Las malas pasadas de las apariencias

Ya lo deja bien claro el dicho: “Las apariencias engañan”. Y es cierto porque todos, de alguna forma u otra, tenemos una coraza con la que nos protegemos y que nos lleva a mostrar solo una parte de lo que somos (y, a veces, ni eso). Yo no sé si a vosotros os sucede pero a mí me pasa que en determinadas circunstancias me gustaría reaccionar de una forma y me bloqueo y no puedo. Y en el fondo pienso: “¿Por qué no digo esto que quisiera decir y me estoy callando?” o “¿Por qué no actúo de esta forma si es la que me pide el cuerpo?”. Al final por timidez, por miedo a que me hagan daño o a equivocarme, por complejos, por vergüenza o por lo que sea, lo cierto es que termino dando una imagen que no se corresponde con lo que, si me quitara todo eso de encima, saldría de verdad.

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Incluso me he sorprendido a mí mismo reaccionando de una manera que luego me hace preguntarme: “¿Pero dónde vas?”. Vamos, sin ir más lejos hace poco llegué al AVE y me encontré con una compañera de profesión que estaba al lado mía sentada en el vagón y a la que en un primer instante no saludé porque pensé que no me había conocido (cierto es que apenas hemos coincidido pero ella y yo sabíamos perfectamente quién era el otro). Bueno pues la evité como un tonto hasta que no me quedó más remedio que hablarle. Y todo el rato me repetía: “Si esta mujer opina que soy idiota está en todo su derecho porque es que soy idiota”.

Lo bueno, al menos en mi caso así lo creo, es que me doy cuenta y tengo intención de cambiar todo eso que no me agrada de mi personalidad y, mientras tanto, asumo que quienes no hayan profundizado en mi carácter, saquen las conclusiones que consideren oportunas. Claro que eso no quita que me moleste cuando alguien me viene con un prejuicio hacia mí que me parece injusto o que hasta me hayan puesto según qué etiquetas que no me definen en absoluto pero… ¿qué hacemos? ¿Vamos rebotándonos a cada paso? ¿Optamos por dar explicaciones a todo el que quiera pensar lo que sea sin preocuparse en indagar más allá?

En mi momento actual os digo que NO. Quien esté interesado, aquí le espero pero, cuando tú estás tranquilo contigo, cuando sabes que no haces daño a nadie y que no buscas problemas, cuando intentas vivir en paz (a pesar de tus propias guerras internas), quien se quede en lo exterior, él/ella se lo pierde. Es triste pero mejor no forzar nada y que sea el tiempo el que ponga a cada uno en su sitio. No es lo más rápido pero sí lo más seguro.

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El dolor es inevitable; sufrir, opcional

Acabo de ver en el cine la nueva película de Will Smith, “Belleza oculta”, un drama sobre cómo afecta el fallecimiento de una hija a un padre que triunfaba en su trabajo como publicista y que, de pronto, ve que la vida le da un fuerte palo del que no consigue recuperarse. A partir de ahí, el argumento plantea una serie de reflexiones que tienen a la muerte, el tiempo y el amor como hilo conductor y que, sobre todo, habla de eso que muchas veces había leído y que hoy he visto más claro que nunca: “el dolor es inevitable pero sufrir, opcional”.

Y es que, cuando las cosas nos van mal, cuando recibimos una mala noticia (la enfermedad o el fallecimiento de alguien querido), cuando una relación se rompe o sufrimos una decepción de alguien querido, cuando una amistad se rompe o una persona no se porta bien conmigo, tendemos a sufrir en exceso y hasta a recrearnos en el sufrimiento creyendo que somos los únicos a los que nos pasa eso o recreándonos en la mierda para, en el fondo, no salir de ella.

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La vida, por infinidad de razones, no es bonita pero, mientras estemos aquí, tenemos la obligación de vivirla con optimismo, esperanza, ganas y alegría. Por nosotros, lo primero, y por todos los que no tienen la misma oportunidad, también. Eso, el personaje que interpreta Will Smith, parece olvidarlo y encerrado en sí mismo se enfada con sus compañeros de trabajo, con su familia… Con el mundo por una pérdida por la que es normal que se sienta muy mal.

