Ese dulce veneno llamado azúcar

Hay advertencias que, por mucho que se hagan, parece que no valen con lo que yo he llegado a la conclusión que, o estamos ciegos y sordos porque nos da la gana, o somos mucho más bobos de lo que nos podamos creer. Sabemos que es peligroso conducir usando el teléfono, y lo hacemos. Somos conscientes de que hay personas que no nos merecen, y las mantenemos a nuestro lado. Y, en cuanto a la comida, se ha repetido hasta la saciedad lo dañina que es el azúcar y, sin embargo, ahí seguimos, tomándola a diestro y siniestro.

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Lo mismo todavía no nos hemos enterado de que el azúcar es tan nefasta que muchos médicos la consideran el “alimento del cáncer” y, aunque en esto hay diferentes teorías, lo que es cierto es que, como mínimo, interviene en la producción y en el aceleramiento, en los casos sobre todo de sobrepeso, de ciertos tumores como el de cólon o páncreas. O que incide en la caída del pelo, irrita la piel, provoca caries, da hipertensión, mareos, insomnios, alergias…
Claro que el gran problema de este producto es el enganche que provoca, tan difícil de superar que genera en el organismo y que podría asemejarse a la de drogas como la cocaína. ¿Cuántas veces habéis dicho o escuchado aquello de “si no termino el almuerzo o la cena con algo dulce, parece que me falta algo”? ¿No conocéis el caso de alguien que cada vez le eche más cucharadas de azúcar al café o consuma dulces in crescendo? Es decir: ADICCIÓN en ESTADO PURO.
Yo recuerdo que de pequeño merendaba un vaso de leche grande con magdalenas de chocolate que metía, una detrás de otra, hasta que quedaban completamente absorbidas por el blanco líquido. Y, a partir de ahí, de todo. Helados, galletas, leche condensada, golosinas, bizcochos, cremas… Hasta que un día decidí dejar mi dulce “amiga”. Así, de forma radical. Como cuando uno deja de fumar de la noche a la mañana.

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Me costó, pasé mi correspondiente “mono” (y lo sigo pasando porque uno no deja del todo de ser nunca “yonqui” del azúcar), pero en la actualidad controlo la necesidad imperante de consumirla. Lo que pasa es que al mercado le interesa que consumamos todo lo que la lleve porque, con eso de la adicción, se garantiza consumidores fieles. Pero ahí hemos de estar nosotros, con nuestra fuerza de voluntad, para evitarla en la medida de lo posible.
Cambiarla por chocolate con más del 70 por ciento de cacao (sin pasarse tampoco), es una manera de engañar al cerebro. Porque, al final, como en el resto de cosas, todo está en la cabeza. Desde el sexo al amor, desde las apetencias a lo que nos repele. Trabajemos para que el azúcar vaya perdiendo fuerza y, paradójicamente, ganaremos salud, evitando que la grase aumente y garantizando un organismo más en armonía. Merece la pena.

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