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Adiós al romanticismo

Gran parte de todas las frustraciones que en la actualidad nos genera la cuestión sentimental vienen del amor romántico, de ese romanticismo que impuso la idea de que uno puede conocer a alguien y, desde el minuto uno, haber encontrado en esa persona la persona a la que entregar su corazón incondicionalmente y para siempre. Quedan, en este sentido, historias como los clásicos “Romeo y Julieta” o revisiones muy libres como las de “Cleopatra y Marco Antonio”, amantes cuya relación era bastante distinta (mucho más carnal y con más intereses de por medio) a lo que más tarde se vendió.

Luego, para rematar la faena, vino Disney y el “príncipe azul” y ya terminamos de cagarla porque, desde entonces, pocas son, sobre todo las chicas, que no han soñado alguna vez con alguien que venga a “salvarles” de quedarse solteras (estado que, por parte, por ejemplo, de las coplas, se ha asociado con frecuencia a fracaso vital). Y ya, por si no hubiera bastante, viene la religión y nos cuenta que, una vez que estableces un compromiso, ahí no hay manera de echarse atrás…

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En fin, que la pelotita está bastante liada y nos lo han puesto bastante complicado para ser felices, partiendo todo de la necesidad de hacer un trabajo mental duro de desintoxicación de todas esas ideas tan contaminantes y tóxicas. Así que, lo primero de todo sería entender que SOLO se está bien y que, cuando tu vida es plena, NO NECESITAS A NADIE. A partir de ahí ya podemos construir lo que sea pero ésa, no lo olvidéis, debe ser la base.

No nos tienen que rescatar de nada, no somos menos afortunados sin alguien al lado (es más, fijaros cuánta gente hay con pareja y desgraciada), no hay que vivir con la idea de novio/a como único objetivo… NO, NO, NO. El amor romántico es una trampa en la que es casi imposible no caer. De hecho tengo amigos/as que, aunque este mensaje parezcan tenerlo claro, en el fondo siguen esperando que se produzca ese “milagro” de encontrar a esa media naranja con la que envejecer y hacer el camino juntos.

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Pararos a pensarlo con calma porque esa forma de pensar, hoy día, no tiene sentido. Es incompatible con la realidad que nos rodea, con el ritmo vertiginoso en el que vivimos. Decid adiós al romanticismo y dar la bienvenida a otra cosa, que no sé lo que es, pero que desde luego no es eso.

La importancia del “ahora” en el amor

No importa el tiempo que dure una experiencia. Lo que importa es la experiencia en sí. Eso es lo que ayer pensaba después de ir al cine con mi amiga Inma a ver “Llámame por tu nombre”, una interesante película de sentimientos de la que se pueden sacar algunas conclusiones aunque, sobre todo, ésa con la que parto en mi post de hoy.

Muchos viven obsesionados con encontrar al hombre o la mujer “de su vida” y, en ese complicadísimo objetivo, pierden en el camino la oportunidad de disfrutar de sensaciones maravillosas que, si supiéramos valorarlas en su justa medida, nos harían sentir realmente dichosos. Por eso me da tanta rabia cuando en muchos programas de televisión, al hablar de una relación sentimental que se acaba, dicen aquello tan estúpido de “no le ha ido bien en el amor”. ¿Por qué? ¿Por qué eso se ha roto? ¿Y qué pasa con todo lo que hemos disfrutado? ¿Qué sucede con la valoración de haber experimentado, aunque sea fugazmente, lo que es la difícil conexión emocional con alguien?

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En el fondo somos unos desagradecidos. Porque la vida nos da regalos que no sabemos apreciar. Porque tenemos la oportunidad de gozar instantes, cuerpo, sonrisas, olores, tactos únicos que desperdiciamos en aras de esa inexplicable ambición del ser humano de siempre querer más. Y más. Y más. Y más. Por eso nos va como nos va.

“Llámame por tu nombre” es la historia de dos personas que no tienen nada que ver. Ni en edad. Ni en carácter. Ni en circunstancias vitales. Ni en nada de nada. O sí. Tienen un vínculo que las une y que les hace tener la GRAN SUERTE de poder echar en su mochila la inconmensurable experiencia del AMOR, así con mayúsculas. Luego ya el destino hablará. Y será lo que tenga que ser. Pero proyectar un futuro perdiendo de vista el presente, el “ahora” que nos ocupa, es tan absurdo como condicionar nuestra existencia a que, tal vez, algún día nos toque el “Gordo” de Navidad.