Ahora bien, ¿dónde está el límite? Precisamente ahí. En creer que la culpabilidad está en todos y todo. En negarse la posibilidad de volver a ser feliz. En, como en “El principito”, pensar que, porque una rosa nos pinchara, hay que renunciar al resto de las rosas. ¡NO! Lo que nos ha tocado es esto. Una realidad dual. Con luces y sombras. Con bondad y maldad. Con experiencias que no desearíamos a nadie y con otras que casi parecen milagros del destino.

Hace dos veranos estuve en el lado más oscuro que había conocido antes pero en ningún momento tuve intención de quedarme ahí. El desamor y la mala hierba no pudieron conmigo. Me dolió y sufrí hasta que me di cuenta que esto último no merecía la pena. El dolor, poco a poco, se ha ido yendo y, en su lugar, el amor ha inundado mi corazón. No es un ejercicio sencillo pero tampoco imposible. Inténtalo.

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Un barco frágil de papel

“Un barco frágil de papel parece a veces la amistad… pero jamás puede con él, la más violenta tempestad”… Así dicen dos de los versos de la maravillosa canción de Alberto Cortez “A mis amigos” que, desde siempre, me ha parecido uno de los más bellos himnos a esta fraternal unión que se da entre los seres humanos y que, para mí al menos, es una de las más bellas manifestaciones de amor que conozco.

A los amigos los elegimos, los mantenemos y los cuidamos porque realmente así lo decidimos. Nadie nos los impone, no pueden forzarse, ni tampoco pueden destruirse mientras los dos que así se consideran lo desean. Es un vínculo tan difícil de romper que, cuando es verdadero, ni los años, ni la distancia logran disolverlo puesto que la amistad son como raíces que nacen en el alma de otro y que quedan ahí, perennes, siendo testigos de la parte más noble y buena de nuestra especie. Los amigos se ayudan, se respetan, se apoyan, se consuelan, se prestan cosas, se ríen, lloran, se enfadan y se reconcilian con un solo interés: estar ahí, saber que, en cierta manera, son personas que nos pertenecen y a las que pertenecemos.

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Lo malo es que, hoy día donde todo es tan efímero y tan –perdón por la palabra- “barato”, muchos han convertido la amistad en algo con tan poco fondo que, a la mínima de cambio, se acaba y hasta pasa a ser todo lo contrario (sabéis que del amor al odio hay un paso). Es posible que, como ahora nadie tiene que aguantar nada de nadie, lo más sencillo sea abandonar ese barco que mencionaba al principio y dejar que se hunda con todo el equipo. Pero también es posible que estemos perdiendo la oportunidad de construir algo tan bello y tan enriquecedor como el hecho de tener amigos de verdad.

Hace poco, sin que todavía sepa la razón clara, mi amigo Paco decidió tomarse un “respiro” y que dejáramos de hablar y vernos. Insisto en que desconozco por qué actuó así pero, sea como sea, ayer nos encontramos en un concierto y, como por arte de magia, parecía que nada había sucedido. No hubo ni que dar explicaciones, ni que pedir perdón, ni perdonar. Las piezas del puzzle de nuestra amistad volvieron a encajar.

No es necesario poner a prueba a un amigo porque, en el riesgo, también está la posibilidad de perderlo. Como relación que es hay que cuidarla cada mañana, poniendo en ella nuestro amor y nuestras buenas energías. La planta que de esta semilla nace nunca dejará de darnos satisfacciones. Solo el que tiene amigos de verdad, lo sabe.

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La detestable mentira

Odio la mentira. Quizás sea de lo poco que odio en la vida pero es que es algo visceral. Las mentiras me parecen traiciones innecesarias, pequeñas o grandes puñaladas que se clavan en el corazón de la confianza y que no provocan sino el que nazca la desconfianza, el recelo, la distancia respecto a aquellos en los que antes teníamos depositado nuestro cariño. Claro que todos, en algún momento u otro, mentimos. Tenemos que hacerlo –y yo mismo las he dicho- por alguna situación comprometida, por no hacer un mal mayor, por no ofender a alguien… Hasta ahí estamos de acuerdo en que, esas mentirillas, no tienen importancia.

