Tú tienes el poder

Con frecuencia damos a los demás el poder que realmente tenemos nosotros, sobre todo en lo que a los sentimientos se refiere. Sin embargo, nadie puede hacernos daño si no queremos, nadie entra en nuestra vida si no le abrimos la puerta, nadie comparte nuestro lecho, si no le invitamos. Ya lo dice el refrán: “no ofende quien quiere, sino quien puede”.

El otro día, por ejemplo, me encontré con alguien que, en su momento, me hizo bastante daño, demostrándome la cara más fea del ser humano. Hacía dos años que no lo tenía tan cerca y, de repente, apareció en un bar justo al lado mía. Yo, sorprendentemente, no me inmuté. Ni me molesté, ni me puse nervioso, ni nada de nada. Curioso que esta persona, que tan presente había estado en mi realidad, por la que lo había pasado tan mal -y que tanto me había hechos sufrir-, no despertara en mí ningún sentimiento. Pero así fue. ¿Por qué? Porque YA NO TENÍA EL PODER.

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Hoy, citando otro caso, una amiga me contaba esta mañana que su ex -que se había portado fatal con ella y al que le había dado varias oportunidades-, le había vuelto a pedir un nuevo encuentro que, en principio, iba a producirse. Hasta que de pronto pensó que por qué, que este hombre que tantos quebraderos le ha dado, no merecía volver a verla, ni hablarle ni, sobre todo, merecía la opción a volverle a dañar. Así que, con muy buena actitud, le mandó un mensaje y le dijo que NO, QUITÁNDOLE TODO EL PODER que, hasta ahora, él había tenido.

Cierto que, cuando no estás acostumbrado a imponer tu carácter, separarte de esa dependencia que es que otros te manejen, cuesta un poco. Pero esto es un ejercicio que hay que practicar poco a poco, quitándole protagonismo a quienes nos roban libertad y nos restan energía. Piénsalo: “TÚ NO ME VENCERÁS. YO SOY DUEÑO/A DE MI REALIDAD Y DE MI DESTINO”. Seguro que, si das buenos pasos, llegará el momento en el que serás consciente de que, volviendo al principio, nadie, absolutamente nadie, puede invadir tu terreno… si tú no lo deseas.

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¿Podemos no equivocarnos en el amor?

¡Menuda cuestión!, ¿eh? Yo no me atrevería a decir que es imposible no equivocarse pero sí puedo deciros que es evitable equivocarse muchas veces. Al menos, con la misma cuestión. Ya dependerá de nuestra capacidad de aprendizaje y de las ganas de crecer y de evolucionar que tengamos. Lo que pasa es que, mientras en terrenos profesionales solemos aprender rápido, modificando nuestro comportamiento cuando se hace necesario, en lo emocional nos cuesta más, tropezando una vez tras otra porque, en el fondo, en lo que depende del corazón siempre tenemos la esperanza de que las cosas pueden ser distintas.

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Os pongo un ejemplo. Las drogas somos conscientes de que no son buenas, ¿verdad? ¿Hay que tomarlas para descubrir eso? No. Miramos a los que pasan por ese infierno y sabemos que NO debemos entrar en ellas. Ahora bien, si alguien nos dice algo respecto a una persona que esté en nuestra vida, y que no nos conviene, o nosotros mismos advertimos alguna situación que puede resultarnos perjudicial para nuestro corazón… ¿Intentamos evitar nuestro error o más bien hacemos oídos sordos y nos tiramos al precipicio a cualquier coste?

Como lo mismo es un post un poco obtuso, o no me explico todo lo bien que quisiera, volvamos al punto de partida… Tengo una amiga que, cada vez que se echa un novio nuevo (y suelen ser muchas, porque le duran poco), repite de nuevo el mismo patrón de chico (gente que no le beneficia). ¿Podría evitarlo? Claro. Experiencia, le sobra. ¿Quiere hacerlo? Posiblemente, no. Encima, poco hace el que un amigo, como soy yo, le avise de según qué cosas. En el fondo prefiere otro error al cambio de actitud, con la “crisis” que eso puede suponer el replanteamiento de su “modus operandi” (abandonar una costumbre en cualquier comportamiento, sea la que sea, cuesta).

Como conclusión, me parece que la terquedad no lleva a ningún lado y que, mejor que ir como burros con orejeras, convendría más estar atentos a lo que pasa alrededor. Lo mismo evitaríamos más de cuatro hostias si retirásemos a tiempo la cara.

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Los tiempos en una relación

Yo no sé cuáles son los tiempos en una relación. Supongo que estará estudiado, porque todo se estudia, pero desconozco si a los tres días tienen que pasar no sé qué cosas, o los tres años otras no sé qué. Ojalá existiera una guía para indicarnos si vamos bien o vamos mal en cada momento pero, como no es así, voy a daros mi experiencia porque veo que hay mucha gente que corre mucho y, al final, prisas traen prisas. Eso sí que es seguro.

Os voy a poner un ejemplo. Tengo una amiga que ha conocido a un chico por una aplicación de contactos y, al segundo día, él le estaba diciendo que la amaba. A las dos semanas parecían una pareja que llevaba años y casi a los dos meses, él la ha dejado. Demasiado correr.

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No podemos meter a nadie en nuestra vida en un abrir y cerrar de ojos porque eso, más temprano que tarde, provoca una saturación. Ni hablar por whatsapp sin parar hasta saberlo todo desde el minuto uno. Es como un cólico por atiborramiento, tras el que hay que limpiarse para, al día siguiente, encontrarse mejor. Así que, o nos tomamos las cosas con calma, o estropearemos lo que, con más paciencia, podría haberse convertido en algo bonito.

En este sentido me encanta recordar lo que en “El Principito” hablan el zorro y el propio príncipe, al que el primero insiste en lo importante que es crear una cierta costumbre a la hora del nacimiento de un vínculo emocional. Un día estás. Otro día estás un poco más cerca. Otro un poco más aún. Hasta que te has acostumbrado a que esa persona merodee alrededor tuya y desees que se instale definitivamente como parte de tu entorno cotidiano.

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Esto sería lo ideal. Con naturalidad. Sin impaciencia. Claro que el entorno no propicia eso. Lo queremos todo rápido y ya y, si no conseguimos nuestras metas en un santiamén, forzamos toda la maquinaria para que así sea.

Por eso os propongo que nuestra vida esté llena y plena ya de por sí para que, cuando llegue una nueva persona, vaya haciéndose un hueco de manera progresiva en ella pero sin que eso pase por rellenar un vacío insalvable para ser felices. Y a partir de ahí, paciencia. Ir descubriendo a una persona es apasionante. No te pierdas la oportunidad de hacerlo por querer que todo suceda en un chasquido. Lo que rápido viene, rápido se va.

Lo de dentro sale fuera

¿Cuántas veces habéis escuchado aquello de “la belleza está en el interior”? Es el hilo conductor de “La bella y la bestia” pero, más allá, está en muchísimas canciones, en muchísimos cuentos y, cómo no, en muchísimas otras películas que lanzan ese mensaje tan importante (y tan descuidado también).

En realidad yo creo que, por mucho que se nos diga, siempre es poco porque me da la sensación de que no es algo que se nos meta del todo en la cabeza. Nos empeñamos en cuidar nuestro cuerpo, en vigilar la alimentación, hacernos tratamientos de belleza o comprarnos lo último en ropa en detrimento del crecimiento interior que pasa, para empezar, por saber que casi todo es prescindible, pasajero e innecesario. Partiendo de esa forma de pensar, todo lo que suma y venga después nos parecerá un auténtico regalo y estaremos agradecidos sentimiento que, desde fuera, es de lo primero que se nota en una persona.

The autumn flower of sun flare.

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Porque el agradecimiento es uno de los gestos más positivos que más se reflejan externamente. Y si no, fijaros en quien hace así y veréis que el gesto de su cara es más suave, menos agresivo, más relajado, mucho más sonrientes… En dos palabras, más feliz. Y solo eso ya nos hace transmitir unas energías positivas que, con independencia de si somos mejores o peores físicamente, atrae.

Si a eso le sumamos capacidad de perdonar, empatía con el que tienes enfrente, las menos incoherencias en pensamiento, obras y comportamiento y mucho, mucho sentido del humor, la combinación es imbatible. Son las mejores claves que hay para estar guapos/as. ¿O no os ha pasado de encontraros a alguien que un físico de 10 pero que no gusta? ¿O de alguien que está lejillos de los cánones de belleza -por escribirlo de forma “light”-, y que, sin embargo, os parece atractivo/a?

Esa serenidad que da estar a gusto, no ir por encima de nada pero tampoco por debajo, abrazar lo que aporta y de veras merece la pena, actúa como un foco interior que provoca una luz ante la que pocos pueden resistirse. Por eso no racanees en inversiones de alma porque, si ella es bonita, lo demás estará en armonía. Aunque llegado a ese punto de grandeza el resto siempre ocupará un segundo plano.

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Consecuencias de la falta de respeto

 

Sobre las relaciones humanas hay muchos elementos que debemos tener en cuenta para que sumen y funcionen desde un punto de vista positivo pero uno de los más importantes (y sobre él debemos cimentarlas) es el respeto. Desde el respeto es posible tratar cualquier asunto pero, en el momento en el que lo perdemos, perdemos nuestra fuerza y, por supuesto, la razón. Por eso hay que saber medir muy bien las palabras y los hechos que utilicemos y que realicemos porque, tanto unas como otros, tienen consecuencias a medio o largo plazo.

En este sentido, la ira suele ser bastante mala consejera y suele llevarnos a territorios de los que después es difícil salir. Por eso debemos trabajar mucho en este sentido para evitar perder el control y que lo mismo después podamos arrepentirnos de cosas que, al final, lo que hacen es restarnos y provocar en la/s persona/s que tenemos enfrente incomprensión, daño o, lo peor, rechazo.

Respetar es valorar a los demás. Aceptar sus opiniones y comportamientos, que no pasa siempre por comprenderlos, y entender que cada uno tiene sus tiempos y sus maneras de actuar, equivocadas o no. No se respeta desde la imposición, ni desde la intolerancia, ni desde el insulto. Hay quien piensa que todo lo que dice y hace es lo único y lo mejor, o quien considera que otras personas son menores que él en algún sentido, o quien ataca para evitar ser atacado, pensando que con violencia logrará lo que, en el mismo momento que la usa, empieza a perder. Y luego están los que tienen poca educación, otro mal contra el que es bastante difícil lidiar.

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Por experiencia os digo que cuando uno se encuentra este tipo de gente lo mejor es poner tierra de por medio porque, lo hagas como lo hagas, digas lo que digas, todo será posiblemente fruto de conflicto. De todos modos, si por lo que sea tenéis que mantener un contacto con alguien así, os recomiendo que respiréis con serenidad y que intentéis contar hasta diez, veinte o treinta (lo que sea necesario), antes de entrar en discusiones que, en general, son lo que buscan quienes no están bien porque, equivocadamente, entienden que es el único camino.

¿Qué es lo que no valoran quienes faltan el respeto? Que luego es difícil recuperar la confianza (si no imposible). La confianza tarda mucho en ganarse y solo un segundo en perderse y, una vez que se ha cruzado el límite y se ha perdido el respeto, volver atrás es bastante complicado. Pasa con parejas, con amigos, de padres a hijos y viceversa… Además, quien no da respeto tampoco puede pedirlo con lo que hay que pensarse muy mucho hasta dónde nos interesa y debemos llegar.

Eso sí, lo primero debería ser el respeto por nosotros mismos y ese respeto pasa, lo primero, porque nadie nos falte el respeto. A partir de ahí empieza lo demás con mucho, mucho autocontrol. Más vale eso que estar lamentándose después por mucho tiempo.

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Los colores hablan de nosotros

Tengo una amiga que siempre vestía (ahora ha abierto un poco la paleta de colores) de negro. Y otra de mis amigas suele optar en su armario por un 90 por ciento de prendas grises. Curiosamente, las dos son dos mujeres con muchos conflictos y a las que, según ellas, les cuesta bastante ser felices. Sin embargo, cuando en alguna de las pocas ocasiones en las que lo hacen, apuestan por algo más alegre y vital, parece que la cara se les ilumina, pasando de transmitir pesadumbre y tristeza a aparentar al menos jovialidad.

Hay estudios que afirman que los colores influyen en nuestros estados de ánimo y, a la vez, hablan de ellos. Y yo mismo lo he podido comprobar puesto que ha habido etapas de mi vida -curiosamente en las que me veo peor- en las que mi paleta de tonalidades en la ropa era tan aburrida como yo me sentía entonces. Sea como sea, en líneas generales siempre me han llamado los pasteles (azules, rosas) y, lo que más, el blanco porque, en líneas generales, suelo encontrarme bien y eso mismo es lo que me gusta transmitir. Incluso os diría que, en los últimos tiempos, los flúor han ocupado bastante espacio en mis armarios con lo que, imaginad cómo bulle mi interior…

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Por eso cuando alguien me dice que tiene un día de bajón, si puedo, le recomiendo que intente elegir ropa que colabore en aportarnos esa chispa que, tal vez, en ese instante nos falte. Y os doy unas pequeñas indicaciones al respecto:

-El rojo, naranja y el amarillo incitan a la actividad y dan ánimo, “encienden” energías.

-El verde, el azul y el violeta dan tranquilidad y paz para la mente. Son la Naturaleza, el cielo, la elegancia y constituyen una perfecta elección en entrevistas laborales.

-El blanco y el beige simbolizan la pureza.

-El rosa y el fucsia están asociados a la infancia (y en algún caso a la inmadurez).

-El negro y el gris son los colores del pesimismo y, a la vez, están unidos a la elegancia y a la seriedad.

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¿Que los colores no hacen milagros? ¡No! No los hacen. ¿Que pueden ayudarnos a mejorar emocionalmente? ¡Sin duda! Lo importante es tener la mente abierta a este tipo de cuestiones y aprovechar todos los recursos que tengamos a nuestro alcance para estar lo mejor posible.

Acordaros de la duquesa de Alba, pensad en Ágatha Ruiz de la Prada… ¡Color! ¡Pasión! ¡Ganas de vivir! ¡Ganas de estar como nunca!

Quien no cambia todo, no cambia nada

Mi amiga Consuelo Alcalá (bueno, mi amiga, mi madre espiritual, mi alma querida) tiene frases para todo. Y entre las muchas que me ha dicho a lo largo de nuestra ya extensa y profunda amistad está la que da título a este post: “Quien no cambia todo, no cambia nada”. El cambio es algo a lo que todos nos resistimos porque, en realidad, es molesto. NO NOS GUSTA CAMBIAR.

Fijaros que, por ejemplo, en nuestra habitación o nuestra casa, en general, mantenemos siempre las cosas en los mismos sitios y, en el momento en el que alguien nos las toca, nos descoloca y hasta puede hacernos enfadar. Es más cómodo, mentalmente, tener un orden/desorden concreto, algo que podemos extrapolar a cualquier ámbito de nuestra vida: el trabajo, las relaciones sentimentales, la amistad… ¿Cuántas veces piensas que estás con alguien que no te gusta sin decidirte a cortar esa unión que te desagrada? ¿Por qué soportamos puestos de empleo en los que somos infelices sin atrevernos a empezar de cero? ¿Cuál es la principal barrera para intentar encontrar la felicidad donde realmente pensamos que se encuentra? NOSOTROS MISMOS.

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Sí, así es. Nosotros somos nuestros principales enemigos. Y nuestra resistencia al cambio, una de las peores costumbres. Por eso hoy os propongo el ejercicio de ser un poco más flexibles y, a partir de ahí, ver qué pasa. Es como dar pequeños pasos que, poco a poco, nos lleven a poder correr una maratón. Así que, plantearos qué pasaría si dierais una vuelta a la decoración de vuestro hogar e intentad modificar al menos lo que menos os guste. Permitiros una renovación del armario probando prendas que hasta ahora no os hubierais atrevido a poneros. Separaros de esas personas que os quitan más que os dan.

Advierto que al principio os costará. A lo mejor, mucho. Pero si lo afrontáis con voluntad, de pronto empezaréis a sentir una sensación muy satisfactoria. La que da escuchar a nuestro corazón. Seguir los instintos de nuestra intuición. Tomaréis el timón de vuestro barco y al menos no iréis en direcciones indeseadas. Y eso ya es mucho cuando todo lo que nos rodea intenta, de una forma u otra, esclavizarnos. Haced la prueba y permitiros ser algo más libres. Y probad lo apasionante que es vivir varias vidas en una misma.

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¿Que hoy piensas de una forma y mañana de otra? ¿Qué? ¿Cuál es el problema? ¿Que alguien os diga “Hay que ver lo que has cambiado”? ¡No pasa nada! ¡A mucho orgullo! Cada experiencia nos hace cambiar pero es que, si no lo haces, volverás a cometer los mismo errores una y otra vez… ¡Tú mismo sabrás lo que quieres para ti! ¿Renovación o muerte?

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El sexo no es malo. El sexo es sano

Durante muchos años he pensado que el sexo era una cuestión, para empezar, asociada al amor. Y luego, en cierta medida, algo un poco… ¿sucio? ¿Animal? ¿Bajuno? Bueno, ponedle el adjetivo que os apetezca pero vamos, al final será algo similar a esos que os acabo de referir. ¿Por qué pensaba así? ¿Qué mochila llevaba para que me impidiera entender que el sexo es algo tan natural como comer, dormir o respirar?

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  1. Educación religiosa. No sé si es vuestro caso el haber estado en un colegio de curas o monjas pero, sea como sea, da igual porque en España ha habido un ambiente donde la Iglesia ha impuesto el que el sexo SOLO podía mantenerse en el matrimonio y SOLO con esa misma persona durante toda nuestra vida, castrando nuestros deseos de raíz y convirtiendo a mucha, mucha gente en una reprimida total. Error. El sexo no es pecado. Somos animales, nuestra naturaleza es sexual y no hay nada peor que ir en contra de la esencia de lo que uno es.
  2. Cultura romántica. El romanticismo ha hecho que el sexo solo se conciba en plenitud cuando viene de la mano del amor (que esto del amor sería otro debate) pero… NO ES ASÍ. El sexo, si es bueno, no tiene por qué ir de la mano del amor. De hecho, la mayoría de la gente lo practica así y no hay que sentirse mal. No hay que sentirse mal por conocer a alguien un día y, si surge y te apetece, mantener una relación sexual. No es triste, no es ningún fracaso ni es, como algunos piensan, una forma de mancillar el cuerpo. NO.
  3. Familia y entorno social. Hablar de sexo es un tabú. Nos da vergüenza, nos parece cutre y solo lo reducimos a bromas y poco más pero, volviendo a lo mismo, nos equivocamos. Las cosas se normalizan cuando uno las habla y las trata y las ve con normalidad. No conversar sobre algo que nos gusta no hace sino pudrirlo, transformar sus energías de tanto guardarlo. Yo NUNCA, en 43 años que tengo, he tenido la oportunidad de hablar con mis padres sobre sexo. Como si fuera algo que no existiera. Tuve que descubrirlo solo, sin información, sin otra cosa a la que agarrarme que lo que iba enterándome por ahí. Pero incluso hoy, con mis amigos, lo del sexo no suele estar presente en la misma medida en la que podemos charlar de moda, política, relaciones humanas, viajes o comida. Es considerado algo DE MAL GUSTO.

Un día, de repente, empecé a dejar de tenerle miedo al sexo. Y poco a poco, conforme fui teniendo relaciones sexuales (hasta los 30 años apenas tuve más que las de mis dos parejas y poco más), quité prejuicios de mi mente, decidiendo que, cuando me apetezca -en soledad o con compañía-, en vez de darle la espalda a mis impulsos sexuales (o evitarlos), me dejaré llevar hacia ellos, eso sí, marcando los límites de lo que me gusta y me apetezca, y lo que no. Pero eso lo dejamos para otro post, que no quiero sembrar más escándalos por hoy… Lo que sí os aseguro que, desde que empecé a actuar así, soy mucho más feliz, me siento mejor y me encuentro más joven. ¿A que son suficientes razones para pensárselo?

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El amor no se busca. Te encuentra

Tengo muchas amigas y amigos deseando tener pareja. Salen los fines de semana desesperados con la idea de conocer a alguien y “cazar” un novio (o una novia), buscan por redes sociales y aplicaciones, planean su agenda en función de donde piensen que hay posibilidades de futuribles amores… En fin, que, aunque luego lo nieguen -que a veces lo hacen-, en el fondo ése es su primer y más importante objetivo en la vida.

Lo que posiblemente desconozca la mayoría es que el amor NO SE BUSCA. Y cuando digo que NO, ES QUE NO. Y no por capricho mío sino porque la cuestión emocional no depende de que nosotros queramos sino porque en ella se tienen que dar una serie de circunstancias que no se pueden provocar. Otra cosa es que uno esté receptivo/a a entablar contactos con personas y que, entre alguna de ellas, pueda estar ése/a que nos llene para dar un paso más allá pero por mucho empeño que tengamos, el amor no aparece cuando nosotros queremos sino cuando él lo desea.

En internet, por ejemplo, el sexo suele ser más el objetivo de quienes usan este vehículo para acercarse a otras personas (aunque en sus perfiles pongan otra cosa, lo sexual prima en la mayoría de las citas). Aparte, la artificialidad del medio no ayuda nada, siendo escenario continuo de chascos entre lo que pensábamos (o deseábamos) y la realidad que hayamos.

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Por otro lado, salir con la única intención de enamorarte es lo mismo que comprar un billete con la intención de que te toque el gordo cada vez que intentas lo de la lotería. Con el añadido de que aquí no solo cabe la posibilidad de frustrarte tú sino de que los de tu entorno también sufran lo que, al final, se termina convirtiendo en una ansiedad más. Ayer, por comentaros una situación concreta, la amiga de una amiga apareció por donde estábamos como una posesa deseando solo de tomar copas y, lo fundamental para ella, acercarse al primero que se ponga a tiro para lograr el propósito que nos ocupa. Solo y exclusivamente eso. Quienes estuvieran a su lado, el sitio, la bebida en sí… TODO estaba en un segundo plano y al servicio de su estrategia que, como suele pasarle, acabó en fracaso. Además, a medida que la desesperanza aumenta, el nivel de exigencia, disminuye, terminándonos conformando con quien menos nos hubiéramos imaginado con tal de llegar a nuestra cada vez más inalcanzable meta (ni os imagináis los pintas con los que acaba enganchándose la amiga de mi amiga).

Esto, para ir terminando, deberíamos verlo como cuando hemos perdido algo en casa y, mientras más vamos detrás de ello, menos aparece. Hasta que llega un día en el que, sin saber por qué ni cómo, abrimos un cajón para coger lo que sea y, de pronto, ¡sorpresa! ¡Eso que en su momento no había manera de dar con ello, ahí está, como un regalo del destino, aguardando a ser descubierto! Si el amor lo entendiéramos bajo los mismos parámetros, todo sería mucho más sencillo y más apaciguador para nuestro espíritu. Os lo digo yo.

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La comunicación por whatsapp

Pocos son los que hoy día no usan el teléfono y, por tanto, pocos los que no usan el whatsapp que desde que apareció ha ido ocupando cada vez más terreno hasta tal punto que, en la actualidad, lo usamos más que las llamadas. A mí me provoca sentimientos encontrados porque, como todas las cosas, el whatsapp tiene sus ventajas y sus inconvenientes (para mí tal vez más de estos últimos que de las anteriores). No sé por qué pero muchos inventos que en principio son positivos el mal uso del ser humano acaba por convertirlos en algo negativo pero bueno, eso son otras profundidades…

 

*¿Qué de bueno tiene el whatsapp?

-Nos permite economizar tiempo en mensajes rápidos.

-Nos ayuda a decir lo que en persona tal vez no nos atreveríamos.

-Deja la opción de enviar archivos, fotos… que pueden ser útiles en determinados momentos (o divertidos).

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*¿Qué de malo tiene el whatsapp?

-Nos ha hecho cómodos y, por no hablar con alguien (con lo que supone de merma en relaciones personales), optamos por ampararnos ahí. ¿O no os ha pasado que llamáis a una persona y no lo coge y sí os contesta por whatsapp? Ufff… ¡Qué coraje da!

-Da lugar a muchas confusiones. Al no haber entonaciones, la información va muy sesgada. No sabes si es una broma, si es ironía… En fin… ¡Un desastre que con frecuencia termina con bastantes malos entendidos!

-Engancha… y lo sabéis. Puede generar una dependencia que no es sana y, como consecuencia, niveles de estrés elevados. “Ha leído mi mensaje y no me contesta”… “¿Qué hará conectado a esta hora?”… “¿Con quién estará hablando que siempre está en línea?”…

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Tengo una amiga, Chari, que ha escrito un libro, “Me conformo con verte en línea”, sobre las relaciones por whatsapp y cómo se deben usar los emoticonos y hasta cómo se puede acosar a través de dicha plataforma. Es bastante interesante su trabajo y amplía este post pero, a nivel personal, os haría las siguientes recomendaciones:

 

  1. No saquéis conclusiones precipitadas de los mensajes de whatsapp.
  2. En cuanto penséis que el asunto se pone feo, llamad para aclarar el tema.
  3. No abuséis de su uso. Alternarlo con llamadas.
  4. Intentad emplear los recursos que tiene (tipo caritas) para que el mensaje sea lo más claro posible.

Ésta es mi experiencia pero… ¿cuál es la vuestra? Recordad que ésta es una plataforma interactiva y a mí me encanta que me contéis lo que queráis… ¡Animaros!!!!