El perdón te hace fuerte y te libera

Cuando alguien nos hace una faena, uno de los momentos posteriores más difíciles es perdonar. Y, mientras más grande y fea sea la “jugada”, más complicado nos resulta concederle nuestro perdón. Aun sabiendo que el perdón, libera -y que perdonando somos más fuertes- suele costar llegar hasta esa paz puesto que, los sentimientos de rabia, ira, rencor, minan bastante el camino.

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Ayer estuve viendo “La guerra del Planeta de los Simios” y en ella, sin contaros demasiado, hay una escena en la que el protagonista, frente a frente con su enemigo, debe decidir si perdonarlo o no. Se ve cómo sufre, cómo lucha contra él mismo -sudando y con gesto de odio absoluto- y cómo pasa ese instante de máxima tensión hasta llegar a la conclusión de que, en el fondo, el otro individuo no merecía la pena. Justo en ese instante, las energías cambian.

Todos tenemos experiencias en ese sentido y todos, al menos a mí me pasa, nos vemos en laberintos emocionales sin salida en los que pensamos enfadados, una vez tras otra, cómo vengarnos del daño que nos han causado. Yo mismo me he visto en una de esas vivencias y reconozco que lo he pasado muy mal porque, sabiendo cuál era la salida, no la encontraba. Hasta que vislumbré –como en la película- que mi malhechor es un ser humano miserable, inmaduro y malvado que me ha dejado mal regusto en el paladar vital pero que no puede arruinar el resto de sabores ricos ni convertirme, posiblemente, en lo que él es.

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A partir de ahí cada vez lo contemplaba con más distancia, aislándolo de todo lo bueno que tengo alrededor y concluyendo que, al final, es una desgraciada alma triste para la que no tengo más lugar que unos recuerdos que, poco a poco, van siendo cada vez más vagos. Es más, todo lo negativo que me dejó lo he ido relativizando, dando las gracias por unas lecciones vitales que, en la medida de mis fuerzas, me ayudarán a no verme en las mismas. Supongo que sus circunstancias (y las mías) le llevaron a actuar como actuó pero, sinceramente, eso es algo que ya no me interesa saber. Perdoné y punto.

Claro que luego viene la segunda parte: el perdón a uno mismo. Éste es más difícil porque es cuando empiezas a machacarte y a pensar: “¿Por qué consentí esto o aquello?” o “¡Qué tonto he sido!” o cosas así. Pero es que todos fallamos. Y a todos nos la dan. Y todos estamos expuestos a un desengaño que, en nuestra mano o no, pasó como tuvo que pasar. Un instante delicado que debemos superar siendo generosos con nosotros y concluyendo en que no nos lo merecíamos pero que si sucedió de esa manera era porque algo debíamos aprender. Un punto y aparte necesario en todo camino y que, utilizando la bondad como terreno sobre el que pisar, nos enriquece sobremanera. Perdona, perdónate y continúa. Es la mejor opción.

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Quejarse no es la solución

Me cansa la gente que se cansa de continuo, que le busca a todo un “pero”, que no es capaz de disfrutar en ningún lado. Esa gente a la que todo le parece poco, o menos, o peor. Que van a un viaje y no se adaptan. Para los que cualquier cosa es un problema. Me parecen personas desagradecidas con la vida, que no son conscientes de que hay seres humanos que realmente lo pasan mal y que nunca tienen una mala palabra y que hay hasta quien no tiene la oportunidad de contarlo. Debe ser que cuando no tienes nada es cuando de veras sabes valorar lo auténtico y lo importante.

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Yo mismo, con el tiempo, aunque antes no haya sido demasiado “quejica”, pero he aprendido a relativizar mucho más y a aspirar, sobre todo, a parecerme a mi abuelo, al que llamábamos “el maravilloso” porque, fuera a donde fuera, sus conclusiones siempre eran positivas. Así, si le preguntabas: “¿Qué tal este bar, abuelo?”, él respondía. “¡Maravilloso!”. Y si lo invitaban unos amigos. “¿Qué tal la cita, abuelo?”. “¡Maravillosa!” (de ahí el apodo). Poco pedía, mucho encontraba.

Lo malo de las quejas es que uno se hace a eso y empieza a ver normal el que las cosas parezcan malas y, si bien perfecto no hay nada, tampoco vale mirar siempre del lado de la botella medio vacía. Además, según psicólogos y profesionales de la mente, en general, quejarse es insano puesto que, volviendo a lo anterior, el cerebro genera eso a lo que lo acostumbramos.

