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Aprende a enfrentarte a la ira

Cuando se habla de la ira enseguida suele aparecer un sentimiento de negación hacia ella puesto que, como no es algo positivo, parece que debemos rechazar el que forma parte de nosotros. Pero sí, LA IRA FORMA PARTE DE NOSOTROS. Como la alegría, como el llanto, como la pena… Y no pasa absolutamente nada puesto que, hasta cierto punto, un poco de ira es necesaria en ciertas ocasiones. Así que, partamos primero de que HAY QUE ACEPTAR que es humano sentir ira como forma para defendernos y, con ella, fortalecer nuestra conducta. Vamos, que es algo sano y de lo que no tenemos por qué escapar.

¿Cuál es el problema? Que suframos demasiados ataques de ira o que no sepamos controlarla, que pueda más que nosotros y nos lleve hacer o decir cosas que luego, seguro, nos van a hacer sentir mal (o van a repercutir en las relaciones que tenemos con otros). Claro que lo mismo tendríamos que partir sabiendo qué es lo que hace que nos enfademos, cuáles son las situaciones que desencadenan esa reacción (que, en general, suelen ser frustraciones). La injusticia, no llegar a una meta que nos habíamos marcado, que se sobrepasen ciertas normas sociales o, especialmente, cuando los demás no reaccionan o no responden como pensábamos que iban a hacer, solemos responder con ira, esto es, con agresividad, enfado, enojo.

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En realidad, podemos manifestar nuestro enfado con asertividad y contundencia pero sin que eso suponga un ataque y, sobre todo, evitando el que se vuelva contra nosotros mismos. Por eso quienes critican todo no han aprendido a expresar su ira de manera constructiva pero, para ellos (y para todos), voy a dar algunas recomendaciones que pueden ser de mucha utilidad.

  1. Cuando notes que viene ese “mal rollito” interno, intenta relajarte, pensar en algo que te tranquilice y que no te lleve hasta ese territorio.
  2. Cambia la forma de pensar y date cuenta de que el enfado no va añadir nada bueno. Más bien te impedirá pensar con detenimiento y detalle.
  3. Proponte solucionar ese problema que se te ha planteado y encamina tus energías a ese propósito.
  4. Piensa las respuestas y mantén la calma. Tómate tu tiempo. No hay prisa.

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Te aseguro que, con práctica, la ira termina perdiendo poder y, a pesar de que, insisto, no hay que huir, la convivencia con ella se vuelve mucho más agradable. Haz la prueba.

La importancia del “ahora” en el amor

No importa el tiempo que dure una experiencia. Lo que importa es la experiencia en sí. Eso es lo que ayer pensaba después de ir al cine con mi amiga Inma a ver “Llámame por tu nombre”, una interesante película de sentimientos de la que se pueden sacar algunas conclusiones aunque, sobre todo, ésa con la que parto en mi post de hoy.

Muchos viven obsesionados con encontrar al hombre o la mujer “de su vida” y, en ese complicadísimo objetivo, pierden en el camino la oportunidad de disfrutar de sensaciones maravillosas que, si supiéramos valorarlas en su justa medida, nos harían sentir realmente dichosos. Por eso me da tanta rabia cuando en muchos programas de televisión, al hablar de una relación sentimental que se acaba, dicen aquello tan estúpido de “no le ha ido bien en el amor”. ¿Por qué? ¿Por qué eso se ha roto? ¿Y qué pasa con todo lo que hemos disfrutado? ¿Qué sucede con la valoración de haber experimentado, aunque sea fugazmente, lo que es la difícil conexión emocional con alguien?

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En el fondo somos unos desagradecidos. Porque la vida nos da regalos que no sabemos apreciar. Porque tenemos la oportunidad de gozar instantes, cuerpo, sonrisas, olores, tactos únicos que desperdiciamos en aras de esa inexplicable ambición del ser humano de siempre querer más. Y más. Y más. Y más. Por eso nos va como nos va.

“Llámame por tu nombre” es la historia de dos personas que no tienen nada que ver. Ni en edad. Ni en carácter. Ni en circunstancias vitales. Ni en nada de nada. O sí. Tienen un vínculo que las une y que les hace tener la GRAN SUERTE de poder echar en su mochila la inconmensurable experiencia del AMOR, así con mayúsculas. Luego ya el destino hablará. Y será lo que tenga que ser. Pero proyectar un futuro perdiendo de vista el presente, el “ahora” que nos ocupa, es tan absurdo como condicionar nuestra existencia a que, tal vez, algún día nos toque el “Gordo” de Navidad.

