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El amor no se busca. Te encuentra

Tengo muchas amigas y amigos deseando tener pareja. Salen los fines de semana desesperados con la idea de conocer a alguien y “cazar” un novio (o una novia), buscan por redes sociales y aplicaciones, planean su agenda en función de donde piensen que hay posibilidades de futuribles amores… En fin, que, aunque luego lo nieguen -que a veces lo hacen-, en el fondo ése es su primer y más importante objetivo en la vida.

Lo que posiblemente desconozca la mayoría es que el amor NO SE BUSCA. Y cuando digo que NO, ES QUE NO. Y no por capricho mío sino porque la cuestión emocional no depende de que nosotros queramos sino porque en ella se tienen que dar una serie de circunstancias que no se pueden provocar. Otra cosa es que uno esté receptivo/a a entablar contactos con personas y que, entre alguna de ellas, pueda estar ése/a que nos llene para dar un paso más allá pero por mucho empeño que tengamos, el amor no aparece cuando nosotros queremos sino cuando él lo desea.

En internet, por ejemplo, el sexo suele ser más el objetivo de quienes usan este vehículo para acercarse a otras personas (aunque en sus perfiles pongan otra cosa, lo sexual prima en la mayoría de las citas). Aparte, la artificialidad del medio no ayuda nada, siendo escenario continuo de chascos entre lo que pensábamos (o deseábamos) y la realidad que hayamos.

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Por otro lado, salir con la única intención de enamorarte es lo mismo que comprar un billete con la intención de que te toque el gordo cada vez que intentas lo de la lotería. Con el añadido de que aquí no solo cabe la posibilidad de frustrarte tú sino de que los de tu entorno también sufran lo que, al final, se termina convirtiendo en una ansiedad más. Ayer, por comentaros una situación concreta, la amiga de una amiga apareció por donde estábamos como una posesa deseando solo de tomar copas y, lo fundamental para ella, acercarse al primero que se ponga a tiro para lograr el propósito que nos ocupa. Solo y exclusivamente eso. Quienes estuvieran a su lado, el sitio, la bebida en sí… TODO estaba en un segundo plano y al servicio de su estrategia que, como suele pasarle, acabó en fracaso. Además, a medida que la desesperanza aumenta, el nivel de exigencia, disminuye, terminándonos conformando con quien menos nos hubiéramos imaginado con tal de llegar a nuestra cada vez más inalcanzable meta (ni os imagináis los pintas con los que acaba enganchándose la amiga de mi amiga).

Esto, para ir terminando, deberíamos verlo como cuando hemos perdido algo en casa y, mientras más vamos detrás de ello, menos aparece. Hasta que llega un día en el que, sin saber por qué ni cómo, abrimos un cajón para coger lo que sea y, de pronto, ¡sorpresa! ¡Eso que en su momento no había manera de dar con ello, ahí está, como un regalo del destino, aguardando a ser descubierto! Si el amor lo entendiéramos bajo los mismos parámetros, todo sería mucho más sencillo y más apaciguador para nuestro espíritu. Os lo digo yo.

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Una pareja no es la solución

Hay quien vive muy obsesionado por tener una pareja porque desde pequeños nos han metido en la cabeza que para ser feliz es imprescindible estar con alguien. Hablan de las bodas como “el día más feliz de la vida”, se desprecia a las personas solteras diciéndoles eso de “solteronas” o “te vas a quedar para vestir santos”… Nos conducen a creer que el estar solos lo identifiquemos como un fracaso, que identifiquemos no tener novio o novia con que nadie nos quiere aunque yo, ante todo eso, me pregunto: ¿Cuántas personas conoces que, aun estando juntas, no se aguantan? ¿Cuántos matrimonios intentan salvar la ausencia de amor teniendo hijos? ¿Cuánto tiempo perdemos probando con personas que no nos aportan nada mientras descuidamos a otras, familiares y amigos, que están ahí, esperando a recibir y dar cariño? Y, lo más importante, ¿Cuántos casos hay que, en el fondo, buscan una compañía emocional porque no se quieren o no saben estar solos?

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La soledad elegida es maravillosa pero eso pasa por estar a gusto con uno mismo y por asumir de veras que solo merece la pena iniciar un camino conjunto con alguien cuando estás seguro de que la aventura compensa. Y os cuento mi caso. Me encanta como sabéis hacer deporte, leer, la música, viajar, cocinar… Tengo muchísimas aficiones y mucha gente en mi entorno (con diferentes grados de amistad) que no dejan de proponerme planes (o a los que les propongo yo planes) que me impiden aburrirme. Amo la vida y he llegado a un punto importante también de amor a mí mismo.

No llega una noche, que es cuando más se nota la soledad, en la que no tenga un plan que me apetezca, aunque sea solo ver la “tele” un rato tranquilo (que, con el whatsapp, es complicado). Pienso que nacemos y morimos solos y que, por tanto, es nuestro estado natural. Lo otro, que está muy bien, es una suerte pero no la mayor de las suertes. Porque para construir un edificio lo primero es tener los cimientos muy bien asentados.