¿Qué podemos hacer en este sentido? Primero, y antes de nada, querer trabajar en sentido contrario, buscando lo bueno de la realidad y provocando el que las neuronas caminen en esa dirección. Las quejas contaminan y estresan con lo que tenemos que evitarlas en nosotros mismos… y en nuestro entorno, alejándonos de las personas que son de esta manera y que, a largo plazo, llenan de toxicidad nuestro día a día.

Pero es que las quejas acortan la esperanza de vida (los optimistas viven más que los pesimistas) y achican el hipocampo cerebral, lo que puede revertir en una disminución de la memoria. Claro que, ¿eso significa que vamos a teñir la realidad de color de rosa y a dar la sensación de que todo transcurre dentro de un algodón de azúcar? ¡NO! Podemos quejarnos pero con un objetivo, para generar un cambio. Es decir, evitemos dramatizar, exagerar, las prisas (mejor analizar con perspectiva), las neurosis, las manías…

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En definitiva, busquemos personas que amen. Y nosotros mismos debemos amar. A la familia, a los amigos, a la naturaleza, cada instante que se nos brinda. Nadie ha venido del “otro lado” para decirnos que existen más oportunidades. Por lo tanto, no desperdicies ésta. Y menos en quejarte. Casi siempre resta.

Los amigos, el mayor tesoro de la vida

Creo que no somos conscientes de verdad del gran tesoro que son los amigos porque, como los tenemos ahí, no sabemos valorarlos de veras. A la familia tenemos que quererla (o no), porque es la que nos toca (hasta los hijos, que todo el mundo coincide en que es como lo máximo a la hora de hablar de amor), pero a los amigos, que son personas que encontramos en el camino -y con los que no hay, en principio, vínculo alguno (al menos, no de sangre)-, los elegimos nosotros. Sin intereses, sin presiones, sin obligaciones, sin ataduras.

No hace falta llamar todos los días a un amigo. Ni contarle todo. El amigo está ahí. Para cuando uno lo necesite y sin pedir nada a cambio. Sabiendo entender una ausencia. Y perdonando sin rencor. Y entregando sus minutos y horas incondicionalmente. Y prestando su hombro para consolarte porque le apetece y quiere y así lo desea. Un amigo entiende sin hablar y calla cuando así es preciso.

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Conforme pasa la vida soy más consciente de que no hay manifestación de amor más sincera y auténtica que la de la amistad. Por eso, aunque aparezca una pareja, aunque tengamos otras obligaciones que nos resten minutos de nuestro día a día, siempre hay que dejar una pequeña parcela para dedicársela a ellos ya que, cuidando a los amigos, cuidas también de ti mismo. Es imposible que uno se sienta solo, IMPOSIBLE, cuando tu entorno es rico en gente buena y, mientras más generoso seas en este sentido, más te devolverá el destino.

Fijaros que ayer estuve con compañeros de colegio de hace 25 años. A la mayoría no los veía desde entonces y, cuando volví a encontrarme con ellos, parecía que acabáramos de separarnos. Los vínculos emocionales eran tan fuertes y tan profundos que solo hizo falta sacudirles un poco el polvo para que volvieran a relucir, tan bellos y auténticos como cuando éramos niños.

Y así es en general cuando una amistad es verdadera aunque, como suele pasar, descuidamos y quitamos valor a lo que tenemos a la mano. Es el sino del ser humano: no valorar lo auténticamente importante y bueno. ¿Quién sabe? Lo mismo alguna vez aprendemos la lección y logramos un mundo de veras mejor. Lleno de abrazos de cariño. Y de ojos en los que es fácil mirarse. Y de armonía sin malos rollos.

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Una pareja no es la solución

Hay quien vive muy obsesionado por tener una pareja porque desde pequeños nos han metido en la cabeza que para ser feliz es imprescindible estar con alguien. Hablan de las bodas como “el día más feliz de la vida”, se desprecia a las personas solteras diciéndoles eso de “solteronas” o “te vas a quedar para vestir santos”… Nos conducen a creer que el estar solos lo identifiquemos como un fracaso, que identifiquemos no tener novio o novia con que nadie nos quiere aunque yo, ante todo eso, me pregunto: ¿Cuántas personas conoces que, aun estando juntas, no se aguantan? ¿Cuántos matrimonios intentan salvar la ausencia de amor teniendo hijos? ¿Cuánto tiempo perdemos probando con personas que no nos aportan nada mientras descuidamos a otras, familiares y amigos, que están ahí, esperando a recibir y dar cariño? Y, lo más importante, ¿Cuántos casos hay que, en el fondo, buscan una compañía emocional porque no se quieren o no saben estar solos?

