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Consecuencias de la falta de respeto

 

Sobre las relaciones humanas hay muchos elementos que debemos tener en cuenta para que sumen y funcionen desde un punto de vista positivo pero uno de los más importantes (y sobre él debemos cimentarlas) es el respeto. Desde el respeto es posible tratar cualquier asunto pero, en el momento en el que lo perdemos, perdemos nuestra fuerza y, por supuesto, la razón. Por eso hay que saber medir muy bien las palabras y los hechos que utilicemos y que realicemos porque, tanto unas como otros, tienen consecuencias a medio o largo plazo.

En este sentido, la ira suele ser bastante mala consejera y suele llevarnos a territorios de los que después es difícil salir. Por eso debemos trabajar mucho en este sentido para evitar perder el control y que lo mismo después podamos arrepentirnos de cosas que, al final, lo que hacen es restarnos y provocar en la/s persona/s que tenemos enfrente incomprensión, daño o, lo peor, rechazo.

Respetar es valorar a los demás. Aceptar sus opiniones y comportamientos, que no pasa siempre por comprenderlos, y entender que cada uno tiene sus tiempos y sus maneras de actuar, equivocadas o no. No se respeta desde la imposición, ni desde la intolerancia, ni desde el insulto. Hay quien piensa que todo lo que dice y hace es lo único y lo mejor, o quien considera que otras personas son menores que él en algún sentido, o quien ataca para evitar ser atacado, pensando que con violencia logrará lo que, en el mismo momento que la usa, empieza a perder. Y luego están los que tienen poca educación, otro mal contra el que es bastante difícil lidiar.

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Por experiencia os digo que cuando uno se encuentra este tipo de gente lo mejor es poner tierra de por medio porque, lo hagas como lo hagas, digas lo que digas, todo será posiblemente fruto de conflicto. De todos modos, si por lo que sea tenéis que mantener un contacto con alguien así, os recomiendo que respiréis con serenidad y que intentéis contar hasta diez, veinte o treinta (lo que sea necesario), antes de entrar en discusiones que, en general, son lo que buscan quienes no están bien porque, equivocadamente, entienden que es el único camino.

¿Qué es lo que no valoran quienes faltan el respeto? Que luego es difícil recuperar la confianza (si no imposible). La confianza tarda mucho en ganarse y solo un segundo en perderse y, una vez que se ha cruzado el límite y se ha perdido el respeto, volver atrás es bastante complicado. Pasa con parejas, con amigos, de padres a hijos y viceversa… Además, quien no da respeto tampoco puede pedirlo con lo que hay que pensarse muy mucho hasta dónde nos interesa y debemos llegar.

Eso sí, lo primero debería ser el respeto por nosotros mismos y ese respeto pasa, lo primero, porque nadie nos falte el respeto. A partir de ahí empieza lo demás con mucho, mucho autocontrol. Más vale eso que estar lamentándose después por mucho tiempo.

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Las prisas traen prisas (y en el amor, más)

De toda la gente que conozco intento llevarme algo que me aporte. El recuerdo de una vivencia, una frase, la respuesta ante una situación… Sea lo que sea, hasta las personas más malas –que también de ésas he tenido algunas al lado-, intento que no hayan sido compañías vanas. El caso que una vez me dijo un amigo algo que, desde entonces, siempre tengo presente: “Las prisas traen prisa”. Y es que corremos tanto, tanto, tanto, que no solo no nos da lugar a disfrutar nada sino que estamos en un continuo estado de ansiedad, cometiendo con frecuencia errores como el querer correr más de lo que debemos en terrenos como el amor.

Todo lo que tiene que ver con asuntos del corazón hoy va más veloz que el rayo pero en especial al principio de una relación hay que ir con bastante precaución en este sentido. Además, a la gente se le “ve el plumero” enseguida cuando se enamoran porque se comportan con su enamorado/a muy diferentes a como suelen hacerlo en circunstancias normales, confundiendo “amor” (sano, fácil) con “querer” (tóxico, posesión) y desvelando posibles carencias como la falta de autoestima si lo que buscan es alguien que les preste atención a toda costa (dando igual, en el fondo, quién sea y convirtiendo a esa persona en la “solución” a sus problemas).

