

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Así que, cuando alguien os guste, si surge tener un encuentro sexual con él/ella, no perdáis la oportunidad. Hacedlo. Sin remordimientos. Y, aquí viene la lección del “post”, sin confundir eso con otros sentimientos. Aunque te guste su piel, su olor, aunque haya “feeling” en el momento (¿por qué no iba a haberlo?), aunque su discurso –si lo ha habido-nos seduzca, aunque sea el prototipo físico que nos ponga, cuidado: es atracción. Pura y dura. O, lo que es lo mismo, pasión. Por eso no pienses que por uno, dos o diez polvetes tienes un novio/a. GUSTAR NO ES AMAR.

 

Porque el amor es otra cosa. El amor viene con el roce, con el conocimiento, con el compartir experiencias que hacen que, poco a poco, esa persona se convierta en parte de nuestro día a día. Como decía Benito Pérez Galdós, “El verdadero amor, el sólido y durable, nace del trato. Lo demás es invención de los poetas, de los músicos y demás gente holgazana”. El amor es empatía, generosidad, respeto.

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¿Que si puede de una pasión nacer un amor? Claro que sí. Difícil, porque el amor en sí es difícil, pero posible. Lo que no me parece correcto es que busquemos amor desde el sexo porque eso nos hace entrar en un círculo vicioso de insatisfacciones que no tiene final. No follando más compras más papeletas para la lotería del amor. Son juegos distintos. Como una Bonoloto y el Gordo de la Lotería.

Primero ámate tú. Después conoce gente y luego, tal vez, podrás amar a alguien. Y mientras disfruta del camino. De cada beso apasionado, de cada cuerpo, de cada orgasmo que te llevas por delante. Que estamos vivos, ¡coño! ¡Aprovecha! ¡Que esto son dos ratos y medio!

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¡Los chicos también tenemos ‘punto G’!

Advierto, antes de que sigáis leyendo, que este “post” de hoy no es apto para aquellos estrechos de mente que van por la vida diciendo aquello tan vulgar de “yo, por atrás, ni el pelo de una gamba”. Sabéis que normalmente en este blog hablo de entrenamiento, de comida, de belleza… y alguna vez he tocado el tema del sexo también porque para los hombres es una cuestión muy importante y porque no hay nada que ocultar en este sentido. Forma parte de la vida y de nuestro crecimiento y como tal hay que asumirlo y afrontarlo.

Porque los chicos (o señores, como queráis) de hoy día no entienden el sexo como se hacía antes y, al igual que en otros terrenos hemos avanzado (véase, la belleza), queremos experimentar y descubrir las posibilidades que nos ofrece nuestro cuerpo, siendo el “punto G” una de las que más la controversia genera. Y es que ahí existe un poco de confusión porque la negación de muchos heterosexuales a poder tener alguna inclinación homosexual (muy asociada esta opción sexual a la penetración anal), provoca el que sea ésta una cuestión muy tabú.

Pero no por callar las cosas dejan de existir y lo cierto es que los hombres tenemos “punto G” y está en… la próstata. Sí, es así. Esa zona es una zona de máximo goce (no para todo el mundo, igual que el “punto G” femenino) que bien se puede masajear desde el exterior (en la zona entre el ano y los testículos) o, sobre todo, con la penetración que, eso sí, puede llevarse a cabo de múltiples maneras.

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De hecho, en la película “Amantes”, de Vicente Aranda, Victoria Abril hace el amor con Jorge Sanz metiéndole un pañuelo en el culete que, llegado el orgasmo, ella saca para provocar en su compañero un disfrute que él nunca había sentido. Recodaros que la próstata de un hombre es una glándula del tamaño de la nuez al lado de la vejiga y que, de hacerlo bien, puede multiplicar el orgasmo hasta en… ¡diez veces! Valen los dedos, los juguetes sexuales y todo aquello que nos ayude a recorrer este camino a una nueva dimensión de nosotros mismos.

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Importante: no tengamos prisa, no vayamos con prejuicios, dejémonos hacer y seamos más libres. Sé que son demasiados siglos de represión sobre el colectivo masculino pero, poco a poco, lo lograremos. ¡Seguro!

 

La pareja abierta

Si hay algo que está de moda, emocionalmente hablando, es el tema de la pareja abierta que viene a ser, más o menos, el que cada uno se líe con quien le venga en gana que, mientras el otro no se entere, no pasa nada. Luego, en cada caso, se establecen los acuerdos que los miembros de dicha relación consideren oportunos, a saber, no se pueden tener encuentros en la casa común, o no puede repetirse con la misma persona, o hay que hacerlo en unas horas o días concretos… En fin, detalles que casi vienen a quedarse en un segundo o tercer plano cuando lo que de veras importa es que se desvincula el amor del sexo y se considera que, mientras no exista implicación de sentimientos, damos rienda suelta a un instinto animal que, pensándolo en frío (y siempre bajo la óptica de quienes apoyan esta tendencia), tampoco hay que limitarlo siempre al mismo compañero/a.

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Os aseguro que raro es el día que no recibo alguna propuesta de alguien con pareja proponiéndome que tengamos algún rollo. Es más, en las apps para conocer gente encuentras de continuo a muchos/as que se muestran sin ningún tipo de complejo explicando incluso al público que pueda verlos/as su situación y sus intenciones. “Sí, tengo pareja y ella sabe que estoy aquí…”, leí hace poco en un perfil.

¿Está bien? ¿Está mal? Pues yo no me considero juez de nada. Sí os puedo decir que a mí no me gustaría estar con alguien y que se pasara todo el rato desatentado en las redes o en la calle buscando plan. No sé. A lo mejor soy un antiguo pero es algo que me choca y que me parece que, tarde o temprano, termina trayendo malas consecuencias porque no me creo del todo que, en la pareja que practique esto, uno de los dos no sufra algo.

Por otro lado sí es verdad que, basando una unión en una amistad, tal vez lo del no tener que vincularnos en exclusiva a alguien consigue que, una vez que pasa la etapa de la pasión (que siempre pasa), podamos construir de manera más contundente algo más duradero basado en una compañía agradable y que nos cubra las necesidades de cariño que, al final, todos tenemos.

Son opciones. ¿Es mejor esto que una infidelidad en toda regla? Posiblemente. ¿Está todo el mundo preparado para aceptarlo? No creo. Lo que no me cabe duda es que la aceptación social de la pareja abierta va “in crescendo”. ¿Será el concepto de pareja que se terminará imponiendo?

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