No somos (ni debemos ser) perfectos

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Que estamos en una sociedad donde, los niveles de perfección que se nos piden, son apabullantes. En todos los sentidos. Ya sea en modos de vida como en formas de ser como, por supuesto, físicamente. Por un lado, al mercado le interesa que pensemos así porque de esta forma nos estarán vendiendo de continuo artículos a través de los que lograr esa perfección (que, en función de ese mensaje, al ser lo más de lo más nos llevaría a la felicidad más absoluta): muebles, coches, pisos, productos de belleza, libros de autoayuda… Por otra parte, mientras nos concentremos en eso de ser perfectitos no pensaremos en cuestiones de veras importantes como los desastres políticos que, en otros momentos históricos, ya habrían producido más de una y más de dos revoluciones.

Así que, para empezar, deberíamos trabajar el no entrar en ese juego (o hacerlo lo menos posible) puesto que las consecuencias son para perder la cabeza, enredados en una espiral que no tiene fin. NO SOMOS PERFECTOS, NO HACE FALTA SER PERFECTOS Y, ¡ATENCIÓN!, LO MEJOR ES SER IMPERFECTOS PERO ACEPTAR NUESTRAS IMPERFECCIONES. Eso es lo que nos puede hacer grandes auténticamente. Todos nos equivocamos, y no pasa nada. Y todos nos enfadamos, y no pasa nada. Y todos tenemos días bajos, y nos vemos feos, y queremos quitarnos o ponernos algo que nos agrada menos de nuestro cuerpo o cara… Todos tenemos dudas, y a todos nos salen espinillas, y se nos cae el pelo (o queremos más o más fuerte o más lo que sea). Somos ángeles y demonios a la vez. Y guapos y feos. Y listos y tontos.

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Lo único que nos queda es solucionar lo que esté en nuestra mano (con la alimentación o entrenando, si, por ejemplo, hablamos de la parte corporal) y, más que nada, aceptar con cariño lo que hay. Trabajar los malos sentimientos para huir de ellos. Acercarnos más al lado de la generosidad y el buen rollismo. Sin exigirnos, sin juzgarnos con dureza.

Una vez le escuché a Nati Mistral una frase definitiva que resume todo esto de lo que hoy quería reflexionar: “Ambiciónalo todo pero confórmate con muy poco”. Por eso, si tu coche, tu casa, tus muebles no son los mejores o lo más nuevos, tranquilo. Ámalos como tuyos que son. Igual que un padre que mira a sus hijos con adoración sean como sean. Y si tu físico no es el más óptimo, no te obsesiones. Cuídate y quien te tenga que querer lo hará por cómo eres por dentro pues, si te juzgan solo por lo de fuera, te aseguro que no te interesa (sé práctico y no supliques cariño).

Marilyn, para terminar, lo tenía muy claro. Ella decía que era una mujer egoísta e impaciente e insegura. Que cometía errores y que era difícil pero que quien no lidiara con ella en lo peor, no merecía lo mejor. Y pensando así aún sigue haciendo perder la cabeza a los hombres de hoy día. A tener en cuenta.

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