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Recientemente he sido testigo de la historia de un chico gay que, al día siguiente de conocer a otro (por redes sociales), ya tenía claro que había muchas cosas que les unían y que, por eso mismo, se iba a vivir juntos con este chaval porque, según el primero, “solo conviviendo se conoce a alguien”. En algo más de un mes la familia de uno ya ha sido presentada al contrario (y viceversa) y su día a día ha adquirido tal dinámica que pareciera que, en lugar de un mes, llevaran cinco años juntos. Los regalos excesivos y con demasiado marcado simbolismo para involucrar al otro en su vida, los intentos de envolverlo en un hogar ficticio no son sino pequeños chantajes sentimentales que, es probable, ni sean bien recibidos ni tengan consecuencias demasiado esperanzadoras.

Una situación que me ha traído a la memoria “El Principito” y el zorro, cuando éste le advertía al primero de la importancia de ir aproximándose muy poco a poco para acostumbrarse a su presencia. ¿Qué pasa? Que si no lo hacemos así estamos forzando la maquinaria y activando aquello de “lo que rápido viene, rápido se va”. Ir poco a poco, disfrutando del conocerse, del no tenerse, echando de menos al otro ayuda a que todo fluya con más naturalidad. Saber estar en soledad, dar espacio, dejar respirar, respetar el comportamiento del otro/a y saber cómo piensa y cómo reacciona es mucho más positivo que meter el acelerador y, al final, estrellarnos. Precaución porque son accidentes cuyas cicatrices pueden ser muy difíciles de borrar.

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Malentendidos=Enemigos de las relaciones

Ya lo dice esa reflexión tan interesante de que “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que entiendes… existen nueve posibilidades de no entenderse”. Y yo, que lo he vivido –y lo vivo-, en muchas ocasiones, no solo lo refrendo sino que, sobre todo, invito a que probéis con el sano ejercicio de la empatía y la asertividad.
La empatía es ponerse en el lugar del otro y entender sus circunstancias y saber que el otro podrías ser tú y que, lo que a ti te gustaría encontrar en los demás, es lo que debes ofrecer (con independencia de que luego lo encuentres o no). La asertividad es plantear lo que tú piensas, conocer tus derechos y defenderlos pero respetando al resto (está en la mitad de la agresividad, que se presenta cuando no somos capaces de ser objetivos, y la pasividad, que es permitir que terceros decidan por nosotros). Un instrumento muy útil, ser asertivo, porque actuarás desde la autoconfianza en lugar de situarnos en la emocionalidad típica de ansiedad, culpa o rabia.

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A partir de ahí, hay que tener en cuenta que NUNCA estamos en la cabeza de una persona y que, por tanto, algo que hayamos escuchado y que nos haya chocado, mejor aclararlo lo antes posible para evitar que la “bola” vaya creciendo y se convierta en algo imparable. A veces uno puede estar haciendo algo, o con la mente en otro lado, o agobiado por problemas, y responder algo que no debía pero también puede pasar que hayamos interpretado lo que no existía. Por eso, lo mejor es charlar, conversar porque, seguramente, descubriremos que las cosas suelen ser distintas a como las vemos (ya sabéis, aquello de las apariencias).
Además, si no nos ponemos manos a la obra, los malentendidos pueden cargarse relaciones y, poco a poco, minar un cariño que termina acabando en rencor y mal rollo si no se ha sabido gestionar. Por eso os animo, ahora que acaba de comenzar el año, a no disgustaros antes de tiempo y a no dejar que la imaginación vuele porque, la imaginación, es muy poderosa. Mejor pregunta y, después, con tranquilidad y reflexión, saca conclusiones.

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“Me importa un bledo”

Hay una gran frase que ha quedado para la historia de la literatura y el cine y que, aunque aquí en España se tradujo por “Francamente, querida, eso no me importa”, en el escrito original, de Margaret Mitchell fue “Francamente, querida, me importa un bledo”. Claro que me refiero a la despedida que en “Lo que el viento se llevó” hace Rhett Buttler a Escarlata O´Hara cuando, cansado de sus caprichos, inseguridades e idioteces decide dejarla.