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Pero luego están las grandes mentiras, las mentiras esenciales que, como el resto, tarde o temprano terminan destapándose y descubriendo el verdadero trasfondo de quien tenemos delante. Yo, como buen Virgo que soy, tengo un sexto sentido para quien me miente y recientemente he vivido una muy decepcionante experiencia de ésas en las que, como en una película, una persona que creíamos era de una forma, en realidad, tiene bastante poco que ver con lo que nos vendía ser. Y que conste que la intuición siempre me advirtió de que había algo que no cuadraba pero, claro, a veces uno se empeña en querer lo que no le conviene tener.

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Este individuo del que os hablo –como el que hay mucha gente, por eso os lo cuento-, tenía un discurso pero actuaba de forma opuesta a lo que a mí (y a muchos más) quería vender porque su realidad misma se había convertido en una mentira más. Tenía interiorizadas sus falsedades y las decía constantemente en voz alta para reafirmarse en ellas (aunque, en el fondo, sabe que nada de eso era cierto) y, sobre todo, convencer a quienes le escuchan.

¡Con lo fácil que es hablar claro! Mentimos en las relaciones con las infidelidades, a los amigos cuando les damos excusas para algo por no contarles lo que pasa, en los trabajos… Mentimos y nos mentimos demasiado y nos vamos degastando con cada una de esas mentiras. La verdad, aunque duela, a la larga, siempre nos termina evitando muchos dolores de cabeza.

 

Domesticando al ego

Hola, ¿cómo estáis? Esta semana solo he podido hacer una entrada pero no quiero que se me pasen más días sin reflexionar con vosotros sobre eso del “ego” del que en las escuelas, de pequeños, debieran darnos clases para que luego, con los años, no se vuelva nuestro enemigo y, en algunos casos, llegue a destruir por completo a personas que, de otra manera, podrían ser bastante válidas. Es un tema que me apasiona y que, curiosamente, el domingo pasado me encontré reflejado en una película de aventuras, “Doctor Strange”, cuyo hilo argumental pasa bastante por él.

Hay quien piensa que son los artistas los que tienen más ego pero esta apreciación es un error. Algunos artistas tienen mucho ego igual que lo tienen algunos diseñadores o hasta entrenadores deportivos o un dependiente. Un ego desmesurado puede sufrirlo cualquiera. Es más, a veces nos sorprendería comprobar cómo, bajo algunos falsos humildes aspectos, se encierran monstruos egocéntricos que lo único que quieren es que le “doren la píldora” sintiéndose por encima del bien y del mal.

 

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El ego puede alimentarse de los piropos (cuando te alaban mucho el físico o cuando uno es bueno en algo y no dejan de recordárselo) o también puede provenir de quien, careciendo en absoluto de autocrítica, considera que lo suyo es lo mejor, que no hay nadie como él y que el resto está en un lado y él (o ella) en otro. Eso no significa que en algún momento no podamos sufrir de algún pequeño destello de vanidad pero enseguida debemos volver a pisar con los pies en la tierra y pensar… ¿y? En el fondo siempre los habrá más altos, más guapos, más talentosos, más jóvenes, más… Es decir, al relativizarlo todo, las cosas se ven desde otra perspectiva y, al sentir que somos una pequeña mota dentro de un infinito universo, el ego deja de tener lugar para ser nosotros parte de algo mayor.

Estoy hasta las narices de egocéntricos. De la gente que va perdonando la vida y te miran por encima del hombro. De los acomplejados que tapan sus carencias atacándote. De quienes no aceptan un comentario sobre ellos o su trabajo. La humildad es un ejercicio que hay que practicar a diario porque es la llave para ser una buena persona. Lo demás son ganas de hacer el tonto y el tiempo, apremia. Ya lo sabéis.

La muerte, compañera de vida

Hola a todos… Voy a escribir hoy sobre el tema de la muerte porque me parece apropiado por lo del Día de los Difuntos pero en realidad tengo que confesaros que hablaría muchas más veces de la cuestión. De hecho deberíamos tenerla más presente en nuestras conversaciones diarias puesto que, mientras con mayor naturalidad tratas los temas que a priori más nos imponen, más valor pierden y menos nos asustan. Y lo de la muerte nos da miedo, tela…

Claro que, como nos tienen metido en la cabeza todo eso del cielo y el infierno -y por aquello de no saber qué pasará en el “más allá”-, es lógico que sea algo nos inquiete pero, como hablaba hace poco con Fernando Sánchez Dragó, la muerte es nuestra compañera de viaje, la otra cara de la moneda y, como tal, yo por lo menos la contemplo más como algo cercano, algo (o alguien, si la queréis personalizar) que nos está esperando a la vuelta de la esquina y que lo único que nos tiene que hacer es reafirmar en el valor de la vida (y más cuando no tenemos grandes males de los que quejarnos).

