Los límites de la autoexigencia

feliz

Durante mucho he sido muy duro conmigo mismo. Quería ser el mejor y, sobre todo, ser lo más perfecto posible. Hacer mi trabajo de forma impecable, ir bien arreglado, tener la piel estupenda, un cuerpo “diez”… Claro que el entorno, la verdad, favorece mucho a que muchos compartamos una forma de pensar similar ya que por todos lados se nos vende la imagen de que el éxito radica en ser jóvenes, en tener un buen coche, una ropa “fashion”, un físico de portada de revista… Al final, o entras por ese aro, o te quedas fuera (algo, lo de ir por independiente, para lo que tienes que estar muy preparado mentalmente).

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Sin embargo a esa escalada sin final hay que ponerle un tope puesto que, si no lo hacemos, corremos el riesgo de perder la “chota” y que, sabiéndonos siempre a poco lo que tenemos, nunca estemos satisfechos con nosotros, pudiéndonos convertir en ese punto en nuestros principales enemigos. Eso mismo que me contaba el otro día una amiga que pasa una mala racha porque ha “petado” perdiéndose en los fanganosos terrenos de la autoexigencia.

Para evitar correr las misma suerte es muy importante que realicemos un duro trabajo de aceptación pensando que tampoco pasa nada si tenemos algún kilo de más, sin no medimos 1´80, si van apareciendo algunas arrugas o si repetimos prendas de temporadas pasadas.

La naturaleza nos da una cara, una estatura y unas condiciones corporales determinadas además de un intelecto concreto y, tanto lo primero como lo segundo es susceptible de ser mejorado. Lo que no podemos pretender es ser lo que no somos, convertirnos en algo que no es real y renunciar a nuestras raíces humanas.

Así que, aspirando a ser la mejor versión de ti mismo, mírate al espejo con benevolencia y sin añorar nada que no forma parte de ti. Si te hubiera gustado nacer alto, rubio y con los ojos azules y has salido bajito y moreno, no pasa nada. Luchar contra eso no tiene sentido y es una pérdida inútil de energía. Da las gracias por lo recibido y no olvides que la vida, aunque no sepamos verlo, compensa. Es cuestión de no obsesionarse con nada y ser benevolentes hacia ese tesoro por descubrir que somos.

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