¡Qué desagradables son los calambres!

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Desde siempre he tenido bastantes calambres, sobre todo en los gemelos (que es la parte de mi cuerpo que, sin esfuerzo, más he tenido desarrollada muscularmente). Cierto es que ha sido por épocas y que lo mismo he estado un tiempo sin sufrirlos que de repente me han dado unos cuantos seguidos. Suele ser por la noche cuando más me ha pasado, estando dormido, que se me engarrota el músculo de forma muy fuerte y tengo que saltar de la cama para dar unos cuantos saltos y que se me vuelva a poner en su sitio, dejándome de doler. Igual cuando estiro me pasa que, en especial en la planta de los pies, se me quedan los dedos o la propia planta cogidos hasta tal punto que he de volver a la postura original que tenía para evitar esa sensación tan molesta.

Pero, ¿por qué sufrimos calambres? Pues hay varias teorías que dicen lo siguiente:

  1. Exceso de acumulación de ácido láctico (compuesto químico de gran influencia en el cansancio) en un músculo.
  2. Contracción y relajación de los músculos agonista y antagonista. Un proceso éste mediado por dos proteínas: actina y miosina. Ésta última se une a la anterior en la contracción y se libera durante la relajación y se encuentra unida a una molécula de ATP y una de magnesio que, ambas, disminuyen durante el ejercicio, provocando que la miosina no pueda desprenderse de la actina y que el músculo no pueda relajarse.
  3. Pérdida de líquidos en una zona corporal por sobrecarga (en tiempo o intensidad), provocando disminución de señales inhibidoras por parte del sistema nervioso central que dan lugar a espasmos musculares involuntarios y a los calambres.

Al final parece claro que se producen después de un esfuerzo excesivo y que intervienen una mala hidratación (nos pasa si la orina es demasiado oscura) y alimentación (cuidado los deportistas con la sal escasa) y un elevado nivel de estrés. Aparte, el cuerpo no está en reposo absoluto cuando dormimos, interviniendo esto en la sobreestimulación nerviosa.

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Los más comunes –no suelen durar más de quince minutos y no suelen tener efectos a largo plazo- son, aparte de los de los gemelos, los de las corvas, cuádriceps, pies, manos, brazos, abdomen y caja torácica. Y, más allá del esfuerzo muscular, también pueden estar provocados por alcoholismo, hipotiroidismo, insuficiencia renal, medicamentos, menstruación o embarazo.

¿Qué hacemos cuando nos dé uno?

Primero, dejar la actividad que sea, estirar y masajear el músculo afectado, ayudando caminar un poco, el frío (no directamente en la piel, pues puede quemarla) y el calor. A unas malas podemos tomar algún antinflamatorio y tampoco estaría mal beber agua o sales efervescentes y aumentar nuestras dosis de potasio con zumo de naranja y/o plátanos.

Como veis, todo pasa de nuevo por una buena alimentación y por el estiramiento. Dos bases sobre las que construimos nuestro crecimiento corporal. O pasamos por esos aros, o hay bien poco que hacer.

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