Derribando muros sin miedos ni orgullo

Soy consciente de que llevo varios “posts” sin hablar de entrenamiento deportivo pero es que la Navidad me sensibiliza tanto que he optado por compartir con vosotros mis reflexiones acerca de sentimientos que, en estas fechas, parece que afloran más. Yo, que siempre he tenido muchos miedos (heredados la mayoría de ellos), sé no solo reconocerlos de inmediato sino, además, que no conducen nada más que al posterior arrepentimiento con el típico… “¿Por qué no lo haría?”.
Por eso hay que “derribar muros” y atreverse a pasar al otro lado porque, os lo aseguro por experiencia propia, ahí encontraremos mucho de lo que deseamos, a veces, incluso sin saberlo. Claro que para emprender estas aventuras lo primero es desprendernos de ese orgullo que solo sirve para perder oportunidades y, sobre todo, para hacernos daño. ¡Cuánta gente deja de hablar con un amigo o una madre o un hermano esperando a que sea él el que dé el primer paso! ¡Cuántas relaciones no se rompen (o ni siquiera empiezan) por no ser capaces de aceptar un error (propio o ajeno)! ¡Cuántas veces nos quedamos sin algo por habernos negado a ello y ser incapaces de dar un paso atrás! Podéis o no tener en cuenta mis palabras pero os aseguro que ninguna lucha interior es recomendable y que es mejor perder el orgullo por alguien que amamos que perder a alguien que amamos por orgullo.

derribar muros
En cuanto al miedo, eso merece un párrafo aparte puesto que es el gran inhibidor de sueños. Sin miedo a viajar, sin miedo a cambiar de trabajo, a los prejuicios, a la opinión de los demás, a reinventarse cada día, la vida sería mucho más sencilla. Porque lo más que puede pasar es que nos equivoquemos pero… ¿qué más da? Siempre que no hagamos daño a nadie y actuemos con honestidad y cariño… ¿qué importa fallar? Será cuestión de aprender y no volverlo a repetir, ¿no?
Y eso incluye, cómo no, el miedo al amor que, en ciertas ocasiones, puede transformarse en pánico cuando quien tienes enfrente te gusta tanto, tanto que no eres capaz de gestionar esos temores. A mí me ha pasado. Me han dado miedo… y he dado miedo. Y para estos casos existe una solución perfecta que se llama… “borrachera”. Por eso, cuando no os atreváis a romper la pared con alguien (como en la canción de Bambino), tomaros una noche dos o tres o cuatro botellas de vino y dejaros llevar. Con ese muro roto, todo cambiará (a mejor). La privación de libertad, nunca es agradable y, ahora que comienza un año nuevo, podría ser un ejercicio mental muy recomendable.

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