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La soledad elegida es maravillosa pero eso pasa por estar a gusto con uno mismo y por asumir de veras que solo merece la pena iniciar un camino conjunto con alguien cuando estás seguro de que la aventura compensa. Y os cuento mi caso. Me encanta como sabéis hacer deporte, leer, la música, viajar, cocinar… Tengo muchísimas aficiones y mucha gente en mi entorno (con diferentes grados de amistad) que no dejan de proponerme planes (o a los que les propongo yo planes) que me impiden aburrirme. Amo la vida y he llegado a un punto importante también de amor a mí mismo.

No llega una noche, que es cuando más se nota la soledad, en la que no tenga un plan que me apetezca, aunque sea solo ver la “tele” un rato tranquilo (que, con el whatsapp, es complicado). Pienso que nacemos y morimos solos y que, por tanto, es nuestro estado natural. Lo otro, que está muy bien, es una suerte pero no la mayor de las suertes. Porque para construir un edificio lo primero es tener los cimientos muy bien asentados.

Así que sé dichoso antes de nada y luego ya veremos. Déjate llevar y disfruta. No necesites que nadie te complete porque ya lo estás. Y no temas a que las relaciones empiecen y terminen o a que lo mismo no lleguen. La definitiva, la que siempre será una eterna garantía es la que tengas contigo. Cuídala y… ¡gózala a tope!

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No somos (ni debemos ser) perfectos

Que estamos en una sociedad donde, los niveles de perfección que se nos piden, son apabullantes. En todos los sentidos. Ya sea en modos de vida como en formas de ser como, por supuesto, físicamente. Por un lado, al mercado le interesa que pensemos así porque de esta forma nos estarán vendiendo de continuo artículos a través de los que lograr esa perfección (que, en función de ese mensaje, al ser lo más de lo más nos llevaría a la felicidad más absoluta): muebles, coches, pisos, productos de belleza, libros de autoayuda… Por otra parte, mientras nos concentremos en eso de ser perfectitos no pensaremos en cuestiones de veras importantes como los desastres políticos que, en otros momentos históricos, ya habrían producido más de una y más de dos revoluciones.

Así que, para empezar, deberíamos trabajar el no entrar en ese juego (o hacerlo lo menos posible) puesto que las consecuencias son para perder la cabeza, enredados en una espiral que no tiene fin. NO SOMOS PERFECTOS, NO HACE FALTA SER PERFECTOS Y, ¡ATENCIÓN!, LO MEJOR ES SER IMPERFECTOS PERO ACEPTAR NUESTRAS IMPERFECCIONES. Eso es lo que nos puede hacer grandes auténticamente. Todos nos equivocamos, y no pasa nada. Y todos nos enfadamos, y no pasa nada. Y todos tenemos días bajos, y nos vemos feos, y queremos quitarnos o ponernos algo que nos agrada menos de nuestro cuerpo o cara… Todos tenemos dudas, y a todos nos salen espinillas, y se nos cae el pelo (o queremos más o más fuerte o más lo que sea). Somos ángeles y demonios a la vez. Y guapos y feos. Y listos y tontos.

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Lo único que nos queda es solucionar lo que esté en nuestra mano (con la alimentación o entrenando, si, por ejemplo, hablamos de la parte corporal) y, más que nada, aceptar con cariño lo que hay. Trabajar los malos sentimientos para huir de ellos. Acercarnos más al lado de la generosidad y el buen rollismo. Sin exigirnos, sin juzgarnos con dureza.

Una vez le escuché a Nati Mistral una frase definitiva que resume todo esto de lo que hoy quería reflexionar: “Ambiciónalo todo pero confórmate con muy poco”. Por eso, si tu coche, tu casa, tus muebles no son los mejores o lo más nuevos, tranquilo. Ámalos como tuyos que son. Igual que un padre que mira a sus hijos con adoración sean como sean. Y si tu físico no es el más óptimo, no te obsesiones. Cuídate y quien te tenga que querer lo hará por cómo eres por dentro pues, si te juzgan solo por lo de fuera, te aseguro que no te interesa (sé práctico y no supliques cariño).