Yo he tenido la inmensa dicha de haber querido y haberme sentido querido. He sido de esos a los que les ha tocado la lotería sin esperarlo. Sin importar que luego todo haya acabado. Pero lo tuve en mis manos. He sabido lo que es ser FELIZ. Reír, bailar, llenar mi pecho de cosas tan hermosas como ser llamado por el nombre del de enfrente. Y con eso me sobra y me basta porque, pase lo que pase, nadie podrá arrebatarme haber sido tan afortunado. Valóralo tú. Lo mismo te sorprendes de lo afortunado que también puedes ser (o has sido).

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¿Podemos no equivocarnos en el amor?

¡Menuda cuestión!, ¿eh? Yo no me atrevería a decir que es imposible no equivocarse pero sí puedo deciros que es evitable equivocarse muchas veces. Al menos, con la misma cuestión. Ya dependerá de nuestra capacidad de aprendizaje y de las ganas de crecer y de evolucionar que tengamos. Lo que pasa es que, mientras en terrenos profesionales solemos aprender rápido, modificando nuestro comportamiento cuando se hace necesario, en lo emocional nos cuesta más, tropezando una vez tras otra porque, en el fondo, en lo que depende del corazón siempre tenemos la esperanza de que las cosas pueden ser distintas.

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Os pongo un ejemplo. Las drogas somos conscientes de que no son buenas, ¿verdad? ¿Hay que tomarlas para descubrir eso? No. Miramos a los que pasan por ese infierno y sabemos que NO debemos entrar en ellas. Ahora bien, si alguien nos dice algo respecto a una persona que esté en nuestra vida, y que no nos conviene, o nosotros mismos advertimos alguna situación que puede resultarnos perjudicial para nuestro corazón… ¿Intentamos evitar nuestro error o más bien hacemos oídos sordos y nos tiramos al precipicio a cualquier coste?

Como lo mismo es un post un poco obtuso, o no me explico todo lo bien que quisiera, volvamos al punto de partida… Tengo una amiga que, cada vez que se echa un novio nuevo (y suelen ser muchas, porque le duran poco), repite de nuevo el mismo patrón de chico (gente que no le beneficia). ¿Podría evitarlo? Claro. Experiencia, le sobra. ¿Quiere hacerlo? Posiblemente, no. Encima, poco hace el que un amigo, como soy yo, le avise de según qué cosas. En el fondo prefiere otro error al cambio de actitud, con la “crisis” que eso puede suponer el replanteamiento de su “modus operandi” (abandonar una costumbre en cualquier comportamiento, sea la que sea, cuesta).

Como conclusión, me parece que la terquedad no lleva a ningún lado y que, mejor que ir como burros con orejeras, convendría más estar atentos a lo que pasa alrededor. Lo mismo evitaríamos más de cuatro hostias si retirásemos a tiempo la cara.

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Los tiempos en una relación

Yo no sé cuáles son los tiempos en una relación. Supongo que estará estudiado, porque todo se estudia, pero desconozco si a los tres días tienen que pasar no sé qué cosas, o los tres años otras no sé qué. Ojalá existiera una guía para indicarnos si vamos bien o vamos mal en cada momento pero, como no es así, voy a daros mi experiencia porque veo que hay mucha gente que corre mucho y, al final, prisas traen prisas. Eso sí que es seguro.

Os voy a poner un ejemplo. Tengo una amiga que ha conocido a un chico por una aplicación de contactos y, al segundo día, él le estaba diciendo que la amaba. A las dos semanas parecían una pareja que llevaba años y casi a los dos meses, él la ha dejado. Demasiado correr.

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No podemos meter a nadie en nuestra vida en un abrir y cerrar de ojos porque eso, más temprano que tarde, provoca una saturación. Ni hablar por whatsapp sin parar hasta saberlo todo desde el minuto uno. Es como un cólico por atiborramiento, tras el que hay que limpiarse para, al día siguiente, encontrarse mejor. Así que, o nos tomamos las cosas con calma, o estropearemos lo que, con más paciencia, podría haberse convertido en algo bonito.

