Cambiar o no cambiar, ésa es la cuestión…

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De un tiempo a esta parte tengo un gran dilema con un amigo al que, de lo insistente que soy, le metí en la cabeza algo en lo que en su momento él no creía pero que para mí era una verdad “impepinable”: “la gente no cambia”. Una tajante afirmación que, sin embargo, he podido comprobar que se contradice con frases de sabios como Darwin (él decía que la especie que sobrevive no es la más fuerte, sino la que cambia), Kant (“el sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca”), George Wells (“No hay inteligencia donde no hay cambio ni necesidad de cambio”) o Stephen Crane (“El que puede cambiar sus pensamientos, puede cambiar su destino”). Así que, como yo aspiro a estar más cerca de personajes como estos que del terco y torpe y necio que era yo mismo, ahora estoy convencido de que sí que se puede cambiar. Claro que eso no es algo que se produzca en un chasquido sino que va en función de alguna experiencia traumática que hayamos pasado y, lo más importante, de nuestra fuerza de voluntad.
Y si la mente puede transformarse, el físico también. Por eso me da tanta alegría cuando veo en redes como Instagram tantos chicos que muestran fotografías su evolución corporal tras comenzar un buen entrenamiento dirigido por buenos profesionales. Nada es regalado, eso está claro, pero todo esfuerzo tiene su recompensa y, si nos lo proponemos, es posible alcanzar casi todas las metas que tengamos en la vida.
Lo que no hay que hacer es desfallecer sino, al contrario, tener vocación de mejorar, de superarse, de crecer porque ninguna cima de ninguna alta montaña se alcanza sin pasar antes muchos sacrificios. Controlar la alimentación, hacer ejercicio, reorientar tu cabeza en otras direcciones y reinventar tu pensamiento son labores difíciles pero, a la larga, muy satisfactorias. A mí todo esto me lo han contado pero, sobre todo, lo he vivido por experiencia propia y, aunque me haya hecho temblar mis cimientos, me ha servido para que mi edificio (cuerpo-mente) sea otro. Mejor y más seguro.

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