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Análisis (y combate) de la grasa abdominal

Hoy os voy a volver a plantear uno de los temas que más preocupación causan tanto a los hombres como a las mujeres que se cuidan: la grasa abdominal. ¡Merece varias entradas, como una del año pasado, por lo coñazo que es ese un residuo de grasa que, por mucho deporte que hagas, por mucha dieta que sigas, no hay manera de que se vaya! Así que vamos a intentar poner un poco de raciocinio en esta frustración que nos provoca la grasa abdominal.

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Deciros que hay que diferenciar entre grasa subcutánea (debajo de la piel) y grasa abdominal visceral (que aparece cuando las vísceras no toleran la entrada masiva de nutrientes (sobre todo, carbohidratos) aunque, en general, hay unas razones que favorecen a tener grasa. A saber:

  • Genética. Esto es aquello de “En mi familia, somos de tener barriga”. Así que, ya sabéis, no amargaros excesivamente por algo que, en realidad, podemos traer en el ADN. Solo… ¡luchad contra ello!
  • Estrés. Provoca hormona cortisol, que transforma grasa en adipocitos y que está más presente en el abdomen.
  • No dormir ni descansar. La falta de sueño aumenta la hormona grelina, que estimula el hambre.
  • Alimentación inadecuada. Harinas, frituras, refrescos, azúcar, bebidas alcohólicas… En fin, lo que ya sabemos.
  • Movernos nos ayuda a generar músculo, a dormir mejor, a una buena salud hormonal… No movernos… ¡Malo!

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Por cierto, la grasa abdominal excesiva puede provocar en los hombres bajada de energía y de libido así que, empieza a comer bien (productos frescos, más proteínas, alimentos ricos en fibra…), haz algo de actividad física (o mucha, si quieres acabar rápido con tus excesos de kilos), hidrátate bien y bebe bastante agua o té verde y vive lo más relajadamente posible.

Es la única manera (o lo que ya os dije en su momento -y que profundizaremos en ello- del lipoláser y la liposucción). Por lo demás, ¡poneros en marcha ya para dejar atrás el michelín porque, el verano, está a la vuelta de la esquina!

¿Qué (no) comer en Navidad?

Bueno, bueno, bueno. Llega un momento crucial en el año: la Navidad. Sobre todo para nuestras dietas porque todo el mundo se conciencia de que, durante estas fechas, cogerá dos o tres kilos. Pero, ¿se puede evitar esto? ¿Podemos afrontar las Navidades sin que supongan un cataclismo en nuestro cuerpo? Porque claro, esto no es el día de Nochebuena, la Nochevieja, Fin de Año y Reyes. No, no, no. La Navidad son tres semanas de comilonas de empresa, quedadas con los amigos, de turroncitos cuando terminamos de comer… En fin… Un auténtico desastre para el peso pero también para nuestra saludo puesto que, ¿cuántas veces nos ponemos malos con cólicos, molestias o dolores de cabeza al día siguiente de cualquiera de estas citas?

Yendo al grano (y siempre contándoos mi experiencia en este sentido)… Hay que equilibrar. Esto es superimportante. Por eso, cuando tengamos un exceso, compensemos con un defecto. Que una noche nos pasamos mucho, al día siguiente controlamos lo que comamos, sin perder las cinco comidas, pero yendo a menos en cada una de ellas (y lo más ligero y sano posible, esto es, tirando de la plancha y de ensaladas). Incluso no estaría de más que, una vez pase el 24 y el 25, primero, y el 31, después, hiciéramos un día solo a base de infusiones y fruta (piña, por ejemplo), para limpiar y depurar el organismo.

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Aparte, en los momentos de copiosidad, intentemos controlar, para empezar. No se acaba el mundo, ni estamos en una guerra, ni nada de eso. Con el marisco no hay problema, y con las carnes como el pavo o el pollo -o los pescados, en general, tampoco-, lo malo en Navidad, sobre todo, empieza después (evitando también un poco el pan, los fritos y las salsas). ¿Por qué? Porque después llegan… ¡los turrones! Y los mantecados, las peladillas, los bombones… ¡NO! No nos arrebatamos con este pequeño universo del dulce porque sus consecuencias son nefastas. Sí que podemos (y debemos) disfrutar de un capricho pero… ¡sin abusar!

