De orgullos y rencores

Suele pasarnos, en general, que lo mismo que en lo positivo sí que nos reconocemos, para lo menos bueno nos cuesta más aceptar que también forma parte de nosotros. Pero todos tenemos luces y tenemos sombras y ser mejor y crecer supone saber qué hay en nosotros de uno y otro lado y convivir con ello, potenciando lo mejor y reduciendo lo peor.
Así, entre los sentimientos más destructivos –y con los que más daño nos hacemos (no tanto a quienes nos los generan)- están el orgullo y el rencor, dos cárceles que nos encierran sobre las que, siempre bajo mi experiencia, hoy quiero haceros algunas reflexiones:

1. El orgullo. Tengo un amigo que considera que no es orgulloso pero, desde fuera, varias personas que le conocemos opinamos algo diferente. Conmigo mismo hace tiempo que ha optado por mostrarme una indiferencia que no sé hacia dónde piensa le conduce porque, en el fondo, sé que no es real. Lee post como éste, mi twitter, mis fotos de Instagram y, sin embargo, es incapaz de reconocerlo porque piensa que, si lo hiciera, confirmaría que soy alguien que le importo y, de alguna forma, le podría hacer ¿débil ante mis ojos? Él no lo sabe pero por eso mismo ya he pasado yo cuando mi padre (y otra gente como alguna pareja) me decían cosas a las que yo me oponía solo por el estúpido orgullo de no darles la razón. Una actitud que solo me ha conducido a perderme oportunidades que, si se me presentaran hoy día, cazaría al vuelo. Ésa ha sido en mí una lección aprendida que, como en la película “Orgullo y prejuicio”, me lleva a saber que, “a veces la última persona en el mundo con la que no quieres estar es la única sin la que no puedes estar”.

2. El rencor. Ya que estamos con el cine, recuerdo “Rencor”, rodaje con el que Lolita ganó su Goya como mejor actriz. Un guión que pone en evidencia lo tremendamente negativo que es este sentimiento asociado con no saber perdonar. Pero es que, como humanos que somos, todos fallamos, nos equivocamos, decimos cosas que no queríamos, nos asustamos y tomamos decisiones erróneas… Ser consciente de que los primeros que no somos perfectos somos nosotros, nos hace ser más condescendientes con los demás. Por eso no parece justo condenar a alguien (y si se arrepiente, mucho menos aún) cuando mañana podemos ser nosotros quienes estemos al otro lado. A no ser que no nos importe ir perdiendo a personas valiosas que nos fallaron un día (o unos días) pero que no lo hubieran hecho el resto de la vida. En mi caso, como Gandhi, prefiero ser como el sol, que se despierta sin acordarse de la noche que pasó. Con lo que rencor, cero.

Cierto es que, mientras más joven seas, pero sueles tomarte todo. Espero que el tiempo os ayude a ser más condescendientes porque, conforme más lo seáis con el resto, más os querréis a vosotros mismos.
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