Malentendidos=Enemigos de las relaciones

Ya lo dice esa reflexión tan interesante de que “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que entiendes… existen nueve posibilidades de no entenderse”. Y yo, que lo he vivido –y lo vivo-, en muchas ocasiones, no solo lo refrendo sino que, sobre todo, invito a que probéis con el sano ejercicio de la empatía y la asertividad.
La empatía es ponerse en el lugar del otro y entender sus circunstancias y saber que el otro podrías ser tú y que, lo que a ti te gustaría encontrar en los demás, es lo que debes ofrecer (con independencia de que luego lo encuentres o no). La asertividad es plantear lo que tú piensas, conocer tus derechos y defenderlos pero respetando al resto (está en la mitad de la agresividad, que se presenta cuando no somos capaces de ser objetivos, y la pasividad, que es permitir que terceros decidan por nosotros). Un instrumento muy útil, ser asertivo, porque actuarás desde la autoconfianza en lugar de situarnos en la emocionalidad típica de ansiedad, culpa o rabia.

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A partir de ahí, hay que tener en cuenta que NUNCA estamos en la cabeza de una persona y que, por tanto, algo que hayamos escuchado y que nos haya chocado, mejor aclararlo lo antes posible para evitar que la “bola” vaya creciendo y se convierta en algo imparable. A veces uno puede estar haciendo algo, o con la mente en otro lado, o agobiado por problemas, y responder algo que no debía pero también puede pasar que hayamos interpretado lo que no existía. Por eso, lo mejor es charlar, conversar porque, seguramente, descubriremos que las cosas suelen ser distintas a como las vemos (ya sabéis, aquello de las apariencias).
Además, si no nos ponemos manos a la obra, los malentendidos pueden cargarse relaciones y, poco a poco, minar un cariño que termina acabando en rencor y mal rollo si no se ha sabido gestionar. Por eso os animo, ahora que acaba de comenzar el año, a no disgustaros antes de tiempo y a no dejar que la imaginación vuele porque, la imaginación, es muy poderosa. Mejor pregunta y, después, con tranquilidad y reflexión, saca conclusiones.

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Derribando muros sin miedos ni orgullo

Soy consciente de que llevo varios “posts” sin hablar de entrenamiento deportivo pero es que la Navidad me sensibiliza tanto que he optado por compartir con vosotros mis reflexiones acerca de sentimientos que, en estas fechas, parece que afloran más. Yo, que siempre he tenido muchos miedos (heredados la mayoría de ellos), sé no solo reconocerlos de inmediato sino, además, que no conducen nada más que al posterior arrepentimiento con el típico… “¿Por qué no lo haría?”.
Por eso hay que “derribar muros” y atreverse a pasar al otro lado porque, os lo aseguro por experiencia propia, ahí encontraremos mucho de lo que deseamos, a veces, incluso sin saberlo. Claro que para emprender estas aventuras lo primero es desprendernos de ese orgullo que solo sirve para perder oportunidades y, sobre todo, para hacernos daño. ¡Cuánta gente deja de hablar con un amigo o una madre o un hermano esperando a que sea él el que dé el primer paso! ¡Cuántas relaciones no se rompen (o ni siquiera empiezan) por no ser capaces de aceptar un error (propio o ajeno)! ¡Cuántas veces nos quedamos sin algo por habernos negado a ello y ser incapaces de dar un paso atrás! Podéis o no tener en cuenta mis palabras pero os aseguro que ninguna lucha interior es recomendable y que es mejor perder el orgullo por alguien que amamos que perder a alguien que amamos por orgullo.

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En cuanto al miedo, eso merece un párrafo aparte puesto que es el gran inhibidor de sueños. Sin miedo a viajar, sin miedo a cambiar de trabajo, a los prejuicios, a la opinión de los demás, a reinventarse cada día, la vida sería mucho más sencilla. Porque lo más que puede pasar es que nos equivoquemos pero… ¿qué más da? Siempre que no hagamos daño a nadie y actuemos con honestidad y cariño… ¿qué importa fallar? Será cuestión de aprender y no volverlo a repetir, ¿no?
Y eso incluye, cómo no, el miedo al amor que, en ciertas ocasiones, puede transformarse en pánico cuando quien tienes enfrente te gusta tanto, tanto que no eres capaz de gestionar esos temores. A mí me ha pasado. Me han dado miedo… y he dado miedo. Y para estos casos existe una solución perfecta que se llama… “borrachera”. Por eso, cuando no os atreváis a romper la pared con alguien (como en la canción de Bambino), tomaros una noche dos o tres o cuatro botellas de vino y dejaros llevar. Con ese muro roto, todo cambiará (a mejor). La privación de libertad, nunca es agradable y, ahora que comienza un año nuevo, podría ser un ejercicio mental muy recomendable.