En este sentido me encanta recordar lo que en “El Principito” hablan el zorro y el propio príncipe, al que el primero insiste en lo importante que es crear una cierta costumbre a la hora del nacimiento de un vínculo emocional. Un día estás. Otro día estás un poco más cerca. Otro un poco más aún. Hasta que te has acostumbrado a que esa persona merodee alrededor tuya y desees que se instale definitivamente como parte de tu entorno cotidiano.

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Esto sería lo ideal. Con naturalidad. Sin impaciencia. Claro que el entorno no propicia eso. Lo queremos todo rápido y ya y, si no conseguimos nuestras metas en un santiamén, forzamos toda la maquinaria para que así sea.

Por eso os propongo que nuestra vida esté llena y plena ya de por sí para que, cuando llegue una nueva persona, vaya haciéndose un hueco de manera progresiva en ella pero sin que eso pase por rellenar un vacío insalvable para ser felices. Y a partir de ahí, paciencia. Ir descubriendo a una persona es apasionante. No te pierdas la oportunidad de hacerlo por querer que todo suceda en un chasquido. Lo que rápido viene, rápido se va.

El amor no se busca. Te encuentra

Tengo muchas amigas y amigos deseando tener pareja. Salen los fines de semana desesperados con la idea de conocer a alguien y “cazar” un novio (o una novia), buscan por redes sociales y aplicaciones, planean su agenda en función de donde piensen que hay posibilidades de futuribles amores… En fin, que, aunque luego lo nieguen -que a veces lo hacen-, en el fondo ése es su primer y más importante objetivo en la vida.

Lo que posiblemente desconozca la mayoría es que el amor NO SE BUSCA. Y cuando digo que NO, ES QUE NO. Y no por capricho mío sino porque la cuestión emocional no depende de que nosotros queramos sino porque en ella se tienen que dar una serie de circunstancias que no se pueden provocar. Otra cosa es que uno esté receptivo/a a entablar contactos con personas y que, entre alguna de ellas, pueda estar ése/a que nos llene para dar un paso más allá pero por mucho empeño que tengamos, el amor no aparece cuando nosotros queremos sino cuando él lo desea.

En internet, por ejemplo, el sexo suele ser más el objetivo de quienes usan este vehículo para acercarse a otras personas (aunque en sus perfiles pongan otra cosa, lo sexual prima en la mayoría de las citas). Aparte, la artificialidad del medio no ayuda nada, siendo escenario continuo de chascos entre lo que pensábamos (o deseábamos) y la realidad que hayamos.

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Por otro lado, salir con la única intención de enamorarte es lo mismo que comprar un billete con la intención de que te toque el gordo cada vez que intentas lo de la lotería. Con el añadido de que aquí no solo cabe la posibilidad de frustrarte tú sino de que los de tu entorno también sufran lo que, al final, se termina convirtiendo en una ansiedad más. Ayer, por comentaros una situación concreta, la amiga de una amiga apareció por donde estábamos como una posesa deseando solo de tomar copas y, lo fundamental para ella, acercarse al primero que se ponga a tiro para lograr el propósito que nos ocupa. Solo y exclusivamente eso. Quienes estuvieran a su lado, el sitio, la bebida en sí… TODO estaba en un segundo plano y al servicio de su estrategia que, como suele pasarle, acabó en fracaso. Además, a medida que la desesperanza aumenta, el nivel de exigencia, disminuye, terminándonos conformando con quien menos nos hubiéramos imaginado con tal de llegar a nuestra cada vez más inalcanzable meta (ni os imagináis los pintas con los que acaba enganchándose la amiga de mi amiga).

Esto, para ir terminando, deberíamos verlo como cuando hemos perdido algo en casa y, mientras más vamos detrás de ello, menos aparece. Hasta que llega un día en el que, sin saber por qué ni cómo, abrimos un cajón para coger lo que sea y, de pronto, ¡sorpresa! ¡Eso que en su momento no había manera de dar con ello, ahí está, como un regalo del destino, aguardando a ser descubierto! Si el amor lo entendiéramos bajo los mismos parámetros, todo sería mucho más sencillo y más apaciguador para nuestro espíritu. Os lo digo yo.

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Es pasión, no amor

Uno de los grandes problemas que tenemos a la hora de afrontar las relaciones es confundir “pasión” con “amor”. A mí, que me ha costado diferenciar ambos conceptos, me parece que puede seros útil mi visión al respecto porque la verdad que, una vez que tienes en la cabeza las dos cosas diferenciadas, es mucho más fácil y, sobre todo, mucho menos traumático.