 

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Nadie ha vuelto de la muerte. No sabemos qué pasa, qué hay allí y ni siquiera si hay allí con lo que, ¿qué sentido tiene estar dándole vueltas a la cabeza a algo tan desconocido y “misterioso”? O a lo mejor, como yo creo, no es para tanto y, una vez que se acaba, se acaba y no hay más. ¿Tan difícil de aceptar es eso? ¿No nos daría una nueva dimensión de nuestro ciclo vital llegar a la conclusión de que estamos aquí por un tiempo y luego se termina y se termina?

Si así fuera tal vez nos esforzaríamos más en ser mejores personas (y no confiar en penar nuestros males en el purgatorio), en disfrutar de las cosas aprovechándolas al máximo, en decirle a la gente que queremos que la queremos, en no dejar para mañana lo que hoy podríamos haber hecho, en no poner la felicidad en manos de un futuro improbable (y sí de un presente real), en no perder ni un minuto en quien no merece la pena y sí en quien la merece, en hacer de nuestro entorno algo placentero y no inundar de mierda casi todo lo que tocamos…

 

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Pensadlo sin apasionamientos religiosos. Desde la serenidad de una reflexión que no pretende más que remover alguna conciencia un poquito. Aprendamos a saludar a la muerte con ojos algo más benevolentes. Al fin y al cabo, cada uno cumple el papel que le ha tocado. Ella, también.

Hasta los huevos

Dicen que quejarse avejenta mucho y que, mientras más protagonismo demos al “buenrollismo”, mejor nos irá. La verdad es que estoy de acuerdo con esto. Es como lo de la coloraterapia y eso que plantea de que, cuando solo nos vemos con colores oscuros, es que, en general, muy bien, muy bien no es que nos sintamos. Al contrario, mientras más viveza usemos en los tonos que llevemos, más alegría transmitiremos y más nos autocontagiaremos de energía y positividad.

Sin embargo, hay momentos en los que el negro es necesario porque la etiqueta así lo impone (y puedes verte muy elegante y muy fantástico en esas situaciones) y otros instantes en los que es imprescindible desahogarse y, sin llegar a convertirlo en “protestas crónicas”, decir aquello que, por lo que sea, nos toca las narices de forma continuada. Una terapia muy sana y muy liberadora que hoy os propongo como ejercicio. Así, en un papel apuntad (y repetid en voz alta) aquello que os incomoda porque, al hacerlo de esta forma, le estaréis quitando valor y fuerza.

Son cosas que nos hacen estar “hasta los huevos” (expresión de la que otro día os diré su origen) y que, en mi caso, en este post resumo en los siguientes puntos…

“Hasta los huevos” de…

  1. Las mentiras y de los mentirosos, de lo que se montan dobles vidas y piensan que nunca los vas a descubrir, los que se meten en todo, de los que no ven la joroba que llevan detrás (y sí la paja en el ojo ajeno), de aquellos que carecen de autocrítica, de esos a los que les sobra egocentrismo y soberbia, de los que van de buenos y luego miras sus vidas y lo “flipas” y de los que no perdonan ni una porque van por encima del bien y del mal. “Hasta los huevos” de los que piensan que se lo merecen todo, de los que insultan a todo el mundo y de quienes manipulan maquiavélicamente para lograr unos objetivos que ni siquiera a ellos mismos les satisfacen. ¡Ah! Y de los que protestan por todo, todo el rato, de los que nunca terminan de poner pegas vayan donde vayan y hagan lo que hagan.
  2. De las infidelidades en las relaciones sentimentales, de esa gente que te hace creer que están interesados en conocerte y solo quieren acostarse contigo, de los picaflor, de los que viven presos de sus miedos emocionales.
  3. De los políticos y sus chanchullos, de cómo nos quitan el dinero que recaudan unos cuantos para sus gastos y caprichos, de que nos tomen por tontos, de los enchufismos…
  4. Del mal gusto, de lo cutre, de los personajes casposos, del lenguaje vulgar, de lo superficial que es todo.
  5. De que haya muchos canales de televisión y nunca encuentres nada. Las mismas películas repetidas hasta la saciedad y pocos programas que se “salven”…
  6. De las condiciones de trabajo. Y de que no haya. Y de que digan que la crisis se ha ido y todo siga igual.