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Cambios para empezar 2016

Esta mañana hacía mi último entrenamiento de 2015 con Álvaro, mi “personal training”. Unos encuentros que aprovecho para ejercitar los músculos y también la mente (la cual, en el fondo, funciona como un músculo pues, mientras más y mejor la entrenes, más y mejor rendimiento tiene). El caso que hablábamos de lo inteligente que es estar dispuestos a cambiar y a evolucionar de continuo a pesar de que sea una actitud para la que la mayoría no esté preparada. Y es que el ser humano es cómodo por naturaleza y prefiere dejarse llevar por la pereza que afrontar la gran revolución que supone modificar formas de pensar y comportamiento. Pero bueno, eso de instalarse en la negación -que parece más propio de adolescentes (aunque los haya sin límite de edad)-, cada vez va menos conmigo, con lo que, en los primeros puestos de mi lista de propósitos para 2016, está el dejarme fluir, dejarme llevar hacia donde más me interese y me quieran, sin un prejuicio preestablecido.
Eso supone que, a la vez, me alejaré de quienes no me aporten nada (y más todavía, de los que me resten), de esos/as que me intentan hacer sentir mal y me menosprecian con su actitud, de quienes son poco generosos, que han maltratado mi corazón de forma injusta, de aquellos que están enfadados con ellos mismos y pagan conmigo sus frustraciones, que mienten y se mienten a ellos mismos continuamente, de los que no tienen en su vida sitio para mí… ¡”Vade retro” a todos ellos! Y, al mismo tiempo, ¡bienvenidos a los que me cuiden, me mimen, me valoren y me hagan grande con su actitud y su cariño!
Dejo atrás la incoherencia entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía y busco el camino de la sabiduría uniendo estas tres patas sobre las que se asienta la personalidad del ser humano y digo adiós a los que me quieran seguir atando a etapas pasadas que no me gustan, a los que no perdonan, a los resentidos, a los que me encadenaron a no sé qué lugar por tener la edad que tengo… Estaré lejos de todo eso y también de los temores que, estúpidamente, nos impiden decirle a alguien que quieres que lo quieres y lo importante que es para ti, de los niños que juegan a adultos pero que hacen daño con sus rabietas infantiles… Quiero personas hechas y derechas, que miren de frente, que acepten con humildad sus errores y los de los demás, que no me prejuzguen por nada y, sobre todo y por encima de todo, que bajos, altos, gordos, delgados, jóvenes o mayores, tengan un corazón que de verdad no le quepa en el pecho.
Es posible que haya quien se quede en el camino pero lo que es seguro es que quien permanezca, y quien llegue a este cálido microuniverso, formará parte de mi verdad y de mi paz. Más no puedo dar aunque, eso sí, para esta ocasión no me conformaré con cualquiera. El que aspira a algo bueno, debe ser merecedor de ello.

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“Me importa un bledo”

Hay una gran frase que ha quedado para la historia de la literatura y el cine y que, aunque aquí en España se tradujo por “Francamente, querida, eso no me importa”, en el escrito original, de Margaret Mitchell fue “Francamente, querida, me importa un bledo”. Claro que me refiero a la despedida que en “Lo que el viento se llevó” hace Rhett Buttler a Escarlata O´Hara cuando, cansado de sus caprichos, inseguridades e idioteces decide dejarla.