Así que sé dichoso antes de nada y luego ya veremos. Déjate llevar y disfruta. No necesites que nadie te complete porque ya lo estás. Y no temas a que las relaciones empiecen y terminen o a que lo mismo no lleguen. La definitiva, la que siempre será una eterna garantía es la que tengas contigo. Cuídala y… ¡gózala a tope!

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Los peligros de las relaciones tóxicas

Todos los días conozco a alguien que ha pasado por una relación tóxica que le ha hecho conocer la cara con menos luces de la vida. Gente que entrega su corazón a alguien a quien ha profesado una auténtica veneración pero que no solo no ha sabido corresponder a dicho sentimiento sino que, al contrario, se ha portado tan mal con esa persona en cuestión que le entregaba su corazón que, con sus reacciones, le ha marcado para siempre. Estas heridas, y lo sé por experiencia, son difíciles de borrar y cuesta mucho, mucho tiempo pero, si se tiene paciencia, logras cerrarlas. Claro que lo ideal sería si no se produjeran aunque para eso habría que reconocer a este tipo de individuos/as lo antes posible y ponerse manos a la obra para huir de ellos como gatos del agua. Sus reacciones son muy similares con lo que atención si las detectáis porque entonces habría que encender la señal de alerta:

  • Si os intentan separar del resto de vuestro entorno (amigos y familia) convenciéndoos de que todos son malos menos quien os hablar de ellos.
  • Si os hacen reflexiones sobre vosotros que suponen un “machaque” sobre vuestra forma de ser, atacándola de continuo y minusvalorándola o si, más grave aún, os insultan.
  • Si sentís que esa persona os raciona el cariño y que no os da lo que creéis merecéis.
  • Si su discurso son continuas críticas y quejas.
  • Si os hacen pensar que todo lo que hacéis lo hacéis mal (o muchas cosas).
  • Si os nacen en vosotros complejos que antes no existían y dudas que antes no teníais.
  • Si os veis aceptando situaciones que no aceptaríais, en conflicto con lo que realmente desearíais y no tenéis, transigiendo con cosas que no os ponen contra vosotros mismos y vuestra forma de pensar.
  • Si os restan más que os suman…

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¡ESAS PERSONAS NO OS CONVIENEN! ¡NO INTERESAN! ¡HAY QUE TACHARLOS DE LA LISTA!

Dice una canción de “la” Pantoja en el disco de Juan Gabriel que ha sacado hace poco… “fui muy feliz aunque con muy poco amor”… ¡NO! Pensemos mejor como Frida (Kahlo) cuando decía… “Yo le duro lo que usted me cuide, yo le hablo como usted me trate y le creo lo que usted me demuestre”. Y cuando no lo veáis claro, cuando algo os empiece a rozar, cortad sin miedo. El problema de la toxicidad es que nos va comiendo terreno cada día y puede que una mañana sea demasiado tarde y el daño, casi irreparable…

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¿Para qué quiero pareja?

Desde siempre he pensado que la gente que no quería tener pareja era como rara porque, como así nos lo venden, parece que lo mejor es estar con alguien. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estoy entendiendo mejor a esos “raros” a los que me acabo de referir. Veo a muchos que comparten su vida con otra persona y, en el fondo, me pregunto… ¿para qué se quiere un/a novio/a (marido/mujer o lo que sea)?
Hay quien lo/a tiene para no estar sola/o. O para sentirse querido. O para contentar a la familia. O para ser padre/madre cuidando de otra/o. O para presumir delante de los amigos de compañero/a. O para llenar un vacío que, de otro modo, se le haría insoportable. O porque ya se lleva un tiempo y uno se ha acostumbrado a la situación (aunque no esté del todo contento con ella). O por seguir convenciones sociales que le han sido impuestas desde el entorno… Todas estas razones son válidas para quien le valgan pero… ¿responden a lo que de veras se supone que tendría que ser un proyecto común cimentado sobre el amor?
Esta semana me marcho a Amsterdam. Allí, en la Venecia del Norte, en una de las ciudades más románticas del mundo, me pillará el día de los enamorados que, por primera vez, celebraré, para empezar, conmigo mismo. Y como en la actualidad me quiero tanto, estoy en disposición de darle un lugar en mi corazón a otra persona no para nada de lo anterior sino para crecer en paralelo desde el respeto y la admiración hacia donde el destino nos lleve. Pasó la época en la que necesitaba de otro para completarme y llega el momento de construir en conjunto. Digo adiós a vampiros emocionales, a frustrados que pretenden pagar sus taras contigo para sentirse ellos mejor, a inmaduros que no saben ni dónde tienen la cabeza, a tristes que se aprovechan de tu alegría, a aprovechados que se suben en tu carro por toda la jeta…
Sé que no es una tarea fácil ni cualquiera encajará en el proyecto pero, si sucediera, sería algo muy grande. Y si no, tampoco pasa nada. Lo importante, como en los juegos, no es ganar… sino participar. Sin trampas, ni tramposos.

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