El dolor es inevitable; sufrir, opcional

Acabo de ver en el cine la nueva película de Will Smith, “Belleza oculta”, un drama sobre cómo afecta el fallecimiento de una hija a un padre que triunfaba en su trabajo como publicista y que, de pronto, ve que la vida le da un fuerte palo del que no consigue recuperarse. A partir de ahí, el argumento plantea una serie de reflexiones que tienen a la muerte, el tiempo y el amor como hilo conductor y que, sobre todo, habla de eso que muchas veces había leído y que hoy he visto más claro que nunca: “el dolor es inevitable pero sufrir, opcional”.

Y es que, cuando las cosas nos van mal, cuando recibimos una mala noticia (la enfermedad o el fallecimiento de alguien querido), cuando una relación se rompe o sufrimos una decepción de alguien querido, cuando una amistad se rompe o una persona no se porta bien conmigo, tendemos a sufrir en exceso y hasta a recrearnos en el sufrimiento creyendo que somos los únicos a los que nos pasa eso o recreándonos en la mierda para, en el fondo, no salir de ella.

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La vida, por infinidad de razones, no es bonita pero, mientras estemos aquí, tenemos la obligación de vivirla con optimismo, esperanza, ganas y alegría. Por nosotros, lo primero, y por todos los que no tienen la misma oportunidad, también. Eso, el personaje que interpreta Will Smith, parece olvidarlo y encerrado en sí mismo se enfada con sus compañeros de trabajo, con su familia… Con el mundo por una pérdida por la que es normal que se sienta muy mal.

Ahora bien, ¿dónde está el límite? Precisamente ahí. En creer que la culpabilidad está en todos y todo. En negarse la posibilidad de volver a ser feliz. En, como en “El principito”, pensar que, porque una rosa nos pinchara, hay que renunciar al resto de las rosas. ¡NO! Lo que nos ha tocado es esto. Una realidad dual. Con luces y sombras. Con bondad y maldad. Con experiencias que no desearíamos a nadie y con otras que casi parecen milagros del destino.

Hace dos veranos estuve en el lado más oscuro que había conocido antes pero en ningún momento tuve intención de quedarme ahí. El desamor y la mala hierba no pudieron conmigo. Me dolió y sufrí hasta que me di cuenta que esto último no merecía la pena. El dolor, poco a poco, se ha ido yendo y, en su lugar, el amor ha inundado mi corazón. No es un ejercicio sencillo pero tampoco imposible. Inténtalo.

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