Sentimientos de culpa… ¡fuera!

La culpa es una pesada mochila con la que, a veces, convivimos toda la vida. Y nuestra religión y nuestra cultura, montadas sobre sentimientos que pueden ser tan dañinos como ése, no lo pone nada fácil para lidiar con esa sensación de que somos responsables (y por ello merecemos un castigo) de mucho que, aunque sí que haya dependido de nosotros, en ningún caso puede suponer una condena perpetua. Es más, algunos somos tan susceptibles en este sentido que a la mínima ya pensamos “la culpa es mía” o “¿será culpa mía?” (otros, algo que también supone un problema, piensan que están por encima del bien y del mal y no asumen nada). Eso, unido a que siempre hay manipuladores que se encargan de señalarte con un dedo acusador para atraparte con el típico “Es culpa tuya”, hace que éste sea un asunto bastante delicado y con demasiadas raíces.

Acaban de estrenar la película de Almodóvar, “Julieta”, que esta tarde he estado viendo y que, en parte, habla de cómo la culpa nos inmoviliza y puede destrozar relaciones, familias y todo lo que se le plante por delante pero..: ¿cómo solucionar este complejo? Para empezar hay que ser generosos con nosotros y entender que las circunstancias marcan según qué directrices y que hay muchos más elementos que intervienen en una situación más allá de nosotros mismos y que, sobre lo pasado, no podemos intervenir. Además, aunque uno tenga toda o una parte de responsabilidad, somos seres humanos y, como tales, imperfectos y llenos de fallos de los que no tenemos que avergonzarnos sino aprender para intentar corregirlos (distinto es hacer mal a propósito).

Actuamos con la información que tenemos en ese momento y claro que podemos equivocarnos pero, ¿hay algo que te haga más grande que pedir perdón y, después, perdonarte a ti mismo? Cierto es que hay quienes no saben superar su rencor y a quienes les es imposible ser empáticos con las equivocaciones ajenas aunque, os lo digo por experiencia, este perfil en concreto de personas, mantenedlas lo más lejos posible. Cuando les quitéis su poder, todo cambiará.

Centrémonos en lo positivo, en buscar lo mejor que tengamos en nuestra personalidad y en asumir que, lo menos bueno, no debemos usarlo para una laceración continua. Como decía Marilyn Monroe: “Si no me sabes llevar en lo peor, no me mereces en lo mejor”.

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