SOMOS ANIMALES. Por favor, metéroslo en el coco de una vez por todas. Y no sentiros avergonzados por ello porque, como tales, tenemos necesidades básicas como el sexo. Porque el sexo NO es un vicio, NO es algo malo, NO es un pecado. Es una NECESIDAD de nuestro organismo. Para garantizar la supervivencia de la raza, por un lado, y, más allá, simplemente para dar placer y gusto, por otro. Y el placer NO es malo. NO, NO y NO. Y aunque la religión, la política o la cultura que sea se empeñen en castrarnos, en cuanto podáis trabajad este punto porque es importante para ser mucho más felices.

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Así que, cuando alguien os guste, si surge tener un encuentro sexual con él/ella, no perdáis la oportunidad. Hacedlo. Sin remordimientos. Y, aquí viene la lección del “post”, sin confundir eso con otros sentimientos. Aunque te guste su piel, su olor, aunque haya “feeling” en el momento (¿por qué no iba a haberlo?), aunque su discurso –si lo ha habido-nos seduzca, aunque sea el prototipo físico que nos ponga, cuidado: es atracción. Pura y dura. O, lo que es lo mismo, pasión. Por eso no pienses que por uno, dos o diez polvetes tienes un novio/a. GUSTAR NO ES AMAR.

 

Porque el amor es otra cosa. El amor viene con el roce, con el conocimiento, con el compartir experiencias que hacen que, poco a poco, esa persona se convierta en parte de nuestro día a día. Como decía Benito Pérez Galdós, “El verdadero amor, el sólido y durable, nace del trato. Lo demás es invención de los poetas, de los músicos y demás gente holgazana”. El amor es empatía, generosidad, respeto.

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¿Que si puede de una pasión nacer un amor? Claro que sí. Difícil, porque el amor en sí es difícil, pero posible. Lo que no me parece correcto es que busquemos amor desde el sexo porque eso nos hace entrar en un círculo vicioso de insatisfacciones que no tiene final. No follando más compras más papeletas para la lotería del amor. Son juegos distintos. Como una Bonoloto y el Gordo de la Lotería.

Primero ámate tú. Después conoce gente y luego, tal vez, podrás amar a alguien. Y mientras disfruta del camino. De cada beso apasionado, de cada cuerpo, de cada orgasmo que te llevas por delante. Que estamos vivos, ¡coño! ¡Aprovecha! ¡Que esto son dos ratos y medio!

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Los amigos, el mayor tesoro de la vida

Creo que no somos conscientes de verdad del gran tesoro que son los amigos porque, como los tenemos ahí, no sabemos valorarlos de veras. A la familia tenemos que quererla (o no), porque es la que nos toca (hasta los hijos, que todo el mundo coincide en que es como lo máximo a la hora de hablar de amor), pero a los amigos, que son personas que encontramos en el camino -y con los que no hay, en principio, vínculo alguno (al menos, no de sangre)-, los elegimos nosotros. Sin intereses, sin presiones, sin obligaciones, sin ataduras.

No hace falta llamar todos los días a un amigo. Ni contarle todo. El amigo está ahí. Para cuando uno lo necesite y sin pedir nada a cambio. Sabiendo entender una ausencia. Y perdonando sin rencor. Y entregando sus minutos y horas incondicionalmente. Y prestando su hombro para consolarte porque le apetece y quiere y así lo desea. Un amigo entiende sin hablar y calla cuando así es preciso.

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Conforme pasa la vida soy más consciente de que no hay manifestación de amor más sincera y auténtica que la de la amistad. Por eso, aunque aparezca una pareja, aunque tengamos otras obligaciones que nos resten minutos de nuestro día a día, siempre hay que dejar una pequeña parcela para dedicársela a ellos ya que, cuidando a los amigos, cuidas también de ti mismo. Es imposible que uno se sienta solo, IMPOSIBLE, cuando tu entorno es rico en gente buena y, mientras más generoso seas en este sentido, más te devolverá el destino.

Fijaros que ayer estuve con compañeros de colegio de hace 25 años. A la mayoría no los veía desde entonces y, cuando volví a encontrarme con ellos, parecía que acabáramos de separarnos. Los vínculos emocionales eran tan fuertes y tan profundos que solo hizo falta sacudirles un poco el polvo para que volvieran a relucir, tan bellos y auténticos como cuando éramos niños.

