El placer de no hacer nada

Hace bastante tiempo que aprendí a disfrutar del placer de no hacer nada y hoy quiero reivindicar eso que hoy día muchos toman casi como un sacrilegio. “Tengo un montón de cosas que hacer”, “Mi agenda está llena de compromisos de aquí a dentro de un mes”, “No tengo tiempo de nada”, son frases bastante comunes y que hemos asumido como “normales”. Porque estamos inmersos en un ritmo vital tan brutal que no nos damos cuenta de hasta qué punto se ha apoderado de nuestra tranquilidad y capacidad de disfrute.

Y además pasa desde pequeños, cuando tenemos a los niños en clases extraescolares, en deportes, música, con los ordenadores, los móviles… etcétera, etcétera, etcétera… Menos jugar y pasar el rato tranquilos con sus amigos, todo. Pero es que lo mismo lo hacemos los adultos. El trabajo, el gimnasio, la casa, el curso de no sé qué, los amigos, salir… Un sin vivir continuo que nos tiene sin respiración y, lo que es peor, con la cabeza loca y, como dicen por ahí, los nervios de punta.

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Sin embargo, no hay que sentirse mal porque, de vez en cuando, dediquemos un día para nosotros, para estar relajados y sin compromisos. Para ver la tele sin tener que estar pendientes del teléfono. Para leer, escuchar música, cocinar sin que toque hacer nada más. Para mirar al cielo o para tumbarnos en la hierba. O para tumbarnos en la cama a mirar el techo sin más pretensiones que ésa.

Eso no tiene comparación con nada y es un pequeño capricho que tendríamos que aprender a darnos, y esto es importante, SIN SENTIRNOS MAL POR ELLO. Haz el ejercicio y verás. Puedes empezar los fines de semana, remoloneando en la cama, desayunando y volviéndote a acostar otra media hora, preparándote un baño sin usar el cronómetro… Cosas así, sencillas, que nos conecten con nosotros mismos y que nos hagan ver que la vida es lo que tú también quieres que sea.

Me moriré sin poder emprender todos los proyectos y aventuras que desearía. Sin viajar todo lo que querría. Sin acceder a la información que mi devoradora curiosidad me pide. Pero, ¿sabéis algo? Me da igual. ¡Respirar paz es algo que no cambio por nada!

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El tabú de la experiencia homosexual

Si no tuviéramos el peso de la tradición, la cultura y la religión, los prejuicios y los complejos, todo, en todos los ámbitos, sería mucho más fácil. Y en el terreno sexual, en concreto, lo pasaríamos mucho mejor. Pero como todo lo que tiene que ver con el sexo es malo, pecado o hay que ocultarlo o reprimirlo, así nos va como nos va.

Hoy quería hablaros de las experiencias homosexuales. No de ser gay o no, que eso es otro tema, sino de que, en algún momento en la vida (o varios), nos pueda apetecer estar con una persona de nuestro mismo sexo. Un tema que me interesa especialmente por los intentos de reafirmación que hacen algunos hombres heterosexuales, sobre todo hombres porque la mujer es bastante más valiente y libre en este sentido, a la hora de plantearse estar con otro hombre.

Para empezar el hetero suele entender que el gay, si le propone algo, le quiere llevar al huerto, vendiendo la acción como algo malicioso o en lo que el gay se aprovechase del otro –o sacara algún beneficio mayor- si se produjera dicho encuentro. “Eso es lo que a ti te gustaría”, o frases del estilo, son bastante frecuentes en este sentido. O, peor aún, el típico “A mí no me gustan los hombres” cuando se usa como barrera para ni siquiera poder plantearse una posibilidad de que eso suceda.

Eso por no citar el “Cuando uno lo prueba, dicen que ya no vuelve atrás” que, en el fondo, es tan ridículo como que lo que está diciendo en realidad es que, lo que hay al otro lado, te va a gustar más que lo que tienes en el tuyo. Vamos, que para qué vas a disfrutar más pudiendo disfrutar solo un poco, ¿no?

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Con esto que os digo no os estoy convenciendo de nada. De nada que no esté tan demostrado y estudiado como que, de nacimiento, el ser humano es bisexual y estaría abierto, en principio, a contactos sexuales diversos. A partir de ahí, puede que a uno no le apetezca afrontar ese paso y no salir de su zona de confort, que no lo necesite, que tenga miedo y su miedo pueda más o, también puede ser, que sea algo que no le apetezca y no le llame.

Sea como sea, no le pongamos puertas al campo. Ni intentemos encajonarnos tanto. Esto de la vida es una vez sola y, lo que nos llevemos, es lo que habrá hecho más o menos rico el camino. Y, por favor, intentad contemplad el sexo sin esa pátina siniestra que se le suele dar y os aseguro que seréis, chicas y chicos, mucho más felices.

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Aprende a enfrentarte a la ira

Cuando se habla de la ira enseguida suele aparecer un sentimiento de negación hacia ella puesto que, como no es algo positivo, parece que debemos rechazar el que forma parte de nosotros. Pero sí, LA IRA FORMA PARTE DE NOSOTROS. Como la alegría, como el llanto, como la pena… Y no pasa absolutamente nada puesto que, hasta cierto punto, un poco de ira es necesaria en ciertas ocasiones. Así que, partamos primero de que HAY QUE ACEPTAR que es humano sentir ira como forma para defendernos y, con ella, fortalecer nuestra conducta. Vamos, que es algo sano y de lo que no tenemos por qué escapar.

¿Cuál es el problema? Que suframos demasiados ataques de ira o que no sepamos controlarla, que pueda más que nosotros y nos lleve hacer o decir cosas que luego, seguro, nos van a hacer sentir mal (o van a repercutir en las relaciones que tenemos con otros). Claro que lo mismo tendríamos que partir sabiendo qué es lo que hace que nos enfademos, cuáles son las situaciones que desencadenan esa reacción (que, en general, suelen ser frustraciones). La injusticia, no llegar a una meta que nos habíamos marcado, que se sobrepasen ciertas normas sociales o, especialmente, cuando los demás no reaccionan o no responden como pensábamos que iban a hacer, solemos responder con ira, esto es, con agresividad, enfado, enojo.

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En realidad, podemos manifestar nuestro enfado con asertividad y contundencia pero sin que eso suponga un ataque y, sobre todo, evitando el que se vuelva contra nosotros mismos. Por eso quienes critican todo no han aprendido a expresar su ira de manera constructiva pero, para ellos (y para todos), voy a dar algunas recomendaciones que pueden ser de mucha utilidad.

  1. Cuando notes que viene ese “mal rollito” interno, intenta relajarte, pensar en algo que te tranquilice y que no te lleve hasta ese territorio.
  2. Cambia la forma de pensar y date cuenta de que el enfado no va añadir nada bueno. Más bien te impedirá pensar con detenimiento y detalle.
  3. Proponte solucionar ese problema que se te ha planteado y encamina tus energías a ese propósito.
  4. Piensa las respuestas y mantén la calma. Tómate tu tiempo. No hay prisa.

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Te aseguro que, con práctica, la ira termina perdiendo poder y, a pesar de que, insisto, no hay que huir, la convivencia con ella se vuelve mucho más agradable. Haz la prueba.

Librarse del qué dirán

Durante muchos años quise agradar a los demás. Darle a cada uno lo que le hiciera sentir a gusto aunque, en muchas ocasiones, lo que a mí me importaba quedaba en un segundo o un tercer plano. En realidad me importaba lo que pudieran pensar o decir de mí y me disgustaba bastante cuando me llegaban críticas injustas o, directamente, comentarios inciertos sobre mi persona. No entendía por qué hay personas que disfrutan con los dimes y diretes, con manipular, gente a la que le gusta inventar, insultar… Y yo, por mi parte, me sentía frágil y vulnerable ante todas esas respuestas. Incluso a nivel emocional, con mis parejas, prefería que no se supiera mucho por temor a lo que eso pudiera generar alrededor.

Poco a poco, con el tiempo, he aprendido varias cosas en relación a esta cuestión y es que, como me dijeron hace poco, si toda esa gente no está en mi casa cuando abro los armarios, ni me da un abrazo cuando lo necesito, ni me ayuda si me hace falta, ¿por qué van a tener derecho a opinar sobre lo que hago o no hago, de con quién estoy o, sobre todo, de cómo soy? ¡No!

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Por eso cada vez me empezó a dar más igual todo eso de “los demás” e, invirtiendo la fórmula, empecé a centrarme, progresivamente, más en mí. Porque si alguien trae negatividad a tu camino, de la manera que sea, mientras antes levantes un muro que te separe de los que son así, mejor. NO LES DES PODER. NO DEJES QUE TE AFECTE un chisme o una injusticia o una mentira. Acepta que hay quien no sabe respetar y habrás adelantado un gran paso. Y que hay muchas cabezas desequilibradas y muchas mentes que no saben lo que piensan y muchos, muchísimos, aburridos/as que, como su vida es vacía, se alimentan de la de los demás.

Al final todo suele ponerse en su sitio por sí solo dejándole estar, siendo mucho mejor que centres tu energía en atraer espíritus positivos, joviales y alegres, que te den tu sitio sin tener tú que pedirlo. Porque esos no te harán sufrir. No te molestarán sin motivos. No buscarán tu mal. Y nada, ríete de las absurdeces y deja que sigan cotilleando a tus espaldas. Mejor eso que causar indiferencia.

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Tú tienes el poder

Con frecuencia damos a los demás el poder que realmente tenemos nosotros, sobre todo en lo que a los sentimientos se refiere. Sin embargo, nadie puede hacernos daño si no queremos, nadie entra en nuestra vida si no le abrimos la puerta, nadie comparte nuestro lecho, si no le invitamos. Ya lo dice el refrán: “no ofende quien quiere, sino quien puede”.

El otro día, por ejemplo, me encontré con alguien que, en su momento, me hizo bastante daño, demostrándome la cara más fea del ser humano. Hacía dos años que no lo tenía tan cerca y, de repente, apareció en un bar justo al lado mía. Yo, sorprendentemente, no me inmuté. Ni me molesté, ni me puse nervioso, ni nada de nada. Curioso que esta persona, que tan presente había estado en mi realidad, por la que lo había pasado tan mal -y que tanto me había hechos sufrir-, no despertara en mí ningún sentimiento. Pero así fue. ¿Por qué? Porque YA NO TENÍA EL PODER.

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Hoy, citando otro caso, una amiga me contaba esta mañana que su ex -que se había portado fatal con ella y al que le había dado varias oportunidades-, le había vuelto a pedir un nuevo encuentro que, en principio, iba a producirse. Hasta que de pronto pensó que por qué, que este hombre que tantos quebraderos le ha dado, no merecía volver a verla, ni hablarle ni, sobre todo, merecía la opción a volverle a dañar. Así que, con muy buena actitud, le mandó un mensaje y le dijo que NO, QUITÁNDOLE TODO EL PODER que, hasta ahora, él había tenido.

Cierto que, cuando no estás acostumbrado a imponer tu carácter, separarte de esa dependencia que es que otros te manejen, cuesta un poco. Pero esto es un ejercicio que hay que practicar poco a poco, quitándole protagonismo a quienes nos roban libertad y nos restan energía. Piénsalo: “TÚ NO ME VENCERÁS. YO SOY DUEÑO/A DE MI REALIDAD Y DE MI DESTINO”. Seguro que, si das buenos pasos, llegará el momento en el que serás consciente de que, volviendo al principio, nadie, absolutamente nadie, puede invadir tu terreno… si tú no lo deseas.

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¿Podemos no equivocarnos en el amor?

¡Menuda cuestión!, ¿eh? Yo no me atrevería a decir que es imposible no equivocarse pero sí puedo deciros que es evitable equivocarse muchas veces. Al menos, con la misma cuestión. Ya dependerá de nuestra capacidad de aprendizaje y de las ganas de crecer y de evolucionar que tengamos. Lo que pasa es que, mientras en terrenos profesionales solemos aprender rápido, modificando nuestro comportamiento cuando se hace necesario, en lo emocional nos cuesta más, tropezando una vez tras otra porque, en el fondo, en lo que depende del corazón siempre tenemos la esperanza de que las cosas pueden ser distintas.

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Os pongo un ejemplo. Las drogas somos conscientes de que no son buenas, ¿verdad? ¿Hay que tomarlas para descubrir eso? No. Miramos a los que pasan por ese infierno y sabemos que NO debemos entrar en ellas. Ahora bien, si alguien nos dice algo respecto a una persona que esté en nuestra vida, y que no nos conviene, o nosotros mismos advertimos alguna situación que puede resultarnos perjudicial para nuestro corazón… ¿Intentamos evitar nuestro error o más bien hacemos oídos sordos y nos tiramos al precipicio a cualquier coste?

Como lo mismo es un post un poco obtuso, o no me explico todo lo bien que quisiera, volvamos al punto de partida… Tengo una amiga que, cada vez que se echa un novio nuevo (y suelen ser muchas, porque le duran poco), repite de nuevo el mismo patrón de chico (gente que no le beneficia). ¿Podría evitarlo? Claro. Experiencia, le sobra. ¿Quiere hacerlo? Posiblemente, no. Encima, poco hace el que un amigo, como soy yo, le avise de según qué cosas. En el fondo prefiere otro error al cambio de actitud, con la “crisis” que eso puede suponer el replanteamiento de su “modus operandi” (abandonar una costumbre en cualquier comportamiento, sea la que sea, cuesta).

Como conclusión, me parece que la terquedad no lleva a ningún lado y que, mejor que ir como burros con orejeras, convendría más estar atentos a lo que pasa alrededor. Lo mismo evitaríamos más de cuatro hostias si retirásemos a tiempo la cara.

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Los tiempos en una relación

Yo no sé cuáles son los tiempos en una relación. Supongo que estará estudiado, porque todo se estudia, pero desconozco si a los tres días tienen que pasar no sé qué cosas, o los tres años otras no sé qué. Ojalá existiera una guía para indicarnos si vamos bien o vamos mal en cada momento pero, como no es así, voy a daros mi experiencia porque veo que hay mucha gente que corre mucho y, al final, prisas traen prisas. Eso sí que es seguro.

Os voy a poner un ejemplo. Tengo una amiga que ha conocido a un chico por una aplicación de contactos y, al segundo día, él le estaba diciendo que la amaba. A las dos semanas parecían una pareja que llevaba años y casi a los dos meses, él la ha dejado. Demasiado correr.

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No podemos meter a nadie en nuestra vida en un abrir y cerrar de ojos porque eso, más temprano que tarde, provoca una saturación. Ni hablar por whatsapp sin parar hasta saberlo todo desde el minuto uno. Es como un cólico por atiborramiento, tras el que hay que limpiarse para, al día siguiente, encontrarse mejor. Así que, o nos tomamos las cosas con calma, o estropearemos lo que, con más paciencia, podría haberse convertido en algo bonito.

En este sentido me encanta recordar lo que en “El Principito” hablan el zorro y el propio príncipe, al que el primero insiste en lo importante que es crear una cierta costumbre a la hora del nacimiento de un vínculo emocional. Un día estás. Otro día estás un poco más cerca. Otro un poco más aún. Hasta que te has acostumbrado a que esa persona merodee alrededor tuya y desees que se instale definitivamente como parte de tu entorno cotidiano.

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Esto sería lo ideal. Con naturalidad. Sin impaciencia. Claro que el entorno no propicia eso. Lo queremos todo rápido y ya y, si no conseguimos nuestras metas en un santiamén, forzamos toda la maquinaria para que así sea.

Por eso os propongo que nuestra vida esté llena y plena ya de por sí para que, cuando llegue una nueva persona, vaya haciéndose un hueco de manera progresiva en ella pero sin que eso pase por rellenar un vacío insalvable para ser felices. Y a partir de ahí, paciencia. Ir descubriendo a una persona es apasionante. No te pierdas la oportunidad de hacerlo por querer que todo suceda en un chasquido. Lo que rápido viene, rápido se va.

Lo de dentro sale fuera

¿Cuántas veces habéis escuchado aquello de “la belleza está en el interior”? Es el hilo conductor de “La bella y la bestia” pero, más allá, está en muchísimas canciones, en muchísimos cuentos y, cómo no, en muchísimas otras películas que lanzan ese mensaje tan importante (y tan descuidado también).

En realidad yo creo que, por mucho que se nos diga, siempre es poco porque me da la sensación de que no es algo que se nos meta del todo en la cabeza. Nos empeñamos en cuidar nuestro cuerpo, en vigilar la alimentación, hacernos tratamientos de belleza o comprarnos lo último en ropa en detrimento del crecimiento interior que pasa, para empezar, por saber que casi todo es prescindible, pasajero e innecesario. Partiendo de esa forma de pensar, todo lo que suma y venga después nos parecerá un auténtico regalo y estaremos agradecidos sentimiento que, desde fuera, es de lo primero que se nota en una persona.

The autumn flower of sun flare.

The autumn flower of sun flare.

Porque el agradecimiento es uno de los gestos más positivos que más se reflejan externamente. Y si no, fijaros en quien hace así y veréis que el gesto de su cara es más suave, menos agresivo, más relajado, mucho más sonrientes… En dos palabras, más feliz. Y solo eso ya nos hace transmitir unas energías positivas que, con independencia de si somos mejores o peores físicamente, atrae.

Si a eso le sumamos capacidad de perdonar, empatía con el que tienes enfrente, las menos incoherencias en pensamiento, obras y comportamiento y mucho, mucho sentido del humor, la combinación es imbatible. Son las mejores claves que hay para estar guapos/as. ¿O no os ha pasado de encontraros a alguien que un físico de 10 pero que no gusta? ¿O de alguien que está lejillos de los cánones de belleza -por escribirlo de forma “light”-, y que, sin embargo, os parece atractivo/a?

Esa serenidad que da estar a gusto, no ir por encima de nada pero tampoco por debajo, abrazar lo que aporta y de veras merece la pena, actúa como un foco interior que provoca una luz ante la que pocos pueden resistirse. Por eso no racanees en inversiones de alma porque, si ella es bonita, lo demás estará en armonía. Aunque llegado a ese punto de grandeza el resto siempre ocupará un segundo plano.

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Consecuencias de la falta de respeto

 

Sobre las relaciones humanas hay muchos elementos que debemos tener en cuenta para que sumen y funcionen desde un punto de vista positivo pero uno de los más importantes (y sobre él debemos cimentarlas) es el respeto. Desde el respeto es posible tratar cualquier asunto pero, en el momento en el que lo perdemos, perdemos nuestra fuerza y, por supuesto, la razón. Por eso hay que saber medir muy bien las palabras y los hechos que utilicemos y que realicemos porque, tanto unas como otros, tienen consecuencias a medio o largo plazo.

En este sentido, la ira suele ser bastante mala consejera y suele llevarnos a territorios de los que después es difícil salir. Por eso debemos trabajar mucho en este sentido para evitar perder el control y que lo mismo después podamos arrepentirnos de cosas que, al final, lo que hacen es restarnos y provocar en la/s persona/s que tenemos enfrente incomprensión, daño o, lo peor, rechazo.

Respetar es valorar a los demás. Aceptar sus opiniones y comportamientos, que no pasa siempre por comprenderlos, y entender que cada uno tiene sus tiempos y sus maneras de actuar, equivocadas o no. No se respeta desde la imposición, ni desde la intolerancia, ni desde el insulto. Hay quien piensa que todo lo que dice y hace es lo único y lo mejor, o quien considera que otras personas son menores que él en algún sentido, o quien ataca para evitar ser atacado, pensando que con violencia logrará lo que, en el mismo momento que la usa, empieza a perder. Y luego están los que tienen poca educación, otro mal contra el que es bastante difícil lidiar.

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Por experiencia os digo que cuando uno se encuentra este tipo de gente lo mejor es poner tierra de por medio porque, lo hagas como lo hagas, digas lo que digas, todo será posiblemente fruto de conflicto. De todos modos, si por lo que sea tenéis que mantener un contacto con alguien así, os recomiendo que respiréis con serenidad y que intentéis contar hasta diez, veinte o treinta (lo que sea necesario), antes de entrar en discusiones que, en general, son lo que buscan quienes no están bien porque, equivocadamente, entienden que es el único camino.

¿Qué es lo que no valoran quienes faltan el respeto? Que luego es difícil recuperar la confianza (si no imposible). La confianza tarda mucho en ganarse y solo un segundo en perderse y, una vez que se ha cruzado el límite y se ha perdido el respeto, volver atrás es bastante complicado. Pasa con parejas, con amigos, de padres a hijos y viceversa… Además, quien no da respeto tampoco puede pedirlo con lo que hay que pensarse muy mucho hasta dónde nos interesa y debemos llegar.

Eso sí, lo primero debería ser el respeto por nosotros mismos y ese respeto pasa, lo primero, porque nadie nos falte el respeto. A partir de ahí empieza lo demás con mucho, mucho autocontrol. Más vale eso que estar lamentándose después por mucho tiempo.

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Los colores hablan de nosotros

Tengo una amiga que siempre vestía (ahora ha abierto un poco la paleta de colores) de negro. Y otra de mis amigas suele optar en su armario por un 90 por ciento de prendas grises. Curiosamente, las dos son dos mujeres con muchos conflictos y a las que, según ellas, les cuesta bastante ser felices. Sin embargo, cuando en alguna de las pocas ocasiones en las que lo hacen, apuestan por algo más alegre y vital, parece que la cara se les ilumina, pasando de transmitir pesadumbre y tristeza a aparentar al menos jovialidad.

Hay estudios que afirman que los colores influyen en nuestros estados de ánimo y, a la vez, hablan de ellos. Y yo mismo lo he podido comprobar puesto que ha habido etapas de mi vida -curiosamente en las que me veo peor- en las que mi paleta de tonalidades en la ropa era tan aburrida como yo me sentía entonces. Sea como sea, en líneas generales siempre me han llamado los pasteles (azules, rosas) y, lo que más, el blanco porque, en líneas generales, suelo encontrarme bien y eso mismo es lo que me gusta transmitir. Incluso os diría que, en los últimos tiempos, los flúor han ocupado bastante espacio en mis armarios con lo que, imaginad cómo bulle mi interior…

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Por eso cuando alguien me dice que tiene un día de bajón, si puedo, le recomiendo que intente elegir ropa que colabore en aportarnos esa chispa que, tal vez, en ese instante nos falte. Y os doy unas pequeñas indicaciones al respecto:

-El rojo, naranja y el amarillo incitan a la actividad y dan ánimo, “encienden” energías.

-El verde, el azul y el violeta dan tranquilidad y paz para la mente. Son la Naturaleza, el cielo, la elegancia y constituyen una perfecta elección en entrevistas laborales.

-El blanco y el beige simbolizan la pureza.

-El rosa y el fucsia están asociados a la infancia (y en algún caso a la inmadurez).

-El negro y el gris son los colores del pesimismo y, a la vez, están unidos a la elegancia y a la seriedad.

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¿Que los colores no hacen milagros? ¡No! No los hacen. ¿Que pueden ayudarnos a mejorar emocionalmente? ¡Sin duda! Lo importante es tener la mente abierta a este tipo de cuestiones y aprovechar todos los recursos que tengamos a nuestro alcance para estar lo mejor posible.

Acordaros de la duquesa de Alba, pensad en Ágatha Ruiz de la Prada… ¡Color! ¡Pasión! ¡Ganas de vivir! ¡Ganas de estar como nunca!