Yo he tenido la inmensa dicha de haber querido y haberme sentido querido. He sido de esos a los que les ha tocado la lotería sin esperarlo. Sin importar que luego todo haya acabado. Pero lo tuve en mis manos. He sabido lo que es ser FELIZ. Reír, bailar, llenar mi pecho de cosas tan hermosas como ser llamado por el nombre del de enfrente. Y con eso me sobra y me basta porque, pase lo que pase, nadie podrá arrebatarme haber sido tan afortunado. Valóralo tú. Lo mismo te sorprendes de lo afortunado que también puedes ser (o has sido).

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Los tiempos en una relación

Yo no sé cuáles son los tiempos en una relación. Supongo que estará estudiado, porque todo se estudia, pero desconozco si a los tres días tienen que pasar no sé qué cosas, o los tres años otras no sé qué. Ojalá existiera una guía para indicarnos si vamos bien o vamos mal en cada momento pero, como no es así, voy a daros mi experiencia porque veo que hay mucha gente que corre mucho y, al final, prisas traen prisas. Eso sí que es seguro.

Os voy a poner un ejemplo. Tengo una amiga que ha conocido a un chico por una aplicación de contactos y, al segundo día, él le estaba diciendo que la amaba. A las dos semanas parecían una pareja que llevaba años y casi a los dos meses, él la ha dejado. Demasiado correr.

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No podemos meter a nadie en nuestra vida en un abrir y cerrar de ojos porque eso, más temprano que tarde, provoca una saturación. Ni hablar por whatsapp sin parar hasta saberlo todo desde el minuto uno. Es como un cólico por atiborramiento, tras el que hay que limpiarse para, al día siguiente, encontrarse mejor. Así que, o nos tomamos las cosas con calma, o estropearemos lo que, con más paciencia, podría haberse convertido en algo bonito.

En este sentido me encanta recordar lo que en “El Principito” hablan el zorro y el propio príncipe, al que el primero insiste en lo importante que es crear una cierta costumbre a la hora del nacimiento de un vínculo emocional. Un día estás. Otro día estás un poco más cerca. Otro un poco más aún. Hasta que te has acostumbrado a que esa persona merodee alrededor tuya y desees que se instale definitivamente como parte de tu entorno cotidiano.

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Esto sería lo ideal. Con naturalidad. Sin impaciencia. Claro que el entorno no propicia eso. Lo queremos todo rápido y ya y, si no conseguimos nuestras metas en un santiamén, forzamos toda la maquinaria para que así sea.

Por eso os propongo que nuestra vida esté llena y plena ya de por sí para que, cuando llegue una nueva persona, vaya haciéndose un hueco de manera progresiva en ella pero sin que eso pase por rellenar un vacío insalvable para ser felices. Y a partir de ahí, paciencia. Ir descubriendo a una persona es apasionante. No te pierdas la oportunidad de hacerlo por querer que todo suceda en un chasquido. Lo que rápido viene, rápido se va.

Una pareja no es la solución

Hay quien vive muy obsesionado por tener una pareja porque desde pequeños nos han metido en la cabeza que para ser feliz es imprescindible estar con alguien. Hablan de las bodas como “el día más feliz de la vida”, se desprecia a las personas solteras diciéndoles eso de “solteronas” o “te vas a quedar para vestir santos”… Nos conducen a creer que el estar solos lo identifiquemos como un fracaso, que identifiquemos no tener novio o novia con que nadie nos quiere aunque yo, ante todo eso, me pregunto: ¿Cuántas personas conoces que, aun estando juntas, no se aguantan? ¿Cuántos matrimonios intentan salvar la ausencia de amor teniendo hijos? ¿Cuánto tiempo perdemos probando con personas que no nos aportan nada mientras descuidamos a otras, familiares y amigos, que están ahí, esperando a recibir y dar cariño? Y, lo más importante, ¿Cuántos casos hay que, en el fondo, buscan una compañía emocional porque no se quieren o no saben estar solos?

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La soledad elegida es maravillosa pero eso pasa por estar a gusto con uno mismo y por asumir de veras que solo merece la pena iniciar un camino conjunto con alguien cuando estás seguro de que la aventura compensa. Y os cuento mi caso. Me encanta como sabéis hacer deporte, leer, la música, viajar, cocinar… Tengo muchísimas aficiones y mucha gente en mi entorno (con diferentes grados de amistad) que no dejan de proponerme planes (o a los que les propongo yo planes) que me impiden aburrirme. Amo la vida y he llegado a un punto importante también de amor a mí mismo.

No llega una noche, que es cuando más se nota la soledad, en la que no tenga un plan que me apetezca, aunque sea solo ver la “tele” un rato tranquilo (que, con el whatsapp, es complicado). Pienso que nacemos y morimos solos y que, por tanto, es nuestro estado natural. Lo otro, que está muy bien, es una suerte pero no la mayor de las suertes. Porque para construir un edificio lo primero es tener los cimientos muy bien asentados.