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Rhett, como señor maduro que es, sabe mucho más del amor que Escarlata. De hecho, él es el que sabe realmente de amor puesto que ella es una mujer caprichosa e inmadura que pasa toda su vida con una serie de ideas equivocadas en la cabeza que, de forma lógica, terminan volviéndose contra ella. Buttler, en cambio, está dispuesto a perdonarle todo eso con la esperanza de que, tarde o temprano, ella se dará cuenta de su error. Y sí, lo hace. Pero demasiado tarde y con consecuencias irremediables.
Yo pienso que, si Escarlata viviera hoy día, sería una de estas personas que, enganchadas a Facebook, buscan al “hombre de su vida” fantaseando con todos esos que se mueven en las redes sociales y que, la mayoría de las veces, lo único que hacen es, como niños que son, jugar. En eso, mi amigo Paco lo tiene cada vez más claro y, aunque conoce a gente a través de su perfil, sabe no solo lo difícil que es dar con alguien que merezca la pena sino, sobre todo, que lo suyo no es ni perder el tiempo, ni perder ni una noche de sueño con alguien que, en el fondo, no sabe ni lo que quiere.
Si en lugar de pasar tantas horas pendientes de internet las invirtiéramos más en conocernos a nosotros mismos y en conocer a los seres humanos reales que nos rodean posiblemente evitaríamos tantos desengaños (y tantos engaños) como hay por ahí. Yo, como ha hecho Paco en su vida, me subo al carro del “Me importa un bledo”. Prefiero ser un Rhett Buttler con los pies en la tierra que una de esas Escarlatas que, más allá de su belleza y juventud, aportan tan poco. En una relación son dos los que se tienen que implicar para que salga adelante y, si no es así, mejor poner distancia.

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Voy a quererme más…

Estamos invadidos de mensajes y de libros de autoayuda que nos incitan a querernos a nosotros mismos y, a pesar de todo, seguimos sin hacerlo. Claro que, con una cultura que, en gran medida, nos incita a pensar que la gloria se obtiene a base de autoflagelación, es lógico que nos cueste pensar que somos más que eso y que, sobre todo, nos merecemos más que eso.

Hay quien confunde quererse a sí mismo con la soberbia de creerse más que el resto, perdiendo el contacto con la realidad y yendo a terrenos de los que solo se regresa (y no todo el mundo) a base de palos. Así que, cambiando conceptos, quererse significa, para empezar, aceptarse. Con nuestras luces pero también con las sombras que TODOS, sin excepción, tenemos. Sin embargo, si uno consigue comprender que, con voluntad, de la oscuridad puede escaparse y ser mejor, si uno tiene espíritu de superación y aprendizaje y crecimiento, si hace de la autocrítica una aliada, el inicio del camino está hecho.
Siempre los habrá más guapos, más jóvenes, más inteligentes, más ricos, más estilosos… Siempre habrá quien sea más que nosotros en muchos terrenos pero, por encima de eso, no debemos sentirnos inferiores y sí orgullosos de lo poco o mucho bueno que la Naturaleza nos haya regalado.

Aparte, quererse más también conlleva un entorno en armonía pues, si aceptas que lo que te rodea te perjudique, no esté a tu altura, te haga sufrir, te haga sentir mal, poco es el cariño que te demuestras. Si algún amigo no os trata bien (y eso, evidentemente, se sabe aunque se pase por alto), si tenéis una pareja que no os dé lo que necesitáis, si no os quieren (o no saben hacerlo, que parece lo mismo pero no es igual) y os mantenéis ahí por lo que sea, si ante estas situaciones (o similares) no reaccionáis y cortáis de raíz, también os estáis haciendo daño.

Por eso os propongo varios ejercicios para estar cada vez más cerca en la autoaceptación:

-Miraros al espejo y repetiros que os gustáis. Hacedlo con benevolencia y resaltando todo lo bueno (que seguro que es mucho) que tenéis.
-Pensad vuestras virtudes y potenciadlas sin caer en esa trampa de que, a quien es peor en la vida, le va mejor.
-Quitadle terreno a los sentimientos negativos: ira, rencor, envidia, celos…
-Alejaros de las personas que, aunque parezca que no, no os merecen. Ya las pondrá el destino en su sitio.
-Dad las gracias por lo mucho bueno que tenéis.
Poco a poco, sin perder el tiempo, cada día hay que ganarle el terreno al “lado oscuro” para ser de esos eres que, en cualquier lado, sin necesidad de hablar, brillan con luz propia. Es un largo camino pero os aseguro que merece la pena.
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Cambia el “no” por un “¿por qué no?”

La negación es esa trampa mental por la que le decimos que “no” a la mayoría de las cosas que, consciente o inconscientemente, nos apetecen. Consecuencia de una educación en la que, desde pequeños, nos enseñan a, por ejemplo, no coger comida en casa de nadie (a pesar de que estemos deseando hacerlo), o de inmaduras actitudes a través de las que pretendemos oponernos a un ofrecimiento para demostrar una supuesta determinación, o de esas enseñanzas religiosas que prohíben prácticamente todo lo que se asocie a algo placentero, lo cierto es que nos pasamos la vida negándonos la oportunidad de ser felices.