 

¡Ea! Ya está dicho… Al menos una parte… Pero… ¡qué bien me he quedado! Volviendo al principio, de vez en cuando es bueno resetearse, poner pies en pared en determinados terrenos, y empezar de nuevo… ¡Y p´alante! ¡Siempre p´alante!

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Los límites de la autoexigencia

Durante mucho he sido muy duro conmigo mismo. Quería ser el mejor y, sobre todo, ser lo más perfecto posible. Hacer mi trabajo de forma impecable, ir bien arreglado, tener la piel estupenda, un cuerpo “diez”… Claro que el entorno, la verdad, favorece mucho a que muchos compartamos una forma de pensar similar ya que por todos lados se nos vende la imagen de que el éxito radica en ser jóvenes, en tener un buen coche, una ropa “fashion”, un físico de portada de revista… Al final, o entras por ese aro, o te quedas fuera (algo, lo de ir por independiente, para lo que tienes que estar muy preparado mentalmente).

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Sin embargo a esa escalada sin final hay que ponerle un tope puesto que, si no lo hacemos, corremos el riesgo de perder la “chota” y que, sabiéndonos siempre a poco lo que tenemos, nunca estemos satisfechos con nosotros, pudiéndonos convertir en ese punto en nuestros principales enemigos. Eso mismo que me contaba el otro día una amiga que pasa una mala racha porque ha “petado” perdiéndose en los fanganosos terrenos de la autoexigencia.

Para evitar correr las misma suerte es muy importante que realicemos un duro trabajo de aceptación pensando que tampoco pasa nada si tenemos algún kilo de más, sin no medimos 1´80, si van apareciendo algunas arrugas o si repetimos prendas de temporadas pasadas.

La naturaleza nos da una cara, una estatura y unas condiciones corporales determinadas además de un intelecto concreto y, tanto lo primero como lo segundo es susceptible de ser mejorado. Lo que no podemos pretender es ser lo que no somos, convertirnos en algo que no es real y renunciar a nuestras raíces humanas.

Así que, aspirando a ser la mejor versión de ti mismo, mírate al espejo con benevolencia y sin añorar nada que no forma parte de ti. Si te hubiera gustado nacer alto, rubio y con los ojos azules y has salido bajito y moreno, no pasa nada. Luchar contra eso no tiene sentido y es una pérdida inútil de energía. Da las gracias por lo recibido y no olvides que la vida, aunque no sepamos verlo, compensa. Es cuestión de no obsesionarse con nada y ser benevolentes hacia ese tesoro por descubrir que somos.

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No dejes que ennegrezcan tu corazón

Yo no sé si a vosotros/as os pasa pero muchas veces me pongo a pesar la cantidad de razones que pueden hacer que nuestro corazón se ennegrezca. Al mío, por ejemplo, ha habido una persona en concreto que, ya empieza a hacer un tiempo, le dejó una mancha que, aunque creo tenerla controlada, durante una etapa ha estado contaminando el resto de mi alma (en el terreno espiritual) y de mi cuerpo (en el plano físico). Era como si de pronto de ese pequeñito punto de dolor, rabia y frustración salieran tentáculos que se extendían por todos lados para, cada vez más rápidamente –y conforme han ido pasando los meses-, replegarse y, aunque sin desaparecer, sí quedarse dormido.

A todos, en algún momento u otro, nos han engañado, y nos han traicionado, y nos han utilizado, y nos han dejado. Todos nos hemos encontrado con gente mala, o inconsciente, o inmadura que, sin verla venir, ha pasado sobre nosotros como un elefante que entra en una cacharrería, destrozándolo casi todo a su paso. Ése es el instante de crisis, cuando todo se derrumba en un segundo obligándonos posteriormente a reconstruir nuestro mundo y casi a empezar de cero.

Claro que, dejarnos dominar por la pena, permitir que el “mal rollo” gane la partida es muy triste con lo que hay que intentar desde el principio poner toda nuestra energía no en volver a ser lo que éramos (porque hay un daño y eso nos ha hecho cambiar) sino en convertirnos en alguien mejor, menos vulnerable, más sabio, más fuerte. Así que, por si a alguien le sirve, me gustaría compartir mi experiencia y las claves que me han ayudado a “estar como nunca”.