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Rhett, como señor maduro que es, sabe mucho más del amor que Escarlata. De hecho, él es el que sabe realmente de amor puesto que ella es una mujer caprichosa e inmadura que pasa toda su vida con una serie de ideas equivocadas en la cabeza que, de forma lógica, terminan volviéndose contra ella. Buttler, en cambio, está dispuesto a perdonarle todo eso con la esperanza de que, tarde o temprano, ella se dará cuenta de su error. Y sí, lo hace. Pero demasiado tarde y con consecuencias irremediables.
Yo pienso que, si Escarlata viviera hoy día, sería una de estas personas que, enganchadas a Facebook, buscan al “hombre de su vida” fantaseando con todos esos que se mueven en las redes sociales y que, la mayoría de las veces, lo único que hacen es, como niños que son, jugar. En eso, mi amigo Paco lo tiene cada vez más claro y, aunque conoce a gente a través de su perfil, sabe no solo lo difícil que es dar con alguien que merezca la pena sino, sobre todo, que lo suyo no es ni perder el tiempo, ni perder ni una noche de sueño con alguien que, en el fondo, no sabe ni lo que quiere.
Si en lugar de pasar tantas horas pendientes de internet las invirtiéramos más en conocernos a nosotros mismos y en conocer a los seres humanos reales que nos rodean posiblemente evitaríamos tantos desengaños (y tantos engaños) como hay por ahí. Yo, como ha hecho Paco en su vida, me subo al carro del “Me importa un bledo”. Prefiero ser un Rhett Buttler con los pies en la tierra que una de esas Escarlatas que, más allá de su belleza y juventud, aportan tan poco. En una relación son dos los que se tienen que implicar para que salga adelante y, si no es así, mejor poner distancia.

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Ya no se regalan flores…

Hoy quiero escribir sobre el amor. De hecho, durante el tiempo que dure esta aventura del blog, os escribiré sobre el amor muchas veces porque es un tema que me encanta y porque me considero un romántico de los que, la verdad, quedan pocos. Y que conste que no suelo pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor pero en esto sí que creo que antes se sabía amar mejor porque, entre otras cosas, había TIEMPO para ello. Ahora no. Ahora todo son prisas. Parece que vivimos en una carrera por ser el más joven, el más guapo, el que más músculos tiene, el que más va de fiesta, el que más se divierte, el más popular de la pandilla… No queremos problemas y el amor, en gran medida, lo es. No es un castigo, no es un laceramiento pero sí que tiene la “virtud” de trastocar la mayoría de los planes que, en este sentido, nos habíamos hecho.

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Forma parte de la juventud confundir “amor” con sexo y, como hoy todo nos conduce a esto último, lo del corazón, como que queda en un muy segundo plano. Todo son caritas y cuerpos perfectos. En Twitter, en Facebook, en Instagram. Las redes sociales están llenas de quienes –yo también lo hago-, exhiben sus excelencias físicas al mejor portador como si de un gran mercado se tratase. Una vez conseguida la “presa”, al haber tantas oportunidades que siguen acechando (y tener esa sensación de que la vida es corta y hay que aprovecharla al máximo), la mayoría prefiere probar con otros/as, convirtiéndose en una escalera en la que nunca encuentras el final. Todo muy rápido, muy fugaz. Por no hablar de la influencia del mercado de consumo donde, si hasta cambiar de muebles en la casa cada poco pasa por la moda, ¿cómo vamos a pretender ser fieles a una sola persona? Por otro lado, los más maduros están quemados porque, cuando has pasado por conocer a mucha gente -y has comprobado hasta qué punto te dejas el corazón la mayoría de las ocasiones para nada-, como que no te apetece pasar por lo mismo de nuevo.

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Lo que sí es común a todo el mundo es que se han perdido los DETALLES. Ni se tienen, ni se saben valorar. En una sociedad marcada por el “yoísmo”, en la que hasta las fotos, “selfies”, te las haces tú mismo (algo muy significativo porque hasta en eso somos autosuficientes), no tenemos, y vuelvo al mismo punto, TIEMPO para dedicárselo a los demás. Para conocerlos, para valorar sus virtudes y aceptar sus defectos, para saber cómo sienten, qué necesitan, qué nos dicen sus ojos cuando nos miran, para ir a una floristería y comprar una rosa con la que conquistar a quien nos gusta.

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Ya no se regalan flores. Hay parejas que empiezan y terminan su relación de varios años y nunca se han regalado flores. Y, aunque os parezca una tontería, no lo es. Las flores son delicadas, sutiles, bellas en su imperfección. Y lo que nos rodea está muy lejos de estos tres conceptos y, por tanto, lejos del AMOR. Por lo menos lejos del amor en el que yo creo. Ése que no pasa por un listado de requisitos y que sabe mirar dentro. Como en la canción de Silvina Magari, no quiero ser moderno. Solo quiero París…

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