A mí me ha pasado muchas, muchas veces y, por suerte, en la mayoría de ellas he podido rectificar. Así, la actividad deportiva, a la que dedico parte de mi tiempo –y que, en cierta forma, se ha convertido en una tabla de salvación en esta etapa vital mía-, intentó mi padre, desde pequeño, que formara parte de mi vida. ¿Qué sucedió? Que por oponerme a él, por no hacer lo que él quería que hiciera, por quedar por encima suya, opté por negarla. Hasta que no tuve más remedio que rendirme a la evidencia y aceptar que entrenar es bueno y que tiene consecuencias muy beneficiosas sobre uno mismo.

En mi profesión periodística, cambiando de terreno, siempre me he opuesto a actuar como comercial porque, en cierta forma, reconozco que lo consideraba poco para mí. Caprichos del destino, hoy también ha sido un asidero que me ha permitido, sin rencor, continuar trabajando en lo mío y levantar una empresa, “Sevilla Magazine”, que no hace sino darme satisfacciones.

Pero es que hasta en lo sentimental me he encontrado con personas con las que jamás me hubiera planteado nada y a las que, en el fondo, deseaba como a pocas personas he deseado.

Así que a los cuarenta, habiendo estado en el otro lado, al reconocer esos mismos comportamientos en otros, no puedo sino sentir una cierta penita porque sé lo equivocados que están. En el fondo me encantaría decirles, ¿por qué no cambias tu “no” por un “por qué no”?

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Si quieres un lugar en mi vida…

…gánatelo. Y no con palabras… ¡Con hechos! Con gestos, con detalles, con cariño, con fidelidad, con lealtad, con pasión, con amor…

Durante toda mi vida hasta no hace mucho –y en esto sé que muchos de vosotros os sentiréis reconocidos-, he buscado la aprobación en gente que, por fuera y por dentro, valía mucho menos que yo. La AUTOESTIMA juega esas malas pasadas cuando se tiene baja y, en general, nuestra cultura favorece a ello. Esa idea de que sufriendo más seremos mejores personas y se nos abrirán las puertas del cielo ha provocado que aguantemos demasiado. Pero como todo tiene un límite, siempre aparece un resorte que hace saltar las señales de alerta y decir… ¡HASTA AQUÍ!

Un grito de guerra tras el que te quedas muy tranquilo y empiezas a quitar gente de en medio. Con algunos lo lograrás de inmediato y con otros tardarás más pero, poco a poco, saldrán de tu entorno esos que no han sabido agradecer cuando te has portado bien con ellos, que han respondido con frialdad a tu entrega, que te prometieron el oro y el moro cuando tú no le pedías nada, que ocupaban mucho espacio en tu vida pero que, sin embargo, tenían poco para ti en la suya… Que, en definitiva, no han sabido valorarte porque, y esto es MUY IMPORTANTE, eras tú el que no te valorabas. NO PODEMOS dar nuestro corazón a quien no lo mira como el tesoro que es ni tenemos por qué llevarnos el sabor agridulce de no sentirnos bien tratados.

Así que, como ejercicio, empezad hoy mismo ese proceso de “desenganche”, por un lado, y de generosidad hacia uno mismo, por otro. Apartaros progresivamente de quienes no os convengan. Sin desearle mal ni hacer nada malo contra ellos. Un día evitas verles, otro llamarles, otro mandarles un mensaje… Hasta que no existan. Aunque os duela tanto como cuando Frida Kahlo decía aquello de “te amputo de mí” a su idolatrado Diego Rivera será un dolor pasajero y, además, cuando unos se van… otros llegan.

Esos a los que, inconscientemente, hemos atraído cuando, lo acabo de comentar, empezamos a descubrir y aceptar todo lo bueno que hay en nosotros y que debemos entregar a las personas adecuadas. Y pasa. Os aseguro que pasa. Haced el intento y lo comprobaréis vosotros mismos…

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El sexo con seso

Una de las mejores cosas que tiene la experiencia es que, aunque la pasión siga siendo fundamental, la razón va ganando terreno, llegando a un punto de equilibrio en el que uno disfruta mucho más todo porque tiene más consciencia de lo que tiene entre manos. Hoy, que he entrevistado por primera vez en mi vida a Ana Belén, charlaba con ella de su personaje en “Medea” y cómo, por su mala cabeza y bajas pasiones, llega a realizar algo tan terrible como matar a sus propios hijos…

Un texto éste donde también lo sexual tiene un protagonismo importante porque, queramos o no, el sexo es uno de los motores de la humanidad (y si no, mirad a la historia y a vuestro alrededor). Luego es cada individuo el que pone una “gasolina” diferente y, desde el más salvaje al más amoroso, el abanico es tan amplio como criaturitas somos en el mundo.