  1. Acude a ellos. Si son de verdad, te respetarán, sin preguntas, sin respuestas que no quieras dar. Su amor y su protección es bálsamo para muchas heridas.
  2. Valórate. Mímate. Sé consciente de tus valores. Piensa que, si ibas con buena fe y alguien se ha portado mal, sea quien sea no te merecía. No le des más espacio del necesario (poco) a esa persona en tu mente. Si viene, cambia de pensamiento. No te regodees en el pasado ni te sientas víctima. Perdónate, acéptate.
  3. Una cotidianidad saludable, en alimentación y entrenamiento, servirá como buen desintoxicante. Conocerás a otras personas (si es una actividad compartida) o, si no, te liberarás de muchas tensiones.
  4. Ten paciencia y date tiempo. Libérate de rencor, perdona. Contempla a quien te maltrató como un/a individuo/a triste a quien el destino recompensará con lo que merece. Ni más ni menos.

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Tú, a lo tuyo. A curarte, a impedir que nadie ensucie tu interior. No le des a nadie ese poder. Limpia esa basura que algunos van dejando a su paso y dale un portazo para que no vuelva. ¡Y respira! ¡Sonríe!… ¡Vive! Si tú quieres, no es tan difícil. Pero recuerda, si tú quieres…

Las prisas traen prisas (y en el amor, más)

De toda la gente que conozco intento llevarme algo que me aporte. El recuerdo de una vivencia, una frase, la respuesta ante una situación… Sea lo que sea, hasta las personas más malas –que también de ésas he tenido algunas al lado-, intento que no hayan sido compañías vanas. El caso que una vez me dijo un amigo algo que, desde entonces, siempre tengo presente: “Las prisas traen prisa”. Y es que corremos tanto, tanto, tanto, que no solo no nos da lugar a disfrutar nada sino que estamos en un continuo estado de ansiedad, cometiendo con frecuencia errores como el querer correr más de lo que debemos en terrenos como el amor.

Todo lo que tiene que ver con asuntos del corazón hoy va más veloz que el rayo pero en especial al principio de una relación hay que ir con bastante precaución en este sentido. Además, a la gente se le “ve el plumero” enseguida cuando se enamoran porque se comportan con su enamorado/a muy diferentes a como suelen hacerlo en circunstancias normales, confundiendo “amor” (sano, fácil) con “querer” (tóxico, posesión) y desvelando posibles carencias como la falta de autoestima si lo que buscan es alguien que les preste atención a toda costa (dando igual, en el fondo, quién sea y convirtiendo a esa persona en la “solución” a sus problemas).

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Recientemente he sido testigo de la historia de un chico gay que, al día siguiente de conocer a otro (por redes sociales), ya tenía claro que había muchas cosas que les unían y que, por eso mismo, se iba a vivir juntos con este chaval porque, según el primero, “solo conviviendo se conoce a alguien”. En algo más de un mes la familia de uno ya ha sido presentada al contrario (y viceversa) y su día a día ha adquirido tal dinámica que pareciera que, en lugar de un mes, llevaran cinco años juntos. Los regalos excesivos y con demasiado marcado simbolismo para involucrar al otro en su vida, los intentos de envolverlo en un hogar ficticio no son sino pequeños chantajes sentimentales que, es probable, ni sean bien recibidos ni tengan consecuencias demasiado esperanzadoras.

Una situación que me ha traído a la memoria “El Principito” y el zorro, cuando éste le advertía al primero de la importancia de ir aproximándose muy poco a poco para acostumbrarse a su presencia. ¿Qué pasa? Que si no lo hacemos así estamos forzando la maquinaria y activando aquello de “lo que rápido viene, rápido se va”. Ir poco a poco, disfrutando del conocerse, del no tenerse, echando de menos al otro ayuda a que todo fluya con más naturalidad. Saber estar en soledad, dar espacio, dejar respirar, respetar el comportamiento del otro/a y saber cómo piensa y cómo reacciona es mucho más positivo que meter el acelerador y, al final, estrellarnos. Precaución porque son accidentes cuyas cicatrices pueden ser muy difíciles de borrar.

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