Marilyn, para terminar, lo tenía muy claro. Ella decía que era una mujer egoísta e impaciente e insegura. Que cometía errores y que era difícil pero que quien no lidiara con ella en lo peor, no merecía lo mejor. Y pensando así aún sigue haciendo perder la cabeza a los hombres de hoy día. A tener en cuenta.

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Los beneficios de la risa

Muchos hombres se ríen poco. Bastante poco. Por eso muchos hombres les resultan a las mujeres (o a otros hombres) aburridos. Porque reírse es sano, necesario, señal de inteligencia, de salud mental. Y aunque el sentido del humor es muy personal (y tendremos que buscar quien coincida con el nuestro), lo cierto es que ponerlo en práctica no trae sino consecuencias positivas sobre nuestro cuerpo (y sobre nuestra mente).
Para empezar, cuando nos reímos de verdad nuestro cerebro libera endorfinas, que tienen un efecto similar a la morfina, y un neurotransmisor cerebral llamado dopamina, relacionado con el bienestar psicológico. Además, disminuyen los niveles de cortisol, hormona conocida como la “hormona del estrés”.En resumen: reírse ayuda a reducir la depresión, el estrés y la angustia. Limpia y ventila los pulmones. Mejora la oxigenación del cerebro y del cuerpo. Regulariza el pulso cardíaco. Relaja músculos tensos. Ayuda a trabajar al aparato digestivo y regula el intestino. Disminuye la presión arterial y… ¡ayuda a quemar calorías! Es más, algunos investigadores dicen que reír 100 veces equivale a 10 minutos de ejercicios aeróbicos (o 15 en bicicleta). Tened en cuenta que riéndonos se mueven alrededor de 400 músculos del cuerpo…

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¿Más? Se fortalecen los lazos afectivos, se genera mayor respuesta del sistema inmunológico frente a la enfermedad, incrementa la autoestima, quita pensamientos negativos y hasta alivia el insomnio al producir una fatiga que se repara con el sueño.
No se sabe por qué algunas personas se ríen más que otras pero el caso es que es una forma de afrontar la vida muy relacionada con el arraigo cultural, las costumbres y las connotaciones sociales. Sea como sea, la risa, conocida como el “aerobic del alma”, hay que practicarla todo lo que se pueda, y más.
Busca programas y películas que la favorezcan, y personas que te ayuden a sentirte bien y pongan “chispa” a tu vida y, por encima de todo, aprende a reírte de ti mismo, a no tomarte las cosas tan en serio, a no sentirte atacado y a saber sacar de cada situación lo mejor y más divertido. Y que no te importe lo que piense nadie por mucho que te rías. Vivirás más y, lo más importante, vivirás mucho mejor.

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Los peligros de las relaciones tóxicas

Todos los días conozco a alguien que ha pasado por una relación tóxica que le ha hecho conocer la cara con menos luces de la vida. Gente que entrega su corazón a alguien a quien ha profesado una auténtica veneración pero que no solo no ha sabido corresponder a dicho sentimiento sino que, al contrario, se ha portado tan mal con esa persona en cuestión que le entregaba su corazón que, con sus reacciones, le ha marcado para siempre. Estas heridas, y lo sé por experiencia, son difíciles de borrar y cuesta mucho, mucho tiempo pero, si se tiene paciencia, logras cerrarlas. Claro que lo ideal sería si no se produjeran aunque para eso habría que reconocer a este tipo de individuos/as lo antes posible y ponerse manos a la obra para huir de ellos como gatos del agua. Sus reacciones son muy similares con lo que atención si las detectáis porque entonces habría que encender la señal de alerta:

  • Si os intentan separar del resto de vuestro entorno (amigos y familia) convenciéndoos de que todos son malos menos quien os hablar de ellos.
  • Si os hacen reflexiones sobre vosotros que suponen un “machaque” sobre vuestra forma de ser, atacándola de continuo y minusvalorándola o si, más grave aún, os insultan.
  • Si sentís que esa persona os raciona el cariño y que no os da lo que creéis merecéis.
  • Si su discurso son continuas críticas y quejas.
  • Si os hacen pensar que todo lo que hacéis lo hacéis mal (o muchas cosas).
  • Si os nacen en vosotros complejos que antes no existían y dudas que antes no teníais.
  • Si os veis aceptando situaciones que no aceptaríais, en conflicto con lo que realmente desearíais y no tenéis, transigiendo con cosas que no os ponen contra vosotros mismos y vuestra forma de pensar.
  • Si os restan más que os suman…

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¡ESAS PERSONAS NO OS CONVIENEN! ¡NO INTERESAN! ¡HAY QUE TACHARLOS DE LA LISTA!

