El perdón te hace fuerte y te libera

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Cuando alguien nos hace una faena, uno de los momentos posteriores más difíciles es perdonar. Y, mientras más grande y fea sea la “jugada”, más complicado nos resulta concederle nuestro perdón. Aun sabiendo que el perdón, libera -y que perdonando somos más fuertes- suele costar llegar hasta esa paz puesto que, los sentimientos de rabia, ira, rencor, minan bastante el camino.

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Ayer estuve viendo “La guerra del Planeta de los Simios” y en ella, sin contaros demasiado, hay una escena en la que el protagonista, frente a frente con su enemigo, debe decidir si perdonarlo o no. Se ve cómo sufre, cómo lucha contra él mismo -sudando y con gesto de odio absoluto- y cómo pasa ese instante de máxima tensión hasta llegar a la conclusión de que, en el fondo, el otro individuo no merecía la pena. Justo en ese instante, las energías cambian.

Todos tenemos experiencias en ese sentido y todos, al menos a mí me pasa, nos vemos en laberintos emocionales sin salida en los que pensamos enfadados, una vez tras otra, cómo vengarnos del daño que nos han causado. Yo mismo me he visto en una de esas vivencias y reconozco que lo he pasado muy mal porque, sabiendo cuál era la salida, no la encontraba. Hasta que vislumbré –como en la película- que mi malhechor es un ser humano miserable, inmaduro y malvado que me ha dejado mal regusto en el paladar vital pero que no puede arruinar el resto de sabores ricos ni convertirme, posiblemente, en lo que él es.

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A partir de ahí cada vez lo contemplaba con más distancia, aislándolo de todo lo bueno que tengo alrededor y concluyendo que, al final, es una desgraciada alma triste para la que no tengo más lugar que unos recuerdos que, poco a poco, van siendo cada vez más vagos. Es más, todo lo negativo que me dejó lo he ido relativizando, dando las gracias por unas lecciones vitales que, en la medida de mis fuerzas, me ayudarán a no verme en las mismas. Supongo que sus circunstancias (y las mías) le llevaron a actuar como actuó pero, sinceramente, eso es algo que ya no me interesa saber. Perdoné y punto.

Claro que luego viene la segunda parte: el perdón a uno mismo. Éste es más difícil porque es cuando empiezas a machacarte y a pensar: “¿Por qué consentí esto o aquello?” o “¡Qué tonto he sido!” o cosas así. Pero es que todos fallamos. Y a todos nos la dan. Y todos estamos expuestos a un desengaño que, en nuestra mano o no, pasó como tuvo que pasar. Un instante delicado que debemos superar siendo generosos con nosotros y concluyendo en que no nos lo merecíamos pero que si sucedió de esa manera era porque algo debíamos aprender. Un punto y aparte necesario en todo camino y que, utilizando la bondad como terreno sobre el que pisar, nos enriquece sobremanera. Perdona, perdónate y continúa. Es la mejor opción.

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