Cosas que aprendí de la vida

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Hoy es mi cumpleaños. Sí. Nací el 1 de septiembre de 1974. Habrá quien pensará que me quito años y muchos se sorprenderán porque creerán que tengo menos pero, la verdad verdadera, es que son ya 41 “tacos” los que me “alumbran”. De igual forma, para algunos soy mayor, para otros, joven. Para algunos guapo, para otros, no tanto. Ésa es una de las cosas que aprendí de la vida: que las cosas siempre dependen de quién y cómo las mire. Lo que cuenta es estar a gusto y en paz con independencia de la edad, del físico, de las circunstancias…
Entrar en una nueva década, en un nuevo ciclo de doce meses, en una nueva temporada (como nos pasa ahora cambiando las vacaciones por la temporada laboral), es una buena oportunidad para hacer balance, para pensar en aquello que podemos arreglar y en lo que podemos crecer y, por otro lado, para afianzarnos en lo otro que nos agrade de nosotros mismos. Al fin y al cabo, el camino se construye, poco a poco, dando pasos en un anhelo de ser cada vez mejores.
Yo no sé mucho de nada, la verdad, pero me gustaría compartir con vosotros algo de eso poco que sé y que, en un aniversario como el mío, cobra aún más sentido. Como ser consciente de que hay gente que son como un RAYO de LUZ. Pueden ser amigos, familiares, vecinos. Personas a las que muchas veces no les damos el sitio que merecen pero que nunca nos abandonan y, nos comprendan más o menos, nos respetan y nos aceptan tal y como somos.
Aprendí que uno debe ser lo más COHERENTE posible y que tu comportamiento debe ir en sintonía con tu pensamiento. Que las PALABRAS engañan, y traicionan, y confunden y causan heridas, en quien las lanza y en quien las recibe, que pueden ser irreparables. Que cuando uno AMA hace locuras y comete errores pero que, incluso entonces, tu fondo no debe dejar de ser bondadoso. Que hoy estás ARRIBA y, en un abrir y cerrar de ojos, caes en picado. Que hay quien nos TRAICIONA sin querer o hasta queriendo pero que no por ello hay que perder la esperanza en el resto. Que los OJOS jamás mienten y, el CORAZÓN, tampoco. Que la mayoría llevamos un DISFRAZ y, en ese sentido, algunos COBARDES aparentan VALENTÍA y viceversa. Que somos lo que los demás consideran que somos y que, aunque no nos reconozcamos en eso, no nos queda otra que aceptarlo… o cambiar esa realidad. Que las SONRISAS y las LÁGRIMAS son hermanas, igual que la FELICIDAD y la TRISTEZA. Que nos negamos lo MEJOR para conformarnos con lo MEDIOCRE (o lo PEOR). Que la Naturaleza es PERFECTA en su equilibrio y que los ANIMALES tienen más humanidad que muchos hombres y mujeres. Que solo el TIEMPO tiene la respuesta para todo y que no merece la pena estar ENFADADO con el mundo.
Y también me he dado cuenta que todo es una pura paradoja y que, después de escribir en este mismo blog un post titulado “YA NO SE REGALAN FLORES”, ayer por la noche me esperaba en casa un ramo de esas rosas que son una caricia para el alma, con las que siempre me han conquistado (ahora hace falta algo más), y que tanto han inspirado libros como “El Principito” (que perdió su rosa por no valorarla) o canciones como “Te llegará una rosa” (“aquellos que no tienen fantasía, no podrán entender, es muy complejo, que acorta la distancia cada día, recibir una rosa desde lejos…”), “Aún sueña que regresará” (“Hoy ha visto que una rosa florecía del rosal que ayer ella sembró…”) o la maravillosa “The rose” (“Descansa la semilla, que con el amor del sol, en primavera se convierte en la rosa…”).
Yo, escuchando el cariño de las muchas felicitaciones que me han hecho llegar, contemplando mi ramo aquí cerquita, creo que no he sembrado del todo mal y que, como en esa letra que cantaba Julie Andrews a su adorado capitán Von Trapp, “quizás la mía fue una salvaje infancia o quizás una lamentable juventud pero, en algún lugar de ese miserable pasado, algo bueno debí hacer…”.

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