Y así es en general cuando una amistad es verdadera aunque, como suele pasar, descuidamos y quitamos valor a lo que tenemos a la mano. Es el sino del ser humano: no valorar lo auténticamente importante y bueno. ¿Quién sabe? Lo mismo alguna vez aprendemos la lección y logramos un mundo de veras mejor. Lleno de abrazos de cariño. Y de ojos en los que es fácil mirarse. Y de armonía sin malos rollos.

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Una pareja no es la solución

Hay quien vive muy obsesionado por tener una pareja porque desde pequeños nos han metido en la cabeza que para ser feliz es imprescindible estar con alguien. Hablan de las bodas como “el día más feliz de la vida”, se desprecia a las personas solteras diciéndoles eso de “solteronas” o “te vas a quedar para vestir santos”… Nos conducen a creer que el estar solos lo identifiquemos como un fracaso, que identifiquemos no tener novio o novia con que nadie nos quiere aunque yo, ante todo eso, me pregunto: ¿Cuántas personas conoces que, aun estando juntas, no se aguantan? ¿Cuántos matrimonios intentan salvar la ausencia de amor teniendo hijos? ¿Cuánto tiempo perdemos probando con personas que no nos aportan nada mientras descuidamos a otras, familiares y amigos, que están ahí, esperando a recibir y dar cariño? Y, lo más importante, ¿Cuántos casos hay que, en el fondo, buscan una compañía emocional porque no se quieren o no saben estar solos?

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La soledad elegida es maravillosa pero eso pasa por estar a gusto con uno mismo y por asumir de veras que solo merece la pena iniciar un camino conjunto con alguien cuando estás seguro de que la aventura compensa. Y os cuento mi caso. Me encanta como sabéis hacer deporte, leer, la música, viajar, cocinar… Tengo muchísimas aficiones y mucha gente en mi entorno (con diferentes grados de amistad) que no dejan de proponerme planes (o a los que les propongo yo planes) que me impiden aburrirme. Amo la vida y he llegado a un punto importante también de amor a mí mismo.

No llega una noche, que es cuando más se nota la soledad, en la que no tenga un plan que me apetezca, aunque sea solo ver la “tele” un rato tranquilo (que, con el whatsapp, es complicado). Pienso que nacemos y morimos solos y que, por tanto, es nuestro estado natural. Lo otro, que está muy bien, es una suerte pero no la mayor de las suertes. Porque para construir un edificio lo primero es tener los cimientos muy bien asentados.

Así que sé dichoso antes de nada y luego ya veremos. Déjate llevar y disfruta. No necesites que nadie te complete porque ya lo estás. Y no temas a que las relaciones empiecen y terminen o a que lo mismo no lleguen. La definitiva, la que siempre será una eterna garantía es la que tengas contigo. Cuídala y… ¡gózala a tope!

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No somos (ni debemos ser) perfectos

Que estamos en una sociedad donde, los niveles de perfección que se nos piden, son apabullantes. En todos los sentidos. Ya sea en modos de vida como en formas de ser como, por supuesto, físicamente. Por un lado, al mercado le interesa que pensemos así porque de esta forma nos estarán vendiendo de continuo artículos a través de los que lograr esa perfección (que, en función de ese mensaje, al ser lo más de lo más nos llevaría a la felicidad más absoluta): muebles, coches, pisos, productos de belleza, libros de autoayuda… Por otra parte, mientras nos concentremos en eso de ser perfectitos no pensaremos en cuestiones de veras importantes como los desastres políticos que, en otros momentos históricos, ya habrían producido más de una y más de dos revoluciones.

Así que, para empezar, deberíamos trabajar el no entrar en ese juego (o hacerlo lo menos posible) puesto que las consecuencias son para perder la cabeza, enredados en una espiral que no tiene fin. NO SOMOS PERFECTOS, NO HACE FALTA SER PERFECTOS Y, ¡ATENCIÓN!, LO MEJOR ES SER IMPERFECTOS PERO ACEPTAR NUESTRAS IMPERFECCIONES. Eso es lo que nos puede hacer grandes auténticamente. Todos nos equivocamos, y no pasa nada. Y todos nos enfadamos, y no pasa nada. Y todos tenemos días bajos, y nos vemos feos, y queremos quitarnos o ponernos algo que nos agrada menos de nuestro cuerpo o cara… Todos tenemos dudas, y a todos nos salen espinillas, y se nos cae el pelo (o queremos más o más fuerte o más lo que sea). Somos ángeles y demonios a la vez. Y guapos y feos. Y listos y tontos.

