Pero, ¿qué me pongo?

Mientras escribo este texto en Barcelona, en Sevilla se está inaugurando el Salón Internacional de la Moda Flamenca (SIMOF). Yo estoy yendo de rebajas en la Ciudad Condal, y en mi tierra las mujeres empiezan a mirar qué ponerse para la Feria. El caso es que, mires donde mires, la ropa va condicionando nuestra vida. Condiciona cada estación del año y condiciona también cada etapa por la que vamos pasando. Por eso son muy pocas las entradas que dedico en este blog a este tema (tengo que hacerlo más) que hoy me ha venido a la cabeza porque, cuando se llega a los cuarenta años, uno corre el peligro de perder el Norte poniéndose cosas que, más allá de que sean o no propias de una edad u otra, no te vayan porque no sepas dónde ubicarte.
En esto, como en todo, uno va creciendo y va evolucionando y va cambiando hasta que, más o menos, encuentras tu sitio. En mi caso he tenido muchos momentos rebeldes durante los que quería ser el más moderno del mundo y otros en los que, de pronto, me sentía muy conservador (supongo que, en función del entorno, el trabajo, y de ti mismo, vas acercándote a un sitio o a otro).
Hoy día tengo claro que de lo que se trata es de estar a gusto y de sentirte bien y que, mientras más lo hagas así, mejor te verán todos y, lo más importante, más defenderás aquella prenda que elijas. No se trata de ir de niñato ni de convertirte en una persona mayor sino de ser coherente con cómo tú te sientas y con lo que, en casa instante, necesites. Por eso no pasa nada si de pronto, como a mí me pasa, puede llamarte una camiseta de tirantes más veraniega o uno de esos pantalones de cortes amplios que son tan cómodos y se llevan tantísimo.
¿Qué me das más pereza? Los trajes. ¡Uf! ¡Me veo como un niño vestido de persona mayor! Y tengo cuarenta años pero no soy ningún viejo… Es más, si se opta por un “look” juvenil, por el color, por la vitalidad, tu espíritu irá en armonía con ese aspecto (o viceversa). No hay nada tan chungo como ir disfrazado (por fuera y, mucho peor, por dentro). Si desde el principio tu imagen, que es tu carta de presentación, habla con honestidad de ti, todos recibirán el mensaje de la verdad mucho más claro.
Por eso, ¡fuera prejuicios! Con 40 años, o te quitas todas las tonterías de encima, o mal camino llevas. Quered vuestro cuerpo y arroparlo con lo que mejor os represente. Lo demás es una pose y, las poses, tarde o temprano se terminan descubriendo.

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