Luego, cuando salgamos a restaurantes, sigamos la misma política “de contención”, dejando lo más grasiento para cuando estemos en circunstancias menos festivas y nos hagamos nuestra cena o almuerzo “libres”. Y repito que no se trata de reducir nuestro horizonte culinario a pechugas y ensaladas pero no perdamos de vista el “Pepito Grillo” que nos advierte de los peligros de los excesos.

Si además, bebemos mucha agua y, los días que no son de fiesta, aprovechamos para ir un poco al gimnasio (y después del entrenamiento nos metemos, si tiene el nuestro, en la sauna), os aseguro que para subir la cuesta de Enero iremos mucho, mucho pero mucho más ligero que de costumbre. ¡Palabra de Blogger!

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Cómo eliminar la grasa abdominal

La grasa en el abdomen es un rollo. Un coñazo. ¡Lo peor! ¡La odio! ¡No puedo con el hecho de pasarme el día a dieta y en el gimnasio y que el “rollo” no se vaya jamás! Porque las mujeres tenéis la celulitis pero los hombres tenemos… ¡el “rollo”! El michelín, la “barrigota”, por delante, y el “flotador”, por detrás. Y por mucho control que tengas en la alimentación, por mucho cardio que hagas, eso siempre está ahí. O casi. Porque es evidente que para cada problema hay una solución y éste también la tiene.

Porque presumir de abdomen es algo que todos queremos así que, pensando en verano, voy a proponeros dos caminos en este sentido puesto que, más allá, no dejéis engañaros porque no existe NADA. Ni cremas, ni fajas, ni pastillas, ni nada.

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  1. Rápido y más caro. Una liposucción o el lipoláser, que es como una liposucción pero más avanzado, pues se hace con un láser que quema esa grasa concentrada que luego eliminamos vía sudor o a través del orín (ya profundizaremos un día en esto porque creo que terminaré haciéndomelo).
  1. Lento pero más económico. La mayoría de los estudios hablan de que hay que hacer ejercicios abdominales, mucho cardio y, cómo no, una dieta adecuada pero que esto incidirá más en aumentar la resistencia muscular que en eliminar la grasa. Es decir, aunque hagamos cientos de flexiones, no vamos a conseguir un “six pack” en condiciones a no ser que aumentemos la masa muscular y, a través de la alimentación, evitemos acumular kilos.

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¿Trucos?

  • No nos saltemos ninguna comida puesto que el organismo se ralentizará y tenderá a acumular grasa.
  • Empieza el día con agua caliente con limón (que, como sabéis, es astringente).
  • Antes de desayunar, si puede ser, hacer ejercicios de cardio durante media hora o cuarenta y cinco minutos (el cuerpo usará entonces las calorías acumuladas).
  • Cena algo bajo en calorías para que el organismo haga bien la digestión.
  • Haz ejercicios abdominales en diferentes series a lo largo de la jornada, puesto que así incidirás más en el “rollo”. Pero, ¡ojo! ¡Que los sientas! Que sientas cómo estás trabajando y no pasando el rato.
  • Que no falten verduras y alimentos ricos en fibra.

Y nada. Paciencia, chicos y chicas porque es lo único que nos queda. Mucha fuerza de voluntad y mucho tiempo para, aunque perdamos una batalla, ganar la batalla contra la grasa.

 

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Perder peso (y grasa) sin notarlo

En mi penúltimo post os comenté que había comenzado una dieta proteinada que me ha tutelado el doctor Paco Ortiz, propietario de la Clínica Teknobell de Sevilla y uno gran especialista en nutrición. Han sido diez días que os relaté al principio y de los que me gustaría comentaros mis conclusiones (os paso el enlace por si queréis volver a consultar primero ese post del que os hablo http://estoycomonunca.com/2017/04/01/la-experiencia-de-la-dieta-proteinada-proteica ).

Ahí os explico lo difíciles que fueron los dos primeros días y medio, durante los que tuve bastante ansiedad (arggg), pero la tranquilidad de después cuando el organismo ya se acostumbra y de pronto entras en una calma que a mí mismo me sorprendía. Cierto es que en algunos momentos (en especial, en las comidas intermedias) el cuerpo me pedía algo más de cantidad de comida pero al final te terminas acostumbrado y, como bien sabéis, cuando entramos en una rutina es fácil permanecer en ella el tiempo que sea.