Dice una canción de “la” Pantoja en el disco de Juan Gabriel que ha sacado hace poco… “fui muy feliz aunque con muy poco amor”… ¡NO! Pensemos mejor como Frida (Kahlo) cuando decía… “Yo le duro lo que usted me cuide, yo le hablo como usted me trate y le creo lo que usted me demuestre”. Y cuando no lo veáis claro, cuando algo os empiece a rozar, cortad sin miedo. El problema de la toxicidad es que nos va comiendo terreno cada día y puede que una mañana sea demasiado tarde y el daño, casi irreparable…

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Reflexiones de corazón… sobre el corazón

¿Cómo estáis? Yo muy, muy liado con el trabajo (estoy en Granada haciendo un catálogo) y deseando escribir este post que quería haber publicado el Día de los Enamorados pero que he tenido que guardar hasta hoy para hablaros de algunas cosas que aprendí sobre el amor en los 42 años que tengo y que, para mí, han sido esenciales para entender más de este sentimiento que lleva moviendo a la humanidad desde el principio de los tiempos y que, en la actualidad, veo de forma muy distinta a cuando, por ejemplo, era un adolescente y creía que el amor era eterno (y otras muchas pamplinas más).

 

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Pero no, el amor no solo no es eterno sino que requiere muchos mimos y muchos cuidados que, si no los damos, termina irremediablemente acabándose más pronto que tarde (es dándolos y tampoco hay garantía de nada…). Y más:

  1. No debemos confundir pasión con amor. La pasión es una atracción irrefrenable hacia alguien que no va en paralelo con que esa persona te quiera. La pasión tiene que ver con el deseo sexual, sobre todo, el amor va más en relación con cómo sea una persona y cuánto la admiremos y qué puntos tengamos en común y cómo nos cuide (por eso la canción de “La bella y la bestia” decía aquello de que “el amor está en el corazón).
  2. El amor no exige nada. Es generosidad. No pide nada a cambio. Si tenemos respecto a alguien un objetivo (como el que nos acompañe “para siempre”, que suele ser el más frecuente, para no sentirnos solos) eso, con independencia de que funcione o no, no es amor.
  3. Tenemos el derecho (y el deber) a elegir a quién amamos. No cualquiera nos merece ni debemos vendernos asi como así. Si escogemos nuestra vivienda conforme a unas necesitas y un criterio, ¿cómo no vamos a hacer lo mismo con la persona que queremos tener a nuestro lado?
  4. Que haya amor no significa esa relación pueda ser. Hay amores que, por las circunstancias que sean, no pueden ser. Y punto. No lo intentes porque el límite del amor y el odio es muy frágil y, de no saber gestionar nuestros sentimientos, podemos cruzarlo con un chasquido de dedos.
  5. Cuando hay amor no hay que convencer de nada, ni que comprar, ni que vender. No te pone en tensión, no te hace mal. El amor es fácil.

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Solemos reducir el amor al amor de pareja, y ésta es la conclusión final. Pero el amor también está en lo que sentimos por nuestros amigos, por los animales, por la Naturaleza. No te autodestruyas pensando que eres un fracasado si no estás con novia/a ni te dejes condicionar por nada ni nadie en este sentido. Ama sin buscar metas y, lo primero de todo, ámate a ti mismo. Es el único camino para que amar más que una carga sea un regalo. ¡Suerte!

 

Ese ratito para nosotros…

No hay un día en el que no me encuentre a alguien que me diga lo bien que me ve. Algún amigo que hacía tiempo que no me encontraba o incluso gente con la que nunca había hablado y que, de repente, se interesan por saludarme para comentarme cuánto he cambiado o para preguntarme cuáles son mis “secretos” de entrenamiento o alimentación. Muchas, casi todas esas personas contemplan la posibilidad de hacer ellos lo mismo desde la distancia porque, o no se sienten capaces (falta de voluntad y constancia), o sus complejos les paralizan, o me dicen aquello de “a mí me gustaría pero es que no tengo tiempo”.