Así que sé dichoso antes de nada y luego ya veremos. Déjate llevar y disfruta. No necesites que nadie te complete porque ya lo estás. Y no temas a que las relaciones empiecen y terminen o a que lo mismo no lleguen. La definitiva, la que siempre será una eterna garantía es la que tengas contigo. Cuídala y… ¡gózala a tope!

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Domesticando al ego

Hola, ¿cómo estáis? Esta semana solo he podido hacer una entrada pero no quiero que se me pasen más días sin reflexionar con vosotros sobre eso del “ego” del que en las escuelas, de pequeños, debieran darnos clases para que luego, con los años, no se vuelva nuestro enemigo y, en algunos casos, llegue a destruir por completo a personas que, de otra manera, podrían ser bastante válidas. Es un tema que me apasiona y que, curiosamente, el domingo pasado me encontré reflejado en una película de aventuras, “Doctor Strange”, cuyo hilo argumental pasa bastante por él.

Hay quien piensa que son los artistas los que tienen más ego pero esta apreciación es un error. Algunos artistas tienen mucho ego igual que lo tienen algunos diseñadores o hasta entrenadores deportivos o un dependiente. Un ego desmesurado puede sufrirlo cualquiera. Es más, a veces nos sorprendería comprobar cómo, bajo algunos falsos humildes aspectos, se encierran monstruos egocéntricos que lo único que quieren es que le “doren la píldora” sintiéndose por encima del bien y del mal.

 

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El ego puede alimentarse de los piropos (cuando te alaban mucho el físico o cuando uno es bueno en algo y no dejan de recordárselo) o también puede provenir de quien, careciendo en absoluto de autocrítica, considera que lo suyo es lo mejor, que no hay nadie como él y que el resto está en un lado y él (o ella) en otro. Eso no significa que en algún momento no podamos sufrir de algún pequeño destello de vanidad pero enseguida debemos volver a pisar con los pies en la tierra y pensar… ¿y? En el fondo siempre los habrá más altos, más guapos, más talentosos, más jóvenes, más… Es decir, al relativizarlo todo, las cosas se ven desde otra perspectiva y, al sentir que somos una pequeña mota dentro de un infinito universo, el ego deja de tener lugar para ser nosotros parte de algo mayor.

Estoy hasta las narices de egocéntricos. De la gente que va perdonando la vida y te miran por encima del hombro. De los acomplejados que tapan sus carencias atacándote. De quienes no aceptan un comentario sobre ellos o su trabajo. La humildad es un ejercicio que hay que practicar a diario porque es la llave para ser una buena persona. Lo demás son ganas de hacer el tonto y el tiempo, apremia. Ya lo sabéis.

Si se queda indiferente, es que no es él…

“Mujeres Desesperadas” me divierte mucho. Y me enseña mucho también. O, más que enseñarme, me reafirma en pensamientos que, conforme ha ido pasando el tiempo, se han ido afianzando en mí. Ayer, por ejemplo, estuve viendo un capítulo en el que, las protagonistas de la serie, exponían una realidad sobre las relaciones sentimentales que es más matemática que las matemáticas en sí mismas. Algo que nunca he entendido pero que, me guste o no, es así: a la hora de encontrar pareja, mientras más seguro te tengan, peor. Por eso los “CANALLAS”, al menos durante unos años, triunfan.
Así que, parece que si se quiere tener a alguien comiendo en la mano, es mejor mostrar un cierto desdén (o bastante) para que más nos desee. Yo, que soy bastante torpe en estos terrenos, hace un tiempo pedí consejo a una amiga para conquistar a una persona que me fascinaba y ella, rápidamente, me dijo: “Dale caña”. ¿Qué pasó? Que como no era algo en lo que yo creyera, ni sepa hacer, terminé metiendo la pata y dándole una imagen que no solo no correspondía con la realidad sino que, poco a poco, me metió en un corsé que, a día de hoy, aún me aprieta.
Porque para todo hay que valer y lo de ser “chuleta” no es nada sencillo. Eso, por ejemplo, las chicas lo saben hacer muy bien y son capaces de negarse a tener una cita contigo aunque estén deseando o hasta renunciar a sus sentimientos si ven “peligros” en la relación que sea. Son pruebas que te ponen para llegar hasta su corazón pero que no garantizan nada porque, en el fondo, los “malotes” les seguirán seduciendo.
Sea como sea, lo cierto es que no puedes ir contra ti mismo y yo, en lo que pueda evitarlo, no voy a hacerlo más. Por eso si pierdo a quien no le agraden mis detalles o si no saben valorar mi honestidad… si alguien se queda indiferente ante eso… es que no era él. Al final lograr algo a base de engaños, a largo plazo, no trae nada bueno. NUNCA.

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