Por eso, cuando a la semana Paco me preguntó si quería continuar cinco días más y terminar de quitarme esa grasa que tanto me obsesiona, no le puse inconveniente, alegrándome mucho de los resultados que me dieron el viernes puesto que el balance total es de tres kilos de grasa menos y 74,5 kilos de los que, solo el 9 por ciento, es el porcentaje total de grasa corporal.

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Esto es fantástico porque supone entrar casi en unos parámetros de atleta pero, por si fuera poco, Paco me ha prometido que vamos a intentar luchar con los últimos restos de grasa con una nueva técnica médica de la que voy a ser “cobaya” en Sevilla y que, así en líneas generales, pasa por la congelación de la misma (cuando tenga más datos, os diré).

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Volviendo a la alimentación, una vez que ha terminado este ciclo, hay que mantenerse para evitar el temido “efecto rebote”, que pasa cuando de pronto uno empieza a comer más aún de lo que comía. Eso no significa que ayer no me pegara un “homenaje” con una hamburguesa, una ensalada y un helado (ummmmmm) para recompensar el sacrificio previo durante el que, tal y como me prometió el doctor, he mantenido intacta la masa muscular, que era algo que me preocupaba bastante. Es más, he empezado con un nuevo entrenador que, incrédulo de que todo fuera como os explico, me hizo volverme a pesar para, en su caso, darme unos niveles de 8,4 de grasa corporal.

Ahora lo que estoy haciendo es volver a mi dieta habitual aunque metiendo más verdura a mediodía y por la noche (de momento he quitado los hidratos puros y duros) y aprovechando los productos de Paco Ortiz para las comidas intermedias. Sus galletas de chocolate, los barquillos, los flanes, los batidos son tan deliciosos que de veras merecen la pena para demostrar que en la actualidad se puede comer saludable sin pasar hambre, eso seguro, y sin renunciar a pequeños placeres como estos para los que son amantes del dulce.

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El peso ideal

Como esta Navidad nos hemos pasado, y ya empezamos a replantearnos todo el tema de la alimentación para la “puesta a punto” de antes de verano, quiero hablaros hoy de eso del peso ideal, en relación al que hay confeccionados unos varemos que, en función de la altura y edad, hablan en este sentido. El más popular quizás es el que dice que debemos pesar lo que, a partir de cien centímetros, marque nuestra estatura, o sea que si medimos 173, nuestro peso ideal serían 73 kilos (y así sucesivamente).

Falso. El peso ideal no existe. Así de tajante. Pero no porque a mí me dé la gana sino porque cada uno es cada uno y, lo que a un chico con una complexión ancha y muy musculado le vale, a un hombre de cincuenta con una complexión media, puede resultarle excesivo (o al contrario). La cuestión es sentirse bien y que nuestros kilos nos permitan llevar un estilo de vida saludable y realizar actividades físicas diferentes. La fisonomía y el metabolismo marcarán cómo debemos estar, sin obsesiones y sabiendo que, a medida que vamos cumpliendo años, el organismo se ralentiza, provocando el que sea más difícil eliminar las grasas y los sobrantes. Esto se nota sobre todo al alcanzar los cuarenta, momento esencial en torno al que gira este blog y que, para los hombres, es decisivo por la pérdida de testosterona que, entre otras consecuencias, provoca esa incómoda barriga (cambiemos el término, si lo preferimos, por el de “flotador”) la cual, si no tomamos “cartas en el asunto”, va creciendo con más facilidad que nunca.

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Pero no nos desesperemos porque eso no significa nada. Es más, el hombre tiene su mejor momento cuando entra en la quinta década de vida. Ahí es cuando el cuerpo se ha asentado y cuando, mentalmente, se encuentra más maduro. Por lo tanto apostemos por la felicidad y activemos solo el “pilotito” rojo para que no nos descuidemos porque nunca es tarde ni para empezar, ni para continuar (si nuestro mantenimiento viene de atrás).

Eso sí. Intentemos que el peso tienda, en porcentaje, a ser mayor en lo que a la masa muscular se refiere y menor en grasas para que nuestro aspecto sea atlético y no grasoso. Hay personas que parecen delgadas en apariencia pero que, de estar fibradas, pueden pesar mucho más de lo que imaginemos. Un objetivo que no alcanza todo el mundo pero que tampoco es imposible. Si te lo has marcado, ¡no renuncies a él!

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