La luz de los cuarenta

Empieza la cuenta atrás para mi cumpleaños. Será el 1 de septiembre (soy puro Virgo) y cumpliré… ¡41 “tacos”! Con una década menos hubiera supuesto motivo de alegría igualmente pero no habría dicho mi edad (y menos en público) ni loco. No sé. Supongo que por tradición familiar. Ni a mi abuela le gustaba, ni a mi madre, ni a mi tía, ni a mis primas… Y a mí no es que me haga especial gracia pero, por otro lado, estoy tan contento de haber llegado –y de haber llegado así-, que lo tengo que gritar a boca llena.
Decía Antonia San Juan haciendo de “la” Agrado de la película de Almodóvar que uno es más auténtico, “cuanto más cerca está de eso que siempre había soñado ser”. Y la verdad que, cuando a día de hoy me contemplo, he descubierto a una persona que hace sentir orgullosos a sus padres, alguien a quien echan de menos y quieren sus amigos, profesional en su trabajo y, por qué no reconocerlo, que despierta más que nunca interés en muchos que quieren algo más que amistad. O sea… ¡he logrado convertirme en alguien auténtico!
Será, desde la mayor humildad del mundo, lo de la “luz de los cuarenta”, como he escuchado llamar a esta etapa en la que al fin digo que “no” y en la que ya no me castigo tanto como antes. Al contrario, me cuido, me mimo, me repito –y mientras más analizo el entorno, más me reafirmo en esta conclusión-, que sin ser ni el más joven, ni el más culto, ni tener el mejor cuerpo, ni ser el más guapo, no me cambio por nadie.
Desde pequeño he sido diferente. No lo he buscado, ni lo he forzado. Ha ocurrido. Lo era en el colegio, lo fui en la carrera, lo he sido en mi trayectoria periodística y lo soy como persona. Una circunstancia que, hasta hace poco, me ha hecho sufrir porque yo quería ser como el resto. Ni mejor, ni peor sino como los demás. Pero no. El destino se empeñó en que, hasta para hacer la comunión, tuviera que llevar traje de capitán (y no de marinero, como la mayoría y como yo deseaba).
Pero todo eso ya no me preocupa. Me acompaña la salud, mi intuición me avisa de casi todo, me he quitado la mayoría de mis complejos e inseguridades, tengo tantos sitios que visitar, tanto que leer, tantos espectáculos a los que ir, tanto que ofrecer, tanto que compartir, tanto amor que dar… Es lo que me dictan la cabeza y el corazón. Ése tándem perfecto que ojalá siga rindiendo al máximo por cuarenta años más… por lo menos.

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