¿Qué temes? ¿Qué pierdes?

Hace dos semanas empecé a asistir a unos encuentros que se realizan en Sevilla con una comunidad budista que, desde hace once años, cuenta con la presencia de un auténtico monje de esta religión tutelando unas clases donde, aparte de rezar, se enseña, sobre todo, a reflexionar de la vida para estar en paz con uno mismo y poder así transmitir más amor a los demás. Ahí, uno de los puntos sobre los que más incidencia se ha hecho es sobre los miedos que, en mayor o menor medida, todos tenemos. Miedos que paralizan y que impiden no solo que avancemos sino, lo peor de todo, a ser lo más felices posible.
Recuerdo que mi madre, de pequeño (y hasta ahora), siempre nos estaba advirtiendo, a mi hermano y a mí, de todo. “Ten cuidado con esto”, “Ten cuidado con lo otro”. Frases que se quedan en tu subconsciente y que, aunque tú no quieras, dejan grabados mensajes que, con el paso del tiempo, te marcan. Sin embargo, si uno se lo propone, si uno trabaja sobre eso, al final logramos deshacernos de esa opresión tan desagradable que, tarde o temprano, pasa factura. Para eso lo mejor es, como dice la frase, hacer cada día algo que temas y algo que quieras porque, según otra afirmación, “todo lo que deseas está al otro lado del miedo”.

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Un buen ejercicio para esto es confeccionar un pequeño listado donde manifestemos, con honestidad cuáles son nuestros temores y, a partir de ahí, empezar a hacerles frente y hasta a quererlos para convertirlos más en amigos que en enemigos. Y así, en esa lista, podríamos encontrar, por ejemplo, algunos de los siguientes puntos:

1. Miedo a tener menos. ¿Realmente necesitamos todo lo que poseemos? ¿No os parece que la mayoría de nuestras pertenencias son prescindibles? ¿Os merece la pena el estrés de atesorar sin límites? El desapego evitaría muchos sufrimientos inútiles…

2. Miedo al amor. Sí. Puede sonar raro pero esto es tan real como que me llamo Ricardo. Me ha pasado a mí y le pasa a muchas personas que huyen de sus sentimientos porque se asustan de ellos o porque prefieren, directamente, no enfrentarse a unas dificultades que, a la hora de la verdad, no son tantas. Inventamos excusas para no darle rienda suelta al corazón porque, en ocasiones, nos aterra la situación, pensamos que no estamos preparados para ella o que no sabremos cómo manejarla. ¿No sería más sencillo intentarlo?

3. Miedo al compromiso. No queremos ataduras, pretendemos volar alto sin que nadie nos lastre pero, ¿no era “El Principito” el que decía que “domesticar es crear lazos”? Lazos invisibles que nos mantengan unidos a alguien pero que, eso sí, no duelan, no tiren, no aprieten.

4. Miedo a estar solo. Muy frecuente y motivo por el que muchos se consuelan en brazos de quien sea (o en el whatsap o en el Facebook o en el instagram de quien sea) con tal de estar acompañado.

5. Miedo a empezar de cero. Lo hacemos muchas veces en la vida y no es ningún problema. Mejor eso que quedarse estancado o preso de situaciones que no nos satisfacen.

6. Miedo al qué dirán. Otro punto que, aunque no lo parezca en pleno siglo XXI, condiciona (y bastante). ¿Qué pensarán mis amigos? ¿Y mi familia? ¿Y mi madre? Hay quien, por sus madres, es capaz de mantener relaciones que le hacen infelices o, al contrario, no iniciar otras que piensan a sus progenitoras no les agradarían. Pero, ¿vivimos nuestra vida o la que los demás desean que vivamos? Quien nos quiere, si nos quiere de veras, querrá nuestro bienestar, no el de su propio ego…

7. Miedo a nosotros mismos. EL PEOR TEMOR DE TODOS. Nosotros somos nuestros mayores ENEMIGOS. Y eso es muy de la adolescencia y la juventud que, por su alocado planteamiento vital, se castigan hasta niveles imposibles. Pero también de la madurez y la vejez. Si no nos aceptamos, no aceptamos nuestros sentimientos, nuestros puntos buenos y los menos buenos, si nos negamos a CRECER, caeremos presa del desamor más dañino: el desamor propio.
¿Cuáles son tus miedos? ¿Te gustaría compartirlos conmigo? ¿Estás preparado para solucionarlos o te da igual? Cualquier propósito es alcanzable. No dejes de intentarlo y alcanzarás uno de los destinos más deseados: la paz interior.

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