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Lo único que nos queda es solucionar lo que esté en nuestra mano (con la alimentación o entrenando, si, por ejemplo, hablamos de la parte corporal) y, más que nada, aceptar con cariño lo que hay. Trabajar los malos sentimientos para huir de ellos. Acercarnos más al lado de la generosidad y el buen rollismo. Sin exigirnos, sin juzgarnos con dureza.

Una vez le escuché a Nati Mistral una frase definitiva que resume todo esto de lo que hoy quería reflexionar: “Ambiciónalo todo pero confórmate con muy poco”. Por eso, si tu coche, tu casa, tus muebles no son los mejores o lo más nuevos, tranquilo. Ámalos como tuyos que son. Igual que un padre que mira a sus hijos con adoración sean como sean. Y si tu físico no es el más óptimo, no te obsesiones. Cuídate y quien te tenga que querer lo hará por cómo eres por dentro pues, si te juzgan solo por lo de fuera, te aseguro que no te interesa (sé práctico y no supliques cariño).

Marilyn, para terminar, lo tenía muy claro. Ella decía que era una mujer egoísta e impaciente e insegura. Que cometía errores y que era difícil pero que quien no lidiara con ella en lo peor, no merecía lo mejor. Y pensando así aún sigue haciendo perder la cabeza a los hombres de hoy día. A tener en cuenta.

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Los peligros de las relaciones tóxicas

Todos los días conozco a alguien que ha pasado por una relación tóxica que le ha hecho conocer la cara con menos luces de la vida. Gente que entrega su corazón a alguien a quien ha profesado una auténtica veneración pero que no solo no ha sabido corresponder a dicho sentimiento sino que, al contrario, se ha portado tan mal con esa persona en cuestión que le entregaba su corazón que, con sus reacciones, le ha marcado para siempre. Estas heridas, y lo sé por experiencia, son difíciles de borrar y cuesta mucho, mucho tiempo pero, si se tiene paciencia, logras cerrarlas. Claro que lo ideal sería si no se produjeran aunque para eso habría que reconocer a este tipo de individuos/as lo antes posible y ponerse manos a la obra para huir de ellos como gatos del agua. Sus reacciones son muy similares con lo que atención si las detectáis porque entonces habría que encender la señal de alerta:

  • Si os intentan separar del resto de vuestro entorno (amigos y familia) convenciéndoos de que todos son malos menos quien os hablar de ellos.
  • Si os hacen reflexiones sobre vosotros que suponen un “machaque” sobre vuestra forma de ser, atacándola de continuo y minusvalorándola o si, más grave aún, os insultan.
  • Si sentís que esa persona os raciona el cariño y que no os da lo que creéis merecéis.
  • Si su discurso son continuas críticas y quejas.
  • Si os hacen pensar que todo lo que hacéis lo hacéis mal (o muchas cosas).
  • Si os nacen en vosotros complejos que antes no existían y dudas que antes no teníais.
  • Si os veis aceptando situaciones que no aceptaríais, en conflicto con lo que realmente desearíais y no tenéis, transigiendo con cosas que no os ponen contra vosotros mismos y vuestra forma de pensar.
  • Si os restan más que os suman…

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¡ESAS PERSONAS NO OS CONVIENEN! ¡NO INTERESAN! ¡HAY QUE TACHARLOS DE LA LISTA!

Dice una canción de “la” Pantoja en el disco de Juan Gabriel que ha sacado hace poco… “fui muy feliz aunque con muy poco amor”… ¡NO! Pensemos mejor como Frida (Kahlo) cuando decía… “Yo le duro lo que usted me cuide, yo le hablo como usted me trate y le creo lo que usted me demuestre”. Y cuando no lo veáis claro, cuando algo os empiece a rozar, cortad sin miedo. El problema de la toxicidad es que nos va comiendo terreno cada día y puede que una mañana sea demasiado tarde y el daño, casi irreparable…

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