Tanto en un caso como en otro siempre insisto en lo importante que es dedicarnos un ratito cada día porque, por muchas cosas que tengamos que hacer, por muchas obligaciones que nos hayamos echado encima, siempre hay posibilidad de parar una o dos horas, durante las que el único y máximo protagonista sea uno mismo, o replantearse una forma de comer más saludable.

Sin reloj, ni móvil, ni trabajo, ni familia, ni amigos. Uno en el sentido más egoísta que queráis pensar pero, a la vez, también en el sentido más generoso porque nada más y nada menos que en la Biblia se indica aquello de “amarás al prójimo como a ti mismo”. Traducción: si nuestra autoestima no está alta, será imposible que desarrollemos hacia otros sentimientos positivos.

¿Que es más fácil y más cómodo estar tumbado en el sofá a ir a hacer alguna actividad física? Por supuesto. ¿Que si no tenemos a los nuestros acostumbrados –si tenemos hijos, por ejemplo-, al principio costará marcar terreno y hacer un paréntesis donde no pueda entrar nada ni nadie? Está claro que sí. ¿Que si nuestra comida es desastrosa nos costará cambiar la rutina? Indudable. Pero que si queremos, podemos, nadie puede cuestionarlo.

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He pasado en tres años de la S a la L. He aumentado masa muscular y reducido grasa muy poco a poco pero sin desfallecer. Cierto que lo mío es un caso un poco extremo porque a mí me gustan los retos difíciles pero lo que cuenta es tenerlos puesto que, conforme vas alcanzando metas, la seguridad en ti misma va creciendo y te vuelves, sin perder la humildad, invencible.

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Hoy, cuando me miro en el espejo, reconozco que no soy perfecto pero, a pesar de ello, ¡me gusto mucho! Soy mi propia obra y estoy orgulloso de lo logrado (y motivado por lo que queda). ¡No te quedes con las ganas e inténtalo al menos! En este blog hay muchas claves para conseguirlo… Os espero.

 

 

La pareja abierta

Si hay algo que está de moda, emocionalmente hablando, es el tema de la pareja abierta que viene a ser, más o menos, el que cada uno se líe con quien le venga en gana que, mientras el otro no se entere, no pasa nada. Luego, en cada caso, se establecen los acuerdos que los miembros de dicha relación consideren oportunos, a saber, no se pueden tener encuentros en la casa común, o no puede repetirse con la misma persona, o hay que hacerlo en unas horas o días concretos… En fin, detalles que casi vienen a quedarse en un segundo o tercer plano cuando lo que de veras importa es que se desvincula el amor del sexo y se considera que, mientras no exista implicación de sentimientos, damos rienda suelta a un instinto animal que, pensándolo en frío (y siempre bajo la óptica de quienes apoyan esta tendencia), tampoco hay que limitarlo siempre al mismo compañero/a.

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Os aseguro que raro es el día que no recibo alguna propuesta de alguien con pareja proponiéndome que tengamos algún rollo. Es más, en las apps para conocer gente encuentras de continuo a muchos/as que se muestran sin ningún tipo de complejo explicando incluso al público que pueda verlos/as su situación y sus intenciones. “Sí, tengo pareja y ella sabe que estoy aquí…”, leí hace poco en un perfil.

¿Está bien? ¿Está mal? Pues yo no me considero juez de nada. Sí os puedo decir que a mí no me gustaría estar con alguien y que se pasara todo el rato desatentado en las redes o en la calle buscando plan. No sé. A lo mejor soy un antiguo pero es algo que me choca y que me parece que, tarde o temprano, termina trayendo malas consecuencias porque no me creo del todo que, en la pareja que practique esto, uno de los dos no sufra algo.

Por otro lado sí es verdad que, basando una unión en una amistad, tal vez lo del no tener que vincularnos en exclusiva a alguien consigue que, una vez que pasa la etapa de la pasión (que siempre pasa), podamos construir de manera más contundente algo más duradero basado en una compañía agradable y que nos cubra las necesidades de cariño que, al final, todos tenemos.

Son opciones. ¿Es mejor esto que una infidelidad en toda regla? Posiblemente. ¿Está todo el mundo preparado para aceptarlo? No creo. Lo que no me cabe duda es que la aceptación social de la pareja abierta va “in crescendo”. ¿Será el concepto de pareja que se terminará imponiendo?

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