Las prisas traen prisas (y en el amor, más)

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De toda la gente que conozco intento llevarme algo que me aporte. El recuerdo de una vivencia, una frase, la respuesta ante una situación… Sea lo que sea, hasta las personas más malas –que también de ésas he tenido algunas al lado-, intento que no hayan sido compañías vanas. El caso que una vez me dijo un amigo algo que, desde entonces, siempre tengo presente: “Las prisas traen prisa”. Y es que corremos tanto, tanto, tanto, que no solo no nos da lugar a disfrutar nada sino que estamos en un continuo estado de ansiedad, cometiendo con frecuencia errores como el querer correr más de lo que debemos en terrenos como el amor.

Todo lo que tiene que ver con asuntos del corazón hoy va más veloz que el rayo pero en especial al principio de una relación hay que ir con bastante precaución en este sentido. Además, a la gente se le “ve el plumero” enseguida cuando se enamoran porque se comportan con su enamorado/a muy diferentes a como suelen hacerlo en circunstancias normales, confundiendo “amor” (sano, fácil) con “querer” (tóxico, posesión) y desvelando posibles carencias como la falta de autoestima si lo que buscan es alguien que les preste atención a toda costa (dando igual, en el fondo, quién sea y convirtiendo a esa persona en la “solución” a sus problemas).

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Recientemente he sido testigo de la historia de un chico gay que, al día siguiente de conocer a otro (por redes sociales), ya tenía claro que había muchas cosas que les unían y que, por eso mismo, se iba a vivir juntos con este chaval porque, según el primero, “solo conviviendo se conoce a alguien”. En algo más de un mes la familia de uno ya ha sido presentada al contrario (y viceversa) y su día a día ha adquirido tal dinámica que pareciera que, en lugar de un mes, llevaran cinco años juntos. Los regalos excesivos y con demasiado marcado simbolismo para involucrar al otro en su vida, los intentos de envolverlo en un hogar ficticio no son sino pequeños chantajes sentimentales que, es probable, ni sean bien recibidos ni tengan consecuencias demasiado esperanzadoras.

Una situación que me ha traído a la memoria “El Principito” y el zorro, cuando éste le advertía al primero de la importancia de ir aproximándose muy poco a poco para acostumbrarse a su presencia. ¿Qué pasa? Que si no lo hacemos así estamos forzando la maquinaria y activando aquello de “lo que rápido viene, rápido se va”. Ir poco a poco, disfrutando del conocerse, del no tenerse, echando de menos al otro ayuda a que todo fluya con más naturalidad. Saber estar en soledad, dar espacio, dejar respirar, respetar el comportamiento del otro/a y saber cómo piensa y cómo reacciona es mucho más positivo que meter el acelerador y, al final, estrellarnos. Precaución porque son accidentes cuyas cicatrices pueden ser muy difíciles de borrar.

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