Sé que está feo que lo diga pero a mí siempre me han confesado que soy muy buen amante porque, más allá de mi virginal (soy Virgo) apariencia, hay un hedonista al que le encanta el placer (y más, la verdad, en pareja). Para mí es una toda una aventura un encuentro con alguien, lo que no significa que, ni mucho menos, lo haga con cualquiera. No soy nada promiscuo y selecciono bastante con quién comparto mi intimidad porque creo que es un regalo mutuo que dos personas se hacen pero, llegado el caso, ¡fuera mojigaterías!

Me encanta besar –y, aunque parezca mentira, no mucha gente sabe hacerlo bien-, acariciar, oler… y mirar a los ojos. Porque en los ojos está la verdad y el deseo y porque, combinado con una personalidad que merezca la pena, es una combinación infalible. Por la mañana recién levantado, antes o después de una siesta, antes de dormir, con música, en el baño, en el sofá… Sumergirse en el cuerpo contrario, descubrir juntos nuevas dimensiones, sin prisas, sin complejos, con la seguridad que dan los años… ¡Hay tantas posibilidades!

Sí soy poco amigo del sexo “exprés” pero, igual que todo, es cuestión de planteárselo. Porque, lo que alguna gente más joven ignora es que el sexo, el amor, sentir, no depende de la edad sino del coco. Y a mí los “cocos” que me interesan no son los que dan miedo sino, precisamente, los que no tienen ningún temor a crecer y a experimentar nuevas sensaciones. A todos esos, mi más cordial bienvenida…

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¿Querer o quererse?

He aquí una pregunta casi tan importante como la de “¿Ser o no ser?” que a todos nos planteó Shakespeare en “Hamlet”. Es decir, primero está la cuestión de existir y, de seguido, de qué manera hacerlo. Ya la Biblia nos advierte que has de “querer al prójimo como a ti mismo” con lo que, si pretendes amar mucho, debes amarte mucho primero a ti. Hay mucha, mucha gente (confieso que yo lo he sido hasta no hace mucho), que busca el cariño de uno hacia sí mismo enfocándose a dar cariño a otros… ¡GRAN ERROR!

Hoy terminan los cuatro maravillosos días que he pasado en Madrid y os aseguro que hacía mucho que no me sentía tan bien, tan libre y, en especial, tan seguro de mí mismo. He tenido encuentros inesperados con gente con la que siempre he soñado estar, he estado con amigos, he ido a exposiciones, a funciones de teatro, he hecho deporte, estuve en el centro de belleza TACHA haciéndome un tratamiento fantástico con una chica estupenda que se llama Alexia (allí coincidí con Maribel Verdú), he construido puentes laborales… En definitiva… ¡ME HE QUERIDO!

Y claro, eso, al final, se nota cuando te miras en el espejo o en fotografías y, con los pies en la tierra, te recibes con agrado y, consecuencia inmediata, también se percibe en las reacciones de los demás, en llegar a un pub (algo que me sorprendió, por nuevo para mí) y que tengas a ocho o nueve personas “peleándose”, casi literalmente, por ti… Me consta que habrá quienes, al leerme, piensen: “EGO puro”. Os aseguro, me creáis o no, que no es así. Si cuento estas experiencias es para motivaros a que consideréis el cuidado hacia vosotros como un trabajo diario más sin quedaros solo en la parte exterior, en la imagen, sin reducir la historia la superficialidad de tener un buen físico porque es la personalidad la que lo sustenta. Juntos, MENTE y CUERPO, forman una mezcla ¡INVENCIBLE!

Yo he pasado, a nivel emocional, de que apenas nadie me haga caso a tener cola. Cierto es que ya no soy el mismo. Soy el de antes… y más. HE CRECIDO potenciando mis cosas buenas e intentando minimizar lo menos bueno.

Así que os animo a empezar hoy mismo a cambiar vuestro rumbo. Desarrollad vuestros valores, vuestras inquietudes y mimaros. Y no olvidéis que, quienes no os cuiden como os merecéis, no os merecen. Son trampas que nos ponemos y que nos llevan a enganches tóxicos. Como me dijo Gloria Trevi el otro día –y yo siempre tuve claro-: Apostad por lo bonito… Quedaros SIEMPRE con quienes os hagan la vida agradable.

 

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¿Qué temes? ¿Qué pierdes?

Hace dos semanas empecé a asistir a unos encuentros que se realizan en Sevilla con una comunidad budista que, desde hace once años, cuenta con la presencia de un auténtico monje de esta religión tutelando unas clases donde, aparte de rezar, se enseña, sobre todo, a reflexionar de la vida para estar en paz con uno mismo y poder así transmitir más amor a los demás. Ahí, uno de los puntos sobre los que más incidencia se ha hecho es sobre los miedos que, en mayor o menor medida, todos tenemos. Miedos que paralizan y que impiden no solo que avancemos sino, lo peor de todo, a ser lo más felices posible.
Recuerdo que mi madre, de pequeño (y hasta ahora), siempre nos estaba advirtiendo, a mi hermano y a mí, de todo. “Ten cuidado con esto”, “Ten cuidado con lo otro”. Frases que se quedan en tu subconsciente y que, aunque tú no quieras, dejan grabados mensajes que, con el paso del tiempo, te marcan. Sin embargo, si uno se lo propone, si uno trabaja sobre eso, al final logramos deshacernos de esa opresión tan desagradable que, tarde o temprano, pasa factura. Para eso lo mejor es, como dice la frase, hacer cada día algo que temas y algo que quieras porque, según otra afirmación, “todo lo que deseas está al otro lado del miedo”.

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Un buen ejercicio para esto es confeccionar un pequeño listado donde manifestemos, con honestidad cuáles son nuestros temores y, a partir de ahí, empezar a hacerles frente y hasta a quererlos para convertirlos más en amigos que en enemigos. Y así, en esa lista, podríamos encontrar, por ejemplo, algunos de los siguientes puntos:

1. Miedo a tener menos. ¿Realmente necesitamos todo lo que poseemos? ¿No os parece que la mayoría de nuestras pertenencias son prescindibles? ¿Os merece la pena el estrés de atesorar sin límites? El desapego evitaría muchos sufrimientos inútiles…

2. Miedo al amor. Sí. Puede sonar raro pero esto es tan real como que me llamo Ricardo. Me ha pasado a mí y le pasa a muchas personas que huyen de sus sentimientos porque se asustan de ellos o porque prefieren, directamente, no enfrentarse a unas dificultades que, a la hora de la verdad, no son tantas. Inventamos excusas para no darle rienda suelta al corazón porque, en ocasiones, nos aterra la situación, pensamos que no estamos preparados para ella o que no sabremos cómo manejarla. ¿No sería más sencillo intentarlo?

3. Miedo al compromiso. No queremos ataduras, pretendemos volar alto sin que nadie nos lastre pero, ¿no era “El Principito” el que decía que “domesticar es crear lazos”? Lazos invisibles que nos mantengan unidos a alguien pero que, eso sí, no duelan, no tiren, no aprieten.

4. Miedo a estar solo. Muy frecuente y motivo por el que muchos se consuelan en brazos de quien sea (o en el whatsap o en el Facebook o en el instagram de quien sea) con tal de estar acompañado.

5. Miedo a empezar de cero. Lo hacemos muchas veces en la vida y no es ningún problema. Mejor eso que quedarse estancado o preso de situaciones que no nos satisfacen.

6. Miedo al qué dirán. Otro punto que, aunque no lo parezca en pleno siglo XXI, condiciona (y bastante). ¿Qué pensarán mis amigos? ¿Y mi familia? ¿Y mi madre? Hay quien, por sus madres, es capaz de mantener relaciones que le hacen infelices o, al contrario, no iniciar otras que piensan a sus progenitoras no les agradarían. Pero, ¿vivimos nuestra vida o la que los demás desean que vivamos? Quien nos quiere, si nos quiere de veras, querrá nuestro bienestar, no el de su propio ego…

7. Miedo a nosotros mismos. EL PEOR TEMOR DE TODOS. Nosotros somos nuestros mayores ENEMIGOS. Y eso es muy de la adolescencia y la juventud que, por su alocado planteamiento vital, se castigan hasta niveles imposibles. Pero también de la madurez y la vejez. Si no nos aceptamos, no aceptamos nuestros sentimientos, nuestros puntos buenos y los menos buenos, si nos negamos a CRECER, caeremos presa del desamor más dañino: el desamor propio.
¿Cuáles son tus miedos? ¿Te gustaría compartirlos conmigo? ¿Estás preparado para solucionarlos o te da igual? Cualquier propósito es alcanzable. No dejes de intentarlo y alcanzarás uno de los destinos más deseados: la paz interior.