Lo que no se ve también existe

las-lagrimas-de-san-lorenzo

Iba a empezar mi “post” de hoy diciendo que “no creo lo que no veo” pero, si así fuera, no creería, por ejemplo, en el amor. Así que diré que me cuesta bastante creer en lo “no palpable” y que, aunque esté delante de mis narices, sigo resistiéndome a reconocer que puede ser tan real (o, a veces, hasta más) como lo reconocible con alguno de nuestros cinco sentidos.
Hago esta reflexión porque esta noche es la noche con más actividad en lo que a meteoros se refiere y, si las condiciones meteorológicas acompañan, en el cielo habrá hasta cien estrellas fugaces moviéndose de un sitio para otro. Un universo donde dicen que está escrito nuestro destino o del que al menos se desprende una innegable influencia sobre nuestro planeta y, por tanto, sobre nosotros mismos. Claro que, si esto no es cierto, echaremos por tierra miles de años de estudios de cientos de sabios que, desde el origen de la humanidad, se han preocupado en investigar hasta qué punto es así. Griegos, egipcios, chinos, renacentistas, científicos… Muchos son los pueblos y colectivos que han aventurado teorías sobre la cuestión. Incluso las grandes pirámides de Egipto y México son monumentos que parecen estar relacionados con según qué constelaciones al alinearse con ellas bajo quién sabrá qué intenciones. Demasiado interés y demasiado esfuerzo para que fuera por nada, ¿no os parece?
Claro que, según he leído, la religión cristiana no aprueba en absoluto nada en este sentido porque supondría aceptar un enemigo directo del “libre albedrío” (aunque, paradójicamente, todo en ella se asiente sobre la fe que, hasta donde yo sé, garantiza todo a aquellos que, sin ver, entreguen su corazón a su causa). Lo mismo ésa es la clave: aceptar que no solo lo explicable existe.
Esta semana –hacía mucho que no me acercaba a este territorio-, he vuelto a la astrología para descubrir que la descripción que se hace de la relación de mi signo con otro de alguien muy cercano, no podría ser más certera, no en generalidades sino en detalles sorprendentemente concretos, llevándome a “entregar la cuchara” y rendirme a la evidencia.
Por eso, aprovechando que salgo de viaje a Mérida, para el estreno de “Hércules”, conectaré en el teatro de la ciudad con los antepasados que lo construyeron, alzaré mi mirada tras la función y buscaré alguna de las “lágrimas de San Lorenzo” para preguntarles cuándo el futuro se convertirá en presente. Mi intuición, a la que tampoco he visto nunca pero en la que confío plenamente, me dice que lo mejor está por venir…

perseids_bruenjes_big

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *