Comer cuando viajas…

Inauguro el mes de octubre con un nuevo “post” y un nuevo viaje a Madrid. Me encanta ir a esta ciudad porque siempre es una experiencia apasionante relacionada con algo cultural como, por ejemplo, el estreno de “Cabaret”, al que me ha invitado mi querido Dani Mejías. Pero también voy a acercarme a conocer el espectáculo del “Mago pop”, a ver la nueva función de Antonia San Juan y a entrevistar a una de esas artistas a las que siempre he querido conocer y que la vida, generosa siempre conmigo, me ha puesto en el camino: ¡la gran Gloria Trevi! Eso más los encuentros con amigos junto a los que es un placer coincidir… y comer… ¡Gran problema sobre el que me pregunta todo el mundo cada vez que empieza una dieta o en relación a la mía propia! ¿Cómo lo haces cuando sales? ¡En la calle es IMPOSIBLE mantener la alimentación!

Volvamos a convertir lo imposible en POSIBLE y organicemos, a nivel de comidas, una jornada normal fuera de casa. Lo primero, el desayuno, no tiene mayor inconveniente. Yo suelo hacerlo en los hoteles y me gusta que sea contundente, para que me aporte energía durante el día. Así, zumo de naranja, té con leche (o café con leche), huevos revueltos, mi tostada con queso blanco y pavo o mi cuenco de cereales con frutos secos (nueves y pasas) y yogur desnatado y un platito de fruta. ¡Listo!

Para las comidas intermedias siempre me agencio una barrita proteínica (o dos, en función de lo que tena que moverme) o un batido de proteínas que lleve en una bolsita. A unas malas, puedes pararte en cualquier “chino” y comprarte un paquetito de lonchas de pavo. Incluso, si se tercia, cambio lo anterior por media tostada con bastante melva o atún y tomate y otro zumo de naranja.

En cuanto al almuerzo tampoco existe mayor complicación mientras que la combinación sea de más proteínas y menos hidratos. Un plato con un poco de arroz o patata (no frita, claro) y algo de carne (pollo, pavo) o pescado que no tenga demasiada salsa de nada y una ensalada. No nos engañemos. Eso lo tiene cualquier restaurante o, mucho más, cualquier bufé (EVITEMOS EL POSTRE).

Por último, la cena que, tal vez, es el punto más complejo puesto que, en compañía, no pega cenar demasiado ligero. Pero bueno, un buen atún a la plancha con ensalada no está nada mal. O imaginemos que vamos a un sitio de comida rápida… ¿Hamburguesa? ¡NO! (salvo si es tu cena o almuerzo libre) ¿Pizza? ¡MENOS! Sé que las ensaladas no son el fuerte aquí pero es lo menos malo de todo con lo que… ¡VERDE que te quiero VERDE!

Otra cosita… Cuidado con las bebidas azucaradas y con el alcohol… Sus consecuencias, en muchos sentidos, ¡pueden ser nefastas!
Y vosotros diréis, estando en Madrid… ¿qué pasa con un cocidito madrileño? ¿O un bocata de calamares? Es lo de siempre… ¿Prefieres cuidarte de verdad o hacemos las cosas a medias?

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Ese dulce veneno llamado azúcar

Hay advertencias que, por mucho que se hagan, parece que no valen con lo que yo he llegado a la conclusión que, o estamos ciegos y sordos porque nos da la gana, o somos mucho más bobos de lo que nos podamos creer. Sabemos que es peligroso conducir usando el teléfono, y lo hacemos. Somos conscientes de que hay personas que no nos merecen, y las mantenemos a nuestro lado. Y, en cuanto a la comida, se ha repetido hasta la saciedad lo dañina que es el azúcar y, sin embargo, ahí seguimos, tomándola a diestro y siniestro.

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Lo mismo todavía no nos hemos enterado de que el azúcar es tan nefasta que muchos médicos la consideran el “alimento del cáncer” y, aunque en esto hay diferentes teorías, lo que es cierto es que, como mínimo, interviene en la producción y en el aceleramiento, en los casos sobre todo de sobrepeso, de ciertos tumores como el de cólon o páncreas. O que incide en la caída del pelo, irrita la piel, provoca caries, da hipertensión, mareos, insomnios, alergias…
Claro que el gran problema de este producto es el enganche que provoca, tan difícil de superar que genera en el organismo y que podría asemejarse a la de drogas como la cocaína. ¿Cuántas veces habéis dicho o escuchado aquello de “si no termino el almuerzo o la cena con algo dulce, parece que me falta algo”? ¿No conocéis el caso de alguien que cada vez le eche más cucharadas de azúcar al café o consuma dulces in crescendo? Es decir: ADICCIÓN en ESTADO PURO.
Yo recuerdo que de pequeño merendaba un vaso de leche grande con magdalenas de chocolate que metía, una detrás de otra, hasta que quedaban completamente absorbidas por el blanco líquido. Y, a partir de ahí, de todo. Helados, galletas, leche condensada, golosinas, bizcochos, cremas… Hasta que un día decidí dejar mi dulce “amiga”. Así, de forma radical. Como cuando uno deja de fumar de la noche a la mañana.

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Me costó, pasé mi correspondiente “mono” (y lo sigo pasando porque uno no deja del todo de ser nunca “yonqui” del azúcar), pero en la actualidad controlo la necesidad imperante de consumirla. Lo que pasa es que al mercado le interesa que consumamos todo lo que la lleve porque, con eso de la adicción, se garantiza consumidores fieles. Pero ahí hemos de estar nosotros, con nuestra fuerza de voluntad, para evitarla en la medida de lo posible.
Cambiarla por chocolate con más del 70 por ciento de cacao (sin pasarse tampoco), es una manera de engañar al cerebro. Porque, al final, como en el resto de cosas, todo está en la cabeza. Desde el sexo al amor, desde las apetencias a lo que nos repele. Trabajemos para que el azúcar vaya perdiendo fuerza y, paradójicamente, ganaremos salud, evitando que la grase aumente y garantizando un organismo más en armonía. Merece la pena.

¿Tres? ¿Cinco? ¿Seis comidas al día?

Es cinco de septiembre. Ya hemos vuelto al trabajo y a la rutina y, después del “shock” inicial, hay que replantearse en serio el tan traído y llevado tema de la alimentación. Claro que todo depende de lo que uno quiera conseguir en cuanto a su físico pero, si queremos estar bien en general (y aquí incluyo también la piel y la mente), TODO PASA por lo que COMEMOS (otra cosa es prepararse para muscular, que requiere una dieta mucho más estricta (y aburrida) que apenas permite excepciones).
En mi caso, al haber tenido como sabéis una infancia y adolescencia “rellenita”, ese referente ha hecho que, desde que casi tengo uso de la razón, la comida haya sido un tema recurrente para mí. Es más, en los primeros años de gimnasio –durante los que estaba bastante delgado-, mis monitores insistían en que comiera más y mejor para obtener mejores resultados pero, terco que era, yo pensaba que eso repercutiría en kilos de más. ERROR. Aunque no lo parezca, lo que engorda no es comer MÁS sino comer MAL.

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Hay muchas teorías en relación a las tomas que debemos hacer a lo largo del día. Están los que piensan que con tres es suficiente. Otros hablan de seis o de que, al contrario, solo debemos hacerlo cuando el cuerpo nos lo pida. Pero lo más extendido –y lo que personalmente prefiero-, son las cinco comidas, a saber, desayuno, media mañana, mediodía, media tarde y noche. ¿Por qué? Muy sencillo. El organismo es una maquinaria perfecta que entiende que, si no tiene alimentos que lo mantengan, guardará la grasa hasta el final para proteger los órganos vitales. Sin embargo, si cada dos horas y media o tres le aportamos algo nuevo, su mecanismo se acelerará y quemará los sobrantes en nuestro cuerpo mucho más y más rápidamente. Es decir, somos un motor que funcionará mejor mientras más gasolina le echemos (sin pasarnos en las cantidades, claro).

Sé que para muchos es “IMPOSIBLE” levantarse y desayunar (eso suelen decir los que no están acostumbrados). O a media mañana parar para tomarse un sándwich o manzana. O merendar un yogur o una fruta. Pero recordemos: el ser humano es un animal de COSTUMBRES. Por eso, la constancia, el poco a poco, acabará dando resultado y el apetito, nacerá. Con esta táctica, los más gorditos no pasarán hambre y, si la ejecutan mezclada con una buena dieta, bajarán peso y los más delgados, yendo un ratito al gimnasio o haciendo algún tipo de deporte o actividad física, irán transformando grasa en masa muscular. Es cuestión de decidirse y empezar, por qué no, hoy mismo.

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Cena bien, amanece mejor

La cena es, tal vez, la comida más complicada del día porque es cuando ya hemos terminado de trabajar y cuando tenemos tiempo para relajarnos y también, por qué no, para que el apetito se despierte al estar menos entretenidos con otras distracciones. Por eso hay que tener mucho cuidado puesto que, si nos pasamos (al reducir, como digo, nuestra actividad), corremos el riesgo de que se convierta en una aliada de nuestros odiados “michelos”, “flotadores” y demás desagradables adiposidades.
Así que, para empezar, tened claro que HIDRATOS aquí… ¡NO! Es decir: NO PATATAS, NO PASTA, NO ARROZ, NO PAN. Centraros en las proteínas y en las verduras e intentad que sea algo ligerito para evitar engordar más de la cuenta (y, además, para dormir mejor por lograr de esta forma una digestión más liviana). Ya hablaremos más largo y tendido de alimentación en general pero hoy quiero compartir con vosotros la cena que acabo de preparar y que, muy sencilla, contiene lo justo para que esté equilibrada de calorías y para que no nos deje con hambre (otro tema es la ANSIEDAD, de la que también charlaremos). ¡Son tantas cosas y es tan solo el principio!
Bueno, al tema que quema… MERLUZA con ALBAHACA y ENSALADA. Sé que no me he quebrado la cabeza pero es que, en lo sencillo, está lo mejor. Por eso he puesto en la sartén un filete de merluza de unos 250 gramos con sal y albahaca. Le he dado varias vueltas, hasta que se ha dorado un pelín, y lo he servido en el plato donde tenía ya lista la ensalada (que, por cierto, he hecho con lechuga, espárragos, tomate seco –me encanta-, y unas poquitas de pasas, todo aliñado con sal, aceite y vinagre de módena). Para decorar, y emplearlo luego con la merluza, claro, un gajito de limón que le dé sabor y… ¡listo!
Reconozco que este pescado en concreto no es santo de mi devoción pero especiado y con el limón cambia un poco y, si lo mezclas con la ensalada, llega a estar hasta rico. En cuanto a la bebida, opta por algo que no tenga gases ni azúcares. Personalmente te recomiendo el té soluble que venden en MERCADONA y que tú mismo preparas con agua (dos sobres por litro pero, si echas un poco menos de agua, sabe más). Es dietético y diurético y encima, como es té, le va estupendo a la piel. Para mí es un imprescindible en mi cocina y todo el que lo prueba, lo termina comprando…
Una vez cenados, tranquilidad. No penséis en nada que pase por el frigorífico que no sea agua. Llegar a la cama con este sabroso plato hará que, por la mañana, amanezcamos mucho más “planitos” por lo que, el sacrificio, merece la pena…

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Desayuna como un rey

Ya lo afirma el dicho: “Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo”. Una aproximación bastante sabia a lo que debe ser el ritual de la alimentación sobre el que hay tantas teorías que, al final, lo mejor es hacer lo que a uno le funcione. Yo, entre tres y cinco comidas (o seis), opto por esta última opción porque es una manera de tener el sistema digestivo activo y de que no acumule grasas. Tened en cuenta que las grasas son una reserva que se mantendrá HASTA EL FINAL porque es la manera que tiene el organismo de protegerse (preservan los órganos vitales). Así que, si le das a entender a tu cuerpo que no le faltará la comida, cada tres o cuatro horas, acumulará la grasa justa y necesaria (ya profundizaremos en este sentido).

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Sea como sea, el desayuno es la comida en la que más licencias nos podemos permitir y, dentro de esto, os recomiendo la AVENA como una alternativa en la que están presentes los hidratos pero también las proteínas. Un puñadito con leche o zumo y edulcorante (PROHIBIDO EL AZÚCAR), es una manera excelente de dar la bienvenida al día. Si además le pones unas poquitas de nueces y, aparte, tomas alguna fruta… ¡No habrá quien pueda contigo! ¡HAZ LA PRUEBA!

IMPORTANTE: No por no desayunar, o tomarte un café con leche solo, adelgazas porque comer no es engordar. COMER MAL (O NO